Piense en un lugar donde convivan nacionalidades, lenguajes y credos diferentes. Un pequeño país en el que vea desfilar a vascos, italianos, suizos, rusos, negros, árabes, judíos, armenios, peruanos, canarios, japoneses y menonitas, entre muchos otros. Una nación nueva históricamente con una soterrada diversidad cultural. Es probable que le suene extraño, pero ese lugar es Uruguay, y aunque a muchos les constituya una novedad, esa multiplicidad de culturas es parte vital de la conformación del país casi desde sus orígenes.
Felipe Arocena es un sociólogo que ha trabajado mucho sobre multiculturalismo, estudiando países como Brasil y Bolivia. Un día, dada su experiencia, alguien le preguntó por qué no investigaba el tema en Uruguay. "Primero fui escéptico. Lo pensaba como un país tan homogéneo, `europeo`, sin diferencias, con tan poco interés en relación a los países que nos rodean. Pero encontré que existían colectividades muy ricas, de las que no había nada escrito. Sólo di con un texto de hace 40 años, El legado de los inmigrantes, escrito por Renzo Pi Hugarte y Daniel Vidart. Entonces me propuse realizar un taller sobre multiculturalismo en la Facultad", relata el docente en Ciencias Sociales.
Así, junto a su colega Sebastián Aguiar y estudiantes de Sociología, inició una investigación que se recoge en el libro Multiculturalismo en Uruguay y que será presentada este martes y miércoles en la Facultad (Constituyente 1502), ambos días a partir de las 18 horas.
ASIMILADOS. En plan de testear cómo viven las colectividades aquí, los investigadores eligieron once grupos: descendientes de charrúas, vascos, afrodescendientes, italianos, suizos, libaneses, rusos, judíos, armenios, árabes del Chuy y peruanos. La selección obedeció a una cuestión de tiempos. Era imposible abarcar todas las comunidades, por lo que optaron por una muestra capaz de describir ese multiculturalismo. "Estudiar a los gallegos tiene su interés, pero es casi como analizar a toda la población uruguaya", dice Arocena.
Un inmigrante puede integrarse de diversas formas. Las tres más elementales son: multiculturalismo, segregación y asimilación. La primera es cuando las distintas identidades se respetan al máximo: se aceptan sus prácticas religiosas, se conmemoran sus fechas históricas y se respetan sus idiomas, por ejemplo. La segregación es cuando el grupo permanece al margen del país donde se asienta, en una suerte de gueto. No están integrados, son como una "isla" inserta en la cultura dominante. El otro extremo, la asimilación, es lo que más ha funcionado en Uruguay. Consiste en adaptarse al patrón dominante, pero en perjuicio de la identidad del grupo. "Hasta 1950, la inserción fue parecerse a una cultura uruguaya general", señala Arocena.
¿A qué se debe esa política? Aguiar ensaya una respuesta. "Algunos le dan importancia a la ideología batllista, tendiente a homogeneizar. Una visión más funcionalista le da peso al objetivo de crear un Estado-Nación único. Otra lectura es negar esa diversidad, decir que somos descendientes de italianos y españoles, y que el resto son muy poquitos. Y no es tan así".
RECONOCIDOS. El multiculturalismo está en el tapete en todo el mundo. Y ahora, en Uruguay, existe una demanda de esas comunidades por ser reconocidas y respetadas.
¿Están los uruguayos prontos para asumir esa diversidad? A nivel gubernamental, se está reaccionando con lentitud, opinan los investigadores. "Más allá de trabajos puntuales, no hay una política que apueste a ese reconocimiento, en la educación, por ejemplo", dice Aguiar. Por otro lado, algunos casos de xenofobia, sobre todo vivida por peruanos, apelan la imagen del país tolerante. "Falta información. La gente queda sorprendida cuando se le habla de árabes o rusos viviendo aquí", apunta Arocena, en tanto Aguiar finaliza: "Veo difícil que haya conciencia cabal de que nuestras raíces son más complejas y diversas de lo que vemos a simple vista, y que eso nos enriquece".