Amílcar Nochetti
Actriz busca empleo. Madre de tres (10, 11 y 15 años), divorciada, americana. Treinta años de experiencia en cine. Capaz aún de moverse y más afable de lo que dicen los rumores. Desea empleo estable en Hollywood. Ya estuvo en Broadway. Este aviso clasificado fue publicado en 1962 por Bette Davis en Variety. Según ella no era más que una broma de humor negro, pero en Hollywood todos pensaron que estaba acabada. A la distancia, ese texto debe ser juzgado como una mezcla de altanería y desesperación, una actitud desafiante que era un nuevo reto para la actriz. Así había sido siempre en su vida y su carrera, aunque para comprender totalmente el "fenómeno Davis" debe distinguirse a la artista de la mujer.
LA MUJER. Ruth Elizabeth nació el 5 de abril de 1908 en Lowell, Massachusetts. Su llegada no fue recibida con alegría. Su hogar era rígido y áspero, con padres que sabían mucho de honor y respeto pero nada de afecto y cariño. Es fácil entender su famoso carácter cuando se sabe que tuvo como madre a una actriz frustrada, férrea y dominante, y a un padre que había deseado un aborto. Consciente de que nació peleando por la vida, la consideró siempre una carrera de obstáculos: si no había problemas no le parecía natural, y ella misma los inventaba. No había sido querida, por eso mismo debía dejar en el mundo una huella imborrable. No era cruel o arrolladora, pero continuaba luchando contra sus fantasmas infantiles.
Desde muy joven estudió arte dramático, para lo cual fue apoyada por la madre, que volcó en ella su reprimida hambre de escena. En 1928 debutó en teatro y los éxitos conseguidos la llevaron al cine en 1931. Su carrera cubrió 58 años y 105 títulos, con un período de apogeo entre 1934 y 1944, donde logró grandes proezas interpretativas y conquistó dos Oscar de la Academia. Ese ajetreo artístico tuvo equivalencias en el plano personal, porque Bette debió mantener a esa madre posesiva y derrochadora durante 30 años, se hizo cargo de una hermana menor con graves trastornos psicológicos, se casó cuatro veces (una de ellas con el actor Gary Merrill) y tuvo una hija a la que amó por sobre todas las cosas. Después se instaló la tragedia, porque con Merrill adoptaron dos bebés: el varón terminaría convertido en abogado, pero la niña manifestó un grave retardo mental y sufría incontenibles ataques de ira. Su internación perpetua en una clínica fue un duro golpe para la actriz.
Más complicaciones surgirían con la tendencia de Davis a tener accidentes tan estúpidos como peligrosos: en la adolescencia sufrió quemaduras en el rostro, que explican su alarmante palidez; en 1944 un foco desprendido en plena filmación estuvo a punto de desnucarla; meses después casi quedó ciega al aplicarse un baño ocular con una solución que por error contenía acetona. A esa lista de calamidades debe sumarse su lucha contra las crueles imposiciones laborales de los estudios, los enfrentamientos con el magnate Jack Warner, la larga batalla legal con Merrill por la tenencia de los hijos, y las épicas peleas con sus colegas Miriam Hopkins y Joan Crawford. En 1983 se le diagnosticó cáncer y fue sometida con éxito a cirugía. Unas semanas después sufrió varios derrames cerebrales que le causaron una parálisis en el lado derecho de la cara y el brazo izquierdo, que llegaron a afectar su tono de voz. Pero con esfuerzo se recuperó a medias y continuó indomable hasta su muerte en Neuilly, Francia, el 6 de octubre de 1989.
LA ACTRIZ. Ese itinerario vital deja al desnudo a una persona hipersensible, insegura, nerviosa. Nada que ver con la mujer osada, feroz e inteligente que encarnó en la pantalla. Su famosa bravura debe ser entendida entonces como la adecuada catarsis con la cual disimular miedos, tristezas y soledades. En 1962, analizando el fracaso de su film Milagro por un día, Frank Capra dijo: "Bette se había convertido en un monstruo para protegerse de un mundo monstruoso como es el cine. Era un ser neurótico, temeroso e inseguro de todo, excepto de su genial talento". El veterano director tenía razón.
