ÁLVARO BUELA
DESDE QUE FUE traducido por primera vez al inglés, a finales de los años 80, el filósofo esloveno Slavoj Žižek irrumpió en la academia anglosajona con el impulso de una pop star. Tal vez desde Roland Barthes, o mejor aún, desde Walter Benjamin no aparecía un referente intelectual tan expansivo y abarcador, capaz de fusionar la teoría dura con exponentes de los medios masivos en un discurso unívoco e integral. En el caso de Žižek, ese discurso amasa una reivindicación de la dialéctica hegeliana con una relectura de la filosofía marxista, ambas encauzadas en una apasionada, casi propagandística aplicación de psicoanálisis lacaniano.
Pero la cualidad esencial que lo ha convertido en una celebridad y, por ende, en una figura sospechosa para ciertos círculos académicos reside en la construcción arrolladora y emocional de sus razonamientos y en la ejemplificación de las teorías con manifestaciones de la cultura popular, de la publicidad a las películas de Hitchcock y de los dibujos animados a los relatos de Patricia Highsmith.
Nada parece escapar a su flexible aparato interpretativo. La posmodernidad, el capitalismo global, el multiculturalismo, la política exterior de los Estados Unidos, la espiritualidad New Age, los avances tecnológicos o el "fetichismo" de la democracia y la tolerancia han sido desglosados, cuestionados o salvajemente ridiculizados en una generosa cantidad de artículos periodísticos (para The London Review of Books, The Guardian o In These Times, entre otras publicaciones) y en una abrumadora bibliografía que, en menos de dos décadas, ha superado los cincuenta títulos, de los cuales sólo la mitad ha sido traducida al castellano.
Frecuente invitado de instituciones de cuatro continentes, sus conferencias convocan multitudes, al igual que sus cursos en universidades de Estados Unidos, Francia, Inglaterra y Eslovenia. Hay colegas que aseguran haberlo escuchado hablar en privado durante cuatro horas, saltando de un tema a otro sin interrupciones, algo altamente verosímil para cualquiera que haya visto el documental que lo toma como objeto de veneración (Žižek!, de Astra Taylor, exhibido en 2006 en el Festival Internacional de Cine Independiente de Buenos Aires).
Tanta popularidad se debe, en principio, a la permeabilidad y eterna necesidad de novedad teórica de la academia estadounidense, la que encontró en las ideas de Žižek un prisma original que ya no intenta imponer a la cultura un constructo de laboratorio sino, a la inversa, servirse de ella para iluminar las teorías más sofisticadas. El marketing universitario y el negocio de las editoriales hicieron el resto, con una innegable colaboración del propio Žižek.
"Hacerme popular es una forma de resistencia a tomarme en serio", dijo en una entrevista, admitiendo al mismo tiempo su temor a que, "si dejara de hablar, toda la apariencia espectacular se desintegraría". Por el momento, la "apariencia espectacular" demuestra buena salud, aun cuando el régimen de tres o cuatro libros al año ya da cuenta de reiteraciones, autocitas o, directamente, afirmaciones que lindan con el disparate, y los defensores de la Post-Theory -un grupo de críticos anglosajones que se opone a la interpretación psicoanalítica del cine- han intentado desacreditarlo con artillería pesada.
EN TODAS PARTES. Nacido en 1949 en Liubliana, ciudad de la ex Yugoslavia (hoy Eslovenia), de adolescente soñaba con ser director de cine. Sin embargo, se formó en filosofía y ciencias sociales, atraído primero por la Escuela de Frankfurt y luego por Heidegger. Terminó su posgrado en 1973, pero el régimen comunista de entonces le impidió dar clases ("no era lo suficientemente marxista como para estar en contacto con los estudiantes").
Lejos de percibirlo como un perjuicio, se manifiesta agradecido de que le hubieran asignado un oscuro puesto de investigador, lo que le permitió trabajar sin vigilancia ni presiones y trabar contacto con colegas del exterior, en especial la escuela lacaniana de París y los "posmarxistas" de la Universidad de Essex (Inglaterra), liderados por el profesor argentino Ernesto Laclau. "Pasé seis o siete años leyendo de forma confusa la teoría francesa, un poco de Michel Foucault, un poco de Jacques Derrida, hasta que descubrí mi propia secta: desde entonces soy un estalinista ortodoxo lacaniano, dogmático y nada dialogante".
Entre 1982 y 1986 completó su doctorado en filosofía y psicoanálisis en la Universidad de París VIII y se convirtió en paciente de Jacques-Alain Miller, albacea, yerno y heredero directo de Lacan. Ya reivindicado en su propia tierra, Žižek introdujo las ideas lacanianas y fundó la Sociedad para el Psicoanálisis Teórico de Eslovenia, sin abandonar sus investigaciones en el Instituto de Ciencias Sociales e iniciando la vida itinerante que persigue hasta el presente.
Los pocos meses que permanece en Liubliana vive con su hijo pequeño, fruto de uno de sus dos matrimonios previos, en un apartamentito atiborrado. Completando un prontuario poco ortodoxo, en 2005 se casó con una modelo argentina de 27 años, sumando Buenos Aires a sus múltiples moradas. Ante una agenda tan apretada, cabe la pregunta de cómo y cuándo encuentra el tiempo para la sobreproducción ensayística. También aquí la respuesta es poco ortodoxa.
Por un lado está el dato de que tiene la capacidad de concentrarse a escribir en cualquier lado y que lleva su notebook a todas partes, como un apéndice de su organismo. Allí guarda resúmenes y apuntes que le permiten abolir la necesidad física de los libros. Por otro, confiesa utilizar un método de escritura provisoria que, en principio, nunca se propone una elaboración articulada de las ideas. "Escribo fragmentos y después los reúno en una especie de montaje", dijo en una entrevista al diario catalán La Vanguardia. "Las ideas vienen separadas, cada una por su lado, y en un cierto momento trato de combinarlas formando un todo coherente".
No todo el mundo estaría de acuerdo con que los textos de Žižek conforman "un todo coherente", sin embargo. El impulso arrollador de su método expositivo, el cóctel de referencias de variada calaña y la utilización de una retórica singular, a medio camino entre la seducción y el pavoneo, suelen dejar espacio para acusaciones de inconsistencia y de falta de argumentación.
Por ejemplo, para ilustrar un determinado matema lacaniano, Žižek acostumbra recurrir a la trama argumental de tal o cual película, la cual lo conduce, a su vez, a un nuevo matema que se da por sentado y remite a un concepto original de Hegel, en una infinita puesta en abismo de los conceptos. O, lacanianamente, una cinta de Moebius discursiva que se recorre, eso sí, con una mezcla de encantamiento y vértigo. En la fidelidad a ese método ecléctico descansa la verdadera y exclusiva "coherencia" de sus escritos.
EL SHOW DE LAS IDEAS. Fue el crítico Fredric Jameson, un seguidor confeso de Žižek, quien tuvo la ingeniosa ocurrencia de asociar el procedimiento asociativo de éste con el "montaje de atracciones" de Eisenstein. En lugar del empalme de imágenes de origen dispar que confluyen, por acción de la metáfora y la metonimia, en un sentido nuevo, con Žižek nos enfrentamos a "una suerte de show de variedades teóricas en el cual se sucede una serie de `números` que mantienen al público en un estado de fascinación".
"Es un show magnífico", continúa Jameson, "aunque al final el lector queda perplejo ante las ideas presentadas, o al menos ante aquéllas que pudo retener. Podría pensarse que sólo leyendo en orden todos los libros de Žižek se resolvería el problema: por el contrario, lo simplifica en parte haciendo que los conceptos centrales comiencen a emerger de la niebla".
Es en este plano (el del "show de variedades") donde el filósofo esloveno se revela como el epítome del pensador posmoderno. No tanto por su postura ante la posmodernidad -a la que considera cómplice de la entronización del capitalismo como único modelo posible y una mascarada libertina que oculta una profunda esclavitud del sujeto- sino porque en su obra conviven, en un continuum fluido, la "alta" y la "baja" cultura, el arte y la mercancía, lo sublime y lo mundano, Karl Marx y Groucho Marx.
El propio Žižek argumenta esta filiación parcial a una "sensibilidad posmoderna" en una "autoentrevista" incluida en La metástasis del goce, cuando cita (justamente) a Jameson para señalar como uno de los rasgos definitorios de la posmodernidad al acto de "poner frente a frente entidades que, aunque son contemporáneas, pertenecen a distintas épocas históricas". A nivel psíquico, no estamos lejos de los mecanismos de condensación y desplazamiento propuestos por Freud y del funcionamiento retroactivo del deseo desarrollado por Lacan.
Sin embargo, el hábito de Žižek de poner "frente a frente" entidades anacrónicas de orígenes supuestamente excluyentes proviene, según él, de sus referentes filosóficos, de Hegel a Wittgenstein. En esa línea, el recurso ejemplificativo no partiría de una necesidad de "ilustrar" la teoría dura, de hacerla digerible al consumo rápido, sino de una sincera creencia en que el procedimiento de "escenificación de los temas teóricos saca a luz ciertos aspectos que de otro modo seguirían inadvertidos".
Donde Žižek se desmarca violentamente del operativo posmoderno es en el relativismo respecto a una Verdad ontológica y en sus consecuencias inmediatas: el multiculturalismo, la proliferación de "narrativas", el vaciamiento de sustancia concreta, la falsedad intrínseca del imperio de la corrección; todo lo cual se convierte en ideología y, por ende, en conductas. Al respecto, cabría recordar su brillante exposición acerca de la tolerancia incluida en A propósito de Lenin, uno de sus libros "menores" pero también más consistentes.
La tolerancia posmoderna hacia el otro, afirma, existe "en la medida en que este otro no es un `fundamentalista intolerante` -lo que significa simplemente: en la medida en que no es realmente otro. La tolerancia es `tolerancia cero` para los realmente Otros, o sea, el Otro en el peso sustancial de su goce". En la misma línea del Otro étnico procede el comportamiento posmoderno: todo está permitido siempre y cuando esté desprovisto de su esencia. ¿Ejemplos? El café descafeinado, la cerveza sin alcohol, el sexo virtual, la guerra mediática, la rebelión despolitizada…
IMPOTENCIA. La reivindicación de la figura de Lenin, traicionada y sepultada por el estalinismo, se enmarca dentro de ese contexto de fragmentación victimizada. "La respuesta leninista al `derecho a narrar` multiculturalista posmoderno, debe ser entonces una aserción lisa y llana del derecho a la verdad". Y la verdad, para Žižek, remite a la radical transformación que está sufriendo la entidad humana en la era del ciberespacio, la globalización, la imposición de gozar y la trivialización del hecho político.
Haciendo una simplificación grosera de sus postulados, podría decirse que todo el esfuerzo teórico del filósofo está centrado en determinar el atolladero en que se encuentra hoy el sujeto, inmerso en el magma del capitalismo globalizado. Para empezar, cuestionando ideologías, fetiches y fantasmas que asumen el estatus de una "realidad social", absoluta y deificada. "Esta realidad social no es entonces más que una débil telaraña simbólica que la intrusión de lo real puede desgarrar en cualquier momento", se lee en Mirando al sesgo.
Ese "real" de cuño lacaniano, es decir, aquella entidad que se sustrae al dominio del lenguaje (lo simbólico) y de la fantasía (lo imaginario), ocupa en Žižek, como en Lacan, un lugar privilegiado como contrapunto siniestro a cualquier envanecimiento de la conciencia. Es la fisura del sentido, la amenaza perpetua de la (enorme) porción de verdad que escapa a la frágil mente humana, la cual, a su vez, debe lidiar con ella a través de coartadas precarias y siempre incompletas.
La invasión de lo real en lo que llamamos "realidad" sólo puede vivirse como una irrupción devastadora, como "la herida abierta del mundo", y al respecto la obra de Žižek es generosa en ejemplos. En especial Mirando al sesgo, cuyo subtítulo es "Una introducción a Jacques Lacan a través de la cultura popular", aporta una buena cantidad de casos del cine y la literatura en los que puede leerse el retorno traumático de lo real (entre otros, las películas de Hitchcock o Lynch; las novelas de Robert Heinlein o Philip K. Dick).
Asimismo, en la época en que salió el original del libro (1991) estaba aún candente la tragedia radiactiva de Chernobyl, otra manifestación ubicada en "la dimensión de lo real" debido a la "indiferencia a su modo de simbolización": "Con independencia de lo que digamos sobre ella, continúa ampliándose, reduciéndonos al papel de testigos impotentes". A partir de 2001, el ejemplo recurrente de esa "indiferencia a la simbolización" se encarnó, claro, en el 11-S, al punto de que es posible considerar al atentado contra las Torres Gemelas como un parteaguas en el pensamiento de Žižek.
Utilizando sus habituales cruces temáticos, escribió largamente y desde diversas perspectivas sobre el hecho y sus consecuencias, a veces utilizando íconos de la cultura popular (como hizo con el film The Matrix en su difundido ensayo Bienvenidos al desierto de lo real), a veces diseccionando las implicancias ideológicas y religiosas que soporta la noción del Mal. De algún modo, quedó atrás el divulgador de las ideas de Lacan y el filósofo iconoclasta, el brillante articulador de lo psíquico y lo social presente en El sublime objeto de la ideología o el denso retorno a Hegel de Porque no saben lo que hacen. Si bien los conceptos básicos siguieron presentes, en su lugar ganó terreno el pensador político.
Su prédica se ha desplazado cada vez más hacia el desenmascaramiento de "la farsa liberal" y a la necesidad de defenestrar al capitalismo globalizado de su lugar de "universal concreto", señalando no solamente su condición de mero constructo sino además detectando sus formaciones alternativas en "todos los estratos no económicos de la vida social". Al respecto es ilustrativo un librito desencantado y furioso, La revolución blanda.
Allí el autor argumenta sobre la impotencia de los movimientos anti-globalización y sus popes (Negri, Hardt, Naomi Klein) y hace un llamado a la restitución urgente del acto político, no en el sentido de manifestación masiva sino en el de aquella práctica que atraviese la pantalla de falsas dicotomías, de falsas opciones que ofrece el capitalismo tardío. "En ninguna parte es más palpable la resistencia actual al acto político que en la obsesión por la catástrofe, el negativo del acto. Es como si el Bien supremo hoy es que nada pase realmente", dice, y es inevitable recordar su militancia en el "Movimiento Alternativo" de Eslovenia, que lo llevó a ser candidato a presidente en las elecciones de 1990.
LA MANCHA VORAZ. Al igual que ocurre al sumergirse en las obras de sus referentes, la lectura de Žižek se sigue a tientas. En la primera mitad de su bibliografía, en particular, la acumulación de abstracciones (y abstracciones de abstracciones), así como un devenir discursivo que nunca se molesta en cerrar la enormidad de tópicos que abre, puede causar una suerte de mareo, o al menos una inquietud por encontrar el centro del laberinto.
El propio Žižek se regodearía argumentando en "lacanés" que no hay tal centro, con la misma elocuencia con que se explaya sobre las paradojas del deseo: "la realización del deseo no consiste en ser satisfecho plenamente, sino que coincide con la reproducción del deseo como tal, con su movimiento circular".
De todos modos, puede intentarse una aproximación deslucida a las aguas tormentosas de su pensamiento haciendo el camino inverso: en lugar de ejemplificar la gran teoría con producciones culturales, describir la metodología de Žižek a través de su visión del cine. Una visión utilitaria, hay que apresurarse a decir. El filósofo es el primero en reconocer que le interesa abordar exclusivamente los films que le ayudan a explorar o desarrollar las ideas y construcciones teóricas.
Esa actitud ya abre un jalón para las objeciones que otros académicos le han hecho: por debajo de la heterodoxia expositiva y del salvaje ataque a los estereotipos mentales, Žižek jamás pone en cuestión su propio pavimento teórico ni revisa los mismos principios con que interroga, de modo automático, a todo objeto animado o inanimado que enfrenta. No es ése el método de un pensador, dicen los opositores, sino el de un predicador, el de un epígono con ambiciones mediáticas, es decir, el de un anti-filósofo.
Hay algo de eso, indudablemente, sólo que para Žižek esas voces pertenecen a resabios de un humanismo decadente y estéril, previo a los postulados lacanianos del poder y la subjetividad y, por ende, incapaz de cuestionarlos de raíz. Pragmático y altanero, da toda la impresión de que las acusaciones operan en él como un incentivo para arremeter (re)productivamente.
Ya el primer texto con que se dio a conocer en Europa tenía, desde el título, tanto una vocación de parodia como de divulgación: Todo lo que usted siempre quiso saber sobre Lacan y nunca se atrevió a preguntarle a Hitchcock (1988). Sus aportes al volumen, del que fue editor y acompañó con los de otros académicos, marcarían su producción durante la década siguiente y serían recogidos más adelante en Mirando al sesgo (el reciclaje de materiales es otro rasgo distintivo de la obra zizekiana).
Por otro lado, es justo diferenciar el "método Žižek" del "psicoanálisis aplicado", una discutible apropiación de las obras artísticas mediante los preceptos freudianos, muy difundida entre los psicoanalistas argentinos de los años sesenta y setenta. "Este procedimiento" afirma Žižek "siempre `se encuentra a sí mismo`, y las proposiciones sobre el complejo de Edipo, la sublimación, etc., se confirman una y otra vez, dado que la búsqueda se mueve en un círculo cerrado imaginario y sólo encuentra lo que ya está buscando, lo que, en cierto sentido, ya tiene (la red de sus preconceptos teóricos)".
Mal podría Žižek "aplicar" el psicoanálisis para la "interpretación" del cine, cuando lo que él comienza por relativizar es la noción misma de espectador y el vínculo de éste con su objeto (el film). En diversas ocasiones el autor se ha enfrascado en explicar la dialéctica de la visión y la mirada (herencia de Lacan, faltaba más), para la cual no existe una dimensión unidireccional (yo veo/miro el objeto) ni total (yo veo/miro todo el objeto), sino que dicha acción está atravesada por una falla original que la escinde y, a la vez, la trasciende.
"En lo que veo, en lo que está abierto a mi vista, hay siempre un punto en el que `no veo nada`, un punto que `no tiene sentido`, esto es, que funciona como la mancha en el cuadro -éste es el punto desde el cual el cuadro mismo devuelve la mirada, vuelve a mirarme-", se lee en un capítulo de ¡Goza tu síntoma! En esa mancha que no vemos, en ese "punto idiota" que en sí mismo no es ni significa nada, se concentra el elemento determinante (el Uno) para desequilibrarnos y, rizando el rizo, para mostrarnos lo que somos.
No obstante, esa zona ciega del objeto se resiste a ser abordada "de frente", desde una perspectiva cándida, para empezar -afirmaría Žižek- porque no hay perspectivas cándidas. Su visión requiere de un ángulo especial, de una "mirada al sesgo", figura que Žižek toma del Ricardo II de Shakespeare y que utiliza para describir el condenado circuito del deseo: "Si miramos de frente, es decir, con realismo, de modo desinteresado y objetivo, sólo vemos una mancha informe; el objeto sólo asume rasgos claros y distintos si lo miramos `desde un costado`, es decir, con una mirada interesada, sostenida, impregnada y `distorsionada` por el deseo".
OTRA POLÉMICA. De más está decir que tal aproximación al objeto-film se encuentra en las antípodas de la del grueso de la crítica cinematográfica, y no solamente la periodística (aun cuando ésta era ejercida de modo riguroso). A medida que crecía su fama, crecían también los reproches acerca del total desinterés de Žižek por "lo específico" del cine y, en particular, por sus dispositivos de vínculo con el espectador. En ese marco, tuvo lugar una sonada polémica con un grupo de académicos "cognitivistas", encabezados por los reputados David Bordwell (estadounidense) y Noël Carroll (británico).
