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A propósito de Guacho!
Nacidos en los setenta

ÁLVARO BUELA

EN UNA POLÉMICA más bien delirante que hace unos meses libraron en Internet el periodista Daniel Figares y el humorista Carlos Tanco (Darwin Desbocatti), le tocó a este último poner la cuota de autocrítica y confesar, entre otros descargos, que se percibe amenazado por dos "enemigos": "el discurso complaciente con la función del humor y cierta sobreestimación que hay en estos tiempