El matrero oriental

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Juan de Marsilio

MARTIN AQUINO estuvo cerca de un siglo esperando este libro", dice César Di Candia en el prólogo. Vaya a saber lo que espera un finado, pero quienes se interesan en el último matrero oriental lo recibirán muy bien, pues es fruto de cuatro décadas de investigación y Abella es hombre muy popular. Si se adaptan a su estilo expositivo, muy influido por la literatura nativista, y al lenguaje de los artículos periodísticos y documentos judiciales de principios del siglo pasado, el libro también será útil a quienes se acerquen por primera vez a la figura y andanzas de Aquino.

Abella y Vaz muestran a Aquino tal como lo quieren ver las gentes de nuestros campos: un hombre joven y corajudo -también amable y jovial- al que la fatalidad y la persecución policial "hicieron malo". Desde un principio se nota que se investigó y se escribe del lado del matrero. Sin embargo, no se omite la voz de quienes, desde la prensa, insistían en que se trataba de un peligroso bandido rural con cuatro muertes encima.

Este celo por no omitir el "lado oscuro" de Aquino comienza al contar el hecho que lo puso fuera de la Ley. Según la voz popular, en agosto de 1909, Aquino volvía con su patrón, el brasileño Andrés Horacio Ferreira, de vender ganado del primero en Montevideo, con buena ganancia. Durante la tropeada, contra el consejo de Martín, Ferreira había echado el ganado a cruzar un arroyo demasiado crecido, con pérdida de algunas reses, que el brasileño descontó del sueldo de su peón. Cerca de Estación Ortiz, en Lavalleja, habrían discutido, baleándolo Aquino y tomando de su cinto nada más que lo que se le debía. Abella y Vaz se encargan de aclarar que no volvían de Montevideo, sino que iban con una tropilla de caballos rumbo a Fray Marcos. Y que tras tirotearlo, disputando por no se sabe bien qué, le llevó el cinto con todo el dinero.

Los autores aportan documentación en el sentido de que Ferreira moriría, más de dos semanas después, víctima de un error médico y no de la gravedad de las heridas. Esto es importante, pues sólo un hurto y una tentativa de homicidio acaso hubieran hecho menos implacable la persecución de la justicia, con lo que acaso se hubiera evitado los encontronazos en que resultaron muertos el guardia civil Juan Ojeda y luego el Comisario Gregorio Taumaturgo Román y el Tte. Coronel Juan I. Cardozo, Jefe de Policía de Florida. Luego todo fue huir, bajo nombre falso, trabajando en distintas labores rurales y contrabandeando, con la complicidad de muchas familias del campo, tanto humildes como adineradas, contándose Nepomuceno Saravia entre sus principales valedores. Hasta que en marzo de 1917, una partida de la policía, al mando del Comisario Pedro González, lo cerca en Rincón de la Urbana, Cerro Largo. Pasaba la noche en el rancho de los Martínez, con su compinche Roque Franco y Nicomedes Olivera, un policía encubierto que los delató. Al empezar la balacera, y para proteger a los demás, salió a la puerta tirando y al grito de "¡Aquí está Martín Aquino, carajo!". Lo acribillaron, pero él mismo se mató de un balazo en la frente. El cuerpo fue paseado por Melo en un carro, como trofeo de guerra.

El libro aporta datos importantes sobre el escape de Franco, la vida de Nicomedes Olivera, los amores de Aquino y hasta incluso otras dos muertes suyas: dos "turcos" mercachifles que trataban de violar a la mujer de un amigo. Abundan las citas de lo que la gente sigue contando, cantando y recitando sobre Aquino, las fotos - aunque no siempre muy nítidas- y las reproducciones de documentación sobre el caso.

Debe, sin embargo, reprocharse al texto el estilo a veces recargado de las descripciones de paisajes y la reconstrucción narrativa de algunos momentos de la vida del matrero, tal como los autores suponen que pudieron haber ocurrido. Tampoco son siempre afortunadas las citas de poemas nativistas sobre Aquino. Pero eso es cuestión de gustos.

MARTÍN AQUINO, EL MATRERO, de Walter "Serrano" Abella y Javier Vaz. Fin de Siglo, Montevideo, 2009. Distribuye Gussi. 401 págs.

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