Eusebio Lahoz
(desde Madrid)
Luis García Montero (Granada, 1958) es una de las voces más prestigiosas de la poesía española. Ganador del Premio Nacional de Poesía de España en 1995, regresa a las librerías con un título clínico: Vista Cansada. El poemario sale a la luz cuando el autor cumple medio siglo. Es el momento para ponerse las gafas y mirar en redondo. Con este libro se inaugura una nueva colección de la mítica editorial Visor.
MIRAR ATRÁS.
-Vista Cansada es un poemario con una unidad temática muy firme, que llega después de haber publicado tu Poesía Completa. ¿Ha sido, pues, como empezar de cero?
-He querido escribir el libro como un ejercicio de memoria, que a la vez es un ejercicio de conciencia. Este año cumplo los cincuenta. Me pareció un buen momento para pensar en la vida, en mí, en la historia de España que me ha hecho como soy, en las personas que más han influido en mí, en episodios como la llegada de la democracia o como el deslumbramiento amoroso. Para empezar de cero hay que tener siempre mucha historia sobre las espaldas, saber lo que se quiere borrar, decidir los puntos de partida, que siempre son un diálogo con el pasado. La edición de mi Poesía Completa sirvió para recapitular, para afirmarme en el tipo de poesía que quiero escribir, y Vista cansada es una apuesta definitiva por una poesía que hable sobre las cosas que le importan a la gente, sobre aquello que a fin de cuentas nos importa de verdad a los seres humanos, no al gremio selecto y cerrado de los poetas puros.
-El libro es un paseo por tu vida, desde la infancia hasta hoy, una especie de autobiografía poética, escrita desde una madurez casi absoluta. ¿Te ha salido así o ha sido premeditado?
-El título del libro, claro está, lo puso el oculista. Y me pareció bien, porque a los 50 años ya se han visto muchas cosas, algunas de las cuales nos cansan. Otras están cansadas ellas mismas, aunque nos gusten a nosotros. Pero hay también una apuesta optimista. Ir al oftalmólogo, acudir a la ciencia, ponerse gafas, no deja de ser una reafirmación, una voluntad de no cerrar los ojos y de seguir mirando hacia el mundo. Mi intención fue escribir unas memorias líricas, con poemas históricos y personales. Supe desde el principio que iba a ser difícil, porque es muy difícil escribir bien sobre lo que te afecta de verdad. Nada es más difícil que escribir sobre tu madre, o sobre la persona de la que estás enamorado. Uno corre el peligro de ponerse cursi, y de confundir la poesía con un desahogo. Pero ese ha sido el reto. Los poetas, igual que la gente normal, deben aprender a hablar libremente. Se pasa la vida y nunca nos queda tiempo para hablar con nuestra pareja, con nuestros hijos, con nuestros padres, para compartir con ellos preocupaciones, recuerdos. Hay mucho de todo eso en mi libro, y por eso me he puesto gafas, para seguir mirando al mundo y a los ojos de la gente que quiero.
-¿Mantienes el mismo espíritu y la misma pasión que con los primeros versos?
-A la edad que tengo, conviene cuidarse. Y los cuidados no sólo tienen que ver con la salud o el aspecto corporal. También tienen que ver con el trabajo. Sin la ingenuidad adolescente, se debe mantener la pasión que nos hizo dedicarnos a la poesía, o a la medicina, o a cualquier profesión. Yo intento mantener el ánimo deslumbrado del muchacho que aprendió a vivir con un libro en las manos, del joven que se hizo poeta y profesor de literatura porque era un lector apasionado. Cuando la gente se queja de los tiempos, tiene sin duda razón, porque todos los tiempos son complejos. Pero no se debe olvidar que todos pertenecemos a los tiempos, y son nuestra responsabilidad. Cada vez que cierro la puerta de mi aula o escribo un poema, me siento responsable de mi diálogo con los alumnos y con los lectores. Por eso me gusta cuidar la pasión. Nunca he leído un libro con el deseo de que no me guste. Esa es una deformación profesional de los poetas y críticos que dejan morir al lector que llevaron un día dentro.
EL AMOR DEL SIGLO XXI.
-¿Cuál es el poema que más te ha cansado la vista?