La esencia del genio de Bette Davis no radica en su batería de recursos dramáticos sino en el realismo sin concesiones que revelan sus mejores labores. Mientras la mayoría de sus colegas se apoyaba en una personalidad fija, inmutable, ella perduró porque fue capaz de adaptarse a las sucesivas épocas, permaneciendo siempre "moderna": en 2008 está tan impresionante como en 1940. Nunca fue hermosa pero su rostro era misterioso, intrigante, muy expresivo. Se impuso en cualquier papel haciéndolo suyo y revelando el matiz psicológico, en una época en que Hollywood se dedicaba al estereotipo: así sabía convertirse en alguien completamente distinto a ella.
Sus primeras apariciones la mostraron delgada, vulnerable, nerviosa, más Ruth que Bette. Pero se le vieron las uñas cuando (en contra de todas las reglas de Hollywood) aceptó un rol protagónico de villana: Servidumbre humana (John Cromwell, 1934) fue el primero de sus exitosos desafíos. Dio lo mejor de sí con directores talentosos que supieron controlarla y extraer de ella el material más noble. William Wyler usó inmejorablemente su agresividad, y fue con él con quien logró sus máximos roles: la frustrada Regina Giddens de La loba (1941), donde cada gesto tenso sugería la cólera de una codiciosa mujer sin corazón, sumergida en un mundo de hombres; la adúltera y asesina Leslie Crosbie de La carta (1940), que usaba el llanto y un incontenible torrente verbal con fría premeditación; y la bella y egoísta sureña Julie Marsden de Jezabel la tempestuosa (1938), que transitaba de la provocación y la banalidad a una trágica toma de conciencia final. Tres auténticas creaciones.
No fueron las únicas. Joseph Mankiewicz en La malvada (1950) exprimió su talento al máximo. Encarnando a la estrella del teatro Margo Channing, Davis rindió como nunca. Más tarde confesaría: "Desgraciada, vulnerable, generosa, muy extravagante, temerosa del futuro pero incapaz de malicia, éste era un papel que parecía hecho para mí". Cabe decir que lo encarnó con total esplendor. Davis dominaba sus films, y en general trabajaba con directores a los que controlaba y que le permitían hacerse cargo de su propio maquillaje. De esa manera lograba parecerse a una mujer de cualquier edad y carácter. Pruebas de esa eficacia son la pobre solterona convertida en gran dama en La extraña pasajera (Irving Rapper, 1942), la dura Isabel I de Mi reino por un amor (Michael Curtiz, 1939), la vieja bruja en que termina transformada la Sra. Skeffington en La vanidosa (Vincent Sherman, 1944), la actriz en decadencia de Lágrimas amargas (Stuart Heisler, 1953), la desgastada ama de casa de Banquete de bodas (Richard Brooks, 1956) y las exageradas máscaras de ¿Qué pasó con Baby Jane? y Dulce y querida Carlota (Robert Aldrich, 1962, 1964). Pero la actriz fue capaz también de notable sutileza en Amarga victoria (Edmund Goulding, 1939), donde dio vida a una heredera con avanzada enfermedad terminal, o en la olvidada Cita en invierno (Bretaigne Windust, 1948), interpretando a una cansada y virginal poetisa neoyorkina.
Hubo más muestras de talento: Juárez (William Dieterle, 1939), Cuando el amor florece (Irving Rapper, 1945), Sembrando ilusiones (Luigi Comencini, 1972), Extrañas (Milton Katselas, 1979), donde hizo de madre de la gran Gena Rowlands, la crepuscular Las ballenas de agosto (Lindsay Anderson, 1987), junto a la nonagenaria Lillian Gish. A lo largo de esa carrera, los gestos, el movimiento de caderas, el exhalar el humo y abrir exageradamente los ojos en momentos de abatimiento o furia, el darse vuelta con los brazos alzados, la mano alisando un mechón de cabellos, el incomparable tono chirriante de la voz, alguna frase memorable que supo imponer a los libretistas (en un momento de furor decía: "Ajústense los cinturones, porque va a ser una noche movidita"), son pruebas de que la actriz permaneció siempre en la cumbre de sus capacidades. Fue la mejor entre las mejores.