El misterio del sexo

FACUNDO PONCE DE LEÓN

Dicen que era toda una emoción: la partera enseguida que tenía al ser en sus manos miraba el aparato genital y gritaba: "¡es una niña!" o "¡es un varón!". El misterio se resolvía; los nueve meses de gestación culminaban con una de las dos únicas opciones: traer al mundo una mujer o traer al mundo un hombre. Hoy el misterio se resuelve seis meses antes del parto, lo único que cambió es que la emoción quedó partida en dos instancias distantes, el día que sabes el sexo y el día que nace. Pero el punto importante es que la incógnita no se resuelve el día, sea cual sea, que se sabe el sexo de la nueva criatura que viene al mundo. En realidad, nace el misterio, nunca se resuelve.

Celeste y rosado; auto y muñeca; fuerza y ternura; inteligencia y emoción… lista infinita y compleja para tratar de ordenar qué es lo que hacemos una vez que tenemos testículos o tenemos vagina. Abundan anécdotas: abuelos que no pueden creer que salgamos a bailar sin invitarla formalmente; hombres que no dan crédito de que otro hombre se limpie el cutis; mujeres indignadas de que otras jueguen fútbol o vean a un hombre y le digan que es guapo, eliminando toda la magia del tradicional cortejo.

Durante mucho tiempo los patrones culturales funcionaban de modo acrítico, es decir, casi nadie reparaba en ellos como construcciones humanas sino que le veían un carácter natural: el hombre sale a buscar el alimento y la mujer cría los niños: para lo primero se necesita fuerza y razón, para lo segundo sensibilidad y amor. Leyes de la naturaleza y punto.

A principios del siglo XX esto comienza a cambiar vertiginosamente. En ello, entre múltiples factores, influyó mucho la figura de Sigmud Freud, fundador del psicoanálisis y principal promotor de la importancia de la construcción de la personalidad a partir del cuerpo biológico. Nace lo que se llama la construcción del género, esto es, qué hacemos con el sexo biológico que nos tocó; qué hacer con los genitales, cómo construir nuestra personalidad desde ellos, con ellos o contra ellos.

Como siempre, las respuestas son variadas: los extremistas creen que todo se cifra en clave sexual y que, en el fondo, nuestro deseo es vivir desnudos utilizando los genitales cada vez que se nos plazca y con quien (o quienes) plazca. Son aquellos que creen que la mejor manera de vender la batería de un auto es poner una mujer semidesnuda.

Sin embargo, el misterio del sexo sigue abierto: ¿qué significa ser mujer? ¿qué significa ser varón? Lo que hoy tenemos son más elementos para jugar con la respuesta, pero eso no significa necesariamente que la hayamos encontrado. Hay una pregunta que flota en este tema: ¿hasta dónde jugar con esta construcción? El hombre se retoca el pelo (metrosexual), la mujer se pone corbata, los niños aprenden a tejer y las niñas juegan a ser soldados: se fusionan actividades y todos buscamos la manera de resolver de alguna manera el misterio de nuestro sexo.

Pero ¿qué pasa con los que creen que eso se resuelve cambiándolo? Es la pregunta por el límite. Hasta dónde jugar. Hay que tener cuidado en distinguir al travesti del transexual: el primero está jugando, el segundo no. Quien se trasviste tiene muy claro su sexo y lo representa sintiendo placer por ese juego transformista. Por el contrario, el transexual está separado en cuerpo y mente: sus genitales le dicen un cosa y su conciencia otra. Es un problema grave que sólo puede resolverse con la operación de cambio de sexo. La gran dificultad estriba en diagnosticar correctamente, en darse cuenta de qué es lo que pasa realmente. El gran peligro es creerse dueño del misterio.

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