En 1996 éstos habían editado un libro colectivo, Post-Theory, donde esgrimían el agotamiento, el dogmatismo y, en última instancia, el fracaso de la teoría psicoanalítica como herramienta de análisis, aludiendo al caso de la revista inglesa Screen, que en los años setenta se había convertido en un modelo de lectura lacaniana del cine. Siempre llamado a la polémica, Žižek les respondió en un ensayo dedicado a Krzysztof Kieslowski (British Film Institute, 2001), revirtiendo el argumento con uno de sus habituales retruécanos: en realidad, la aplicación de Lacan al cine nunca ha sido lo suficientemente lacaniana, reservándose para sí un lugar "entre la Teoría y la Post-Teoría", vale decir, la teoría propiamente dicha.
Un largo fragmento de ese ensayo aparece recogido en Lacrimae Rerum, un volumen-Frankenstein que, aprovechando la popularidad del autor, echa mano descaradamente a textos dispersos sobre "cine moderno y ciberespacio", pero no respeta la integridad original de varios de ellos. Eso ocurre con el texto sobre Kieslowski, del que el recopilador seleccionó el brillante apartado sobre el Decálogo, pero eliminó toda alusión a la polémica. En cambio, dejó una descolgada alusión a la Post-Theory, incomprensible para quien desconozca los antecedentes en un reiterativo ensayo sobre Hitchcock.
Allí Žižek retoma el punto de la Mirada como inversión del vínculo entre sujeto y objeto, y recurre al prístino ejemplo de La ventana indiscreta, curiosamente filmada el mismo año (1954) en que Lacan dictaba su Seminario I, refiriéndose a la mirada fantasmática en estos términos: "Puedo sentirme bajo la mirada de alguien cuyos ojos no puedo ver, ni siquiera indicar. (...) Esta ventana, si se oscurece un poco, y si tengo razones para pensar que hay alguien detrás, es directamente una mirada".
Para Žižek el cine es esa ventana, ese "universal concreto" hegeliano cuyo interés perece si lo tomamos exclusivamente en su "especificidad". Su propósito no consiste en reducir lo universal a lo particular para encontrar su verdad fundamental sino, dialécticamente, demostrar cómo lo universal asume esa condición en la contingencia, a través del Uno. En otras palabras, es estéril cumplir con el reclamo de "ser específico" (con el cine Hitchcock, de Lynch o de Kieslowski) si, al mismo tiempo, no se demuestra la manera en que "se vuelve universal".
A ROMPER LA RED. De circunvoluciones intelectuales por el estilo está hecho el arrebatado y aluvional discurso de Žižek, una especie de showman de la academia con notoria predilección por las paradojas y por el uso (y abuso) del recurso de "la negación de la negación" marca Hegel. Últimamente se lo ha visto derrapar en artículos periodísticos que, o bien retoman cansinamente tópicos ya agotados por él mismo (la "revolución blanda", el ciberespacio, Lenin), o bien retuercen los argumentos hasta el paroxismo, en un esfuerzo que deja en evidencia el truco de polemista mediático (ver su "defensa" de la película 300).
Pero, volviendo a su metáfora, sería una torpeza que la "apariencia espectacular" que él mismo ha generado, en un retorno ingrato, desacreditara la seducción de su "interfase" teórica y sus enormes aportes en el diagnóstico de una época en que las conexiones simbólicas e imaginarias han reducido al sujeto a una condición de tensa pasividad. Más allá de su verborragia escolástica, la obra de Žižek constituye un urgente grito de alarma, un intento de arrancar al pobre individuo globalizado de su nube virtual y de la imposición de gozar que pesa sobre él, como una condena.
"Slavoj Žižek merece ser considerado el autor de la globalización", afirma el argentino Sebastián Waingarten, traductor y especialista en el autor: "no sólo porque el capitalismo global y el desarrollo de las comunicaciones y tecnologías digitales forman parte privilegiada de su temática, sino también porque la existencia de una red global de producciones culturales e intelectuales constituye la condición de posibilidad de la obra del filósofo esloveno". Y agrega, con sintética precisión: "lo que caracteriza la apuesta teórica de este autor es la búsqueda rigurosa y obstinada de una forma de sostener los estandartes básicos de la Ilustración: el acceso a una verdad Universal, la fundación de un Sujeto político, el deseo de emancipación radical". En el futuro, cuando se estudie esta época, nadie podrá decir que Žižek no nos avisó.