-Por lo que se refiere a las horas de dedicación, los poemas que más me han cansado son los poemas de amor. Siempre ha sido un tema fundamental en mis libros, porque creo que la intimidad, las relaciones amorosas, son una parte fundamental de la historia. La poesía medita en profundidad sobre el modo en el que nos definimos como hombres y mujeres, y por eso la sexualidad es tan histórica y política como unos versos sobre una huelga general. La poesía se adelantó a la política a la hora de dotar de significación pública los asuntos de la sexualidad, los derechos individuales. Le he dedicado muchas horas al tema. Nada es más difícil que escribir un poema de amor cuando se está enamorado. La poesía es un arte, una experiencia de conocimiento, y no basta con decir qué guapa es mi mujer y cuánto la quiero. Eso sólo me interesa a mí, y con un poco de suerte también a mi mujer. Para darle un valor profundo, y más abierto, hay que extender la significación del poema, que explique lo que significan las relaciones amorosas al principio del siglo XXI. No es lo mismo escribir en el siglo XVI como Garcilaso, que hacerlo ahora, cuando existe el divorcio, y hay nuevas formas de familia con hijos de diferentes parejas, y todo el mundo trabaja, etc.
-¿Puede o debe la poesía saldar cuentas?
-La poesía es siempre un ajuste de cuentas con la realidad. Pensamos con detenimiento sobre lo que nos pasa e intentamos poner las cosas en su sitio. Se parece mucho a las imaginaciones adolescentes en las que uno pretende elaborar un final justo y verdadero para las historias. O también a ese sentimiento que nos asalta cuando salimos de una discusión y se nos ocurre todo lo que deberíamos haber dicho para aclarar el enredo y acabar con dignidad. El hecho de la lectura y la escritura se convierte así en una forma de conocimiento, porque mientras intentamos ajustar cuentas con los demás nos vamos conociendo a nosotros mismos, vamos descubriendo matices, vamos tomando distancia de nuestros arrebatos hasta conseguir una opinión más equilibrada.
-Vista cansada es un poemario muy familiar: hablas de tus padres, tu pareja, tus hijos, tus amigos, tus poetas… en fin, de tu familia. ¿Les gustará a los que se manifiestan en defensa de la familia tradicional?
-No sé si les gustaría. Es verdad que hay mucha presencia familiar, porque no se puede contar la vida de uno sin hablar de los padres, de la pareja, de los hijos. Soy además muy familiar, me caen poco simpáticos los que defienden los valores abstractos de la humanidad y luego no soportan a la gente que tienen al lado. Si Herodes decreta la muerte de los niños, o de los padres, o de la mujer, yo tomo mi mula y me voy a otro sitio porque antes está la gente que los dogmas. Entre la ley y mi madre, prefiero a mi madre, según afirmó Camus. Los que dicen defender la familia, suelen defender dogmas y olvidarse de la gente. No hay que confundir una buena familia con una familia católica. Yo defiendo a la familia cuando le explico a mi hija lo que es un preservativo, o cuando intento romper con la herencia de machismo, o cuando me esfuerzo por comprender el comportamiento de mi madre, educada en lo años más difíciles de la dictadura. Nací en una ciudad de provincias, en los años cincuenta, en un país que no tiene nada que ver con la España de hoy. Las familias también han cambiado y de eso habla el libro.
-Hace poco murió tu amigo, el poeta Ángel González ¿Cómo crees que va ser la vida sin él?
-Pero si Ángel González no ha muerto. Hay amigos de muerte imposible, amigos que no pueden desaparecer y que nos hacen vivir en dos mundos. Ángel se sienta a desayunar en mi mesa, y discute conmigo mis poemas mientras escribo, con su sabiduría de gran maestro, de unos de los más grandes maestros de poesía del siglo XX. Yo he tenido una sensación muy rara con la muerte de Ángel. Más que un dolor trágico, me ha provocado un doloroso sosiego, una extraña sensación de que yo no estoy solamente en el mundo de los vivos, de que ya pertenezco también al otro mundo, ese mundo al que se ha ido Ángel. Por eso está también en casa, y me pide que le ponga una copa todas las tardes, y le pide a Almudena (Grandes, su esposa) que le haga croquetas. Si me había enseñado muchas cosas sobre poesía, ahora me ha enseñado a negociar con la muerte, a aprender a convivir con ella.