Una modesta proposición
DE TODOS los ingresos posibles a la obra de Žižek, tal vez los más adecuados para el no iniciado sean su fundacional El sublime objeto de la ideología y el delicioso Mirando al sesgo. A partir de ahí pueden tomarse: a) la vertiente de filosofía política (El espinoso sujeto, el colectivo Ideología. Un mapa de la cuestión, y, sobre todo, la que el autor considera su obra maestra, Visión de paralaje); b) las reflexiones sobre la religión y sus construcciones (El frágil Absoluto, ¿Quién dijo totalitarismo? El títere y el enano); c) los ensayos filosóficos "duros" (Porque no saben lo que hacen, Amor sin piedad, Órganos sin cuerpo); y d) las obras centradas en las producciones culturales (con particular mención del notable ¡Goza tu síntoma!). En otros soportes, son muy recomendables el documental Žižek!, de Astra Taylor (2005) y el extenso y apasionante ensayo fílmico que lo cuenta como maestro de ceremonias, The Pervert`s Guide to Cinema, de Sophie Fiennes (2006). Por último, del más del millón de entradas que registra Google sobre el filósofo, vale la pena visitar el completo sitio http://www.lacan.com/frameziz.htm (en inglés) y varias páginas en castellano, en especial http://es.geocities.com/zizekencastellano/.
En castellano
• El sublime objeto de la ideología, Siglo XXI, México, 1992.
• Todo lo que usted siempre quiso saber sobre Lacan y nunca se atrevió a preguntarle a Hitchcock, Manantial, Buenos Aires, 1994.
• ¡Goza tu síntoma! Jacques Lacan dentro y fuera de Hollywood, Nueva Visión, Buenos Aires, 1994.
• Porque no saben lo que hacen. El goce como factor político, Paidós, Buenos Aires, 1998.
• Estudios Culturales. Reflexiones sobre el multiculturalismo, Paidós, Buenos Aires, 1998 (con Fredric Jameson).
• El acoso de las fantasías, Siglo XXI, México, 1999.
• Mirando al Sesgo. Una introducción a Jacques Lacan a través de la cultura popular, Paidós, Buenos Aires, 2000.
• El espinoso sujeto. El centro ausente de la ontología política, Paidós, Buenos Aires, 2001.
• El frágil Absoluto o ¿por que merece la pena luchar por el legado cristiano?, Pre-Textos, Valencia, 2002.
• ¿Quién dijo totalitarismo? Cinco intervenciones sobre el (mal) uno de una noción, Pre-Textos, Valencia, 2002.
• Las metástasis del goce. Seis ensayos sobre la mujer y la causalidad, Paidós, Buenos Aires, 2003.
• Contingencia, Hegemonía, Universalidad, FCE, Buenos Aires, 2003 (con Judith Butler y Ernesto Laclau).
• Ideología. Un mapa de la cuestión, FCE, Buenos Aires, 2003 (compilador).
• Violencia en acto. Conferencias en Buenos Aires, Paidós, Buenos Aires, 2004.
• A propósito de Lenin. Política y subjetividad en el capitalismo tardío, Atuel/Parusia, Buenos Aires, 2004.
• La revolución blanda, Atuel/Parusia, Buenos Aires, 2004.
• Repetir Lenin, Akal, Madrid, 2004.
• El títere y el enano. El núcleo perverso del cristianismo, Paidós, Buenos Aires, 2005.
• Amor sin piedad. Hacia una política de la verdad, Síntesis, Madrid, 2005.
• La suspensión política de la ética, FCE, Buenos Aires, 2005.
• Arriesgar lo imposible. Conversaciones con Glyn Daly, Trotta, Madrid, 2005.
• Irak: La tetera prestada, Losada, Buenos Aires, 2006.
• Lacrimae rerum. Ensayos sobre cine moderno y ciberespacio, Debate, Barcelona, 2006.
• Visión de paralaje, FCE, Buenos Aires, 2006.
• Órganos sin cuerpo. Sobre Deleuze y consecuencias, Pre-Textos, Valencia, 2006.
• En defensa de la intolerancia, Sequitur, 2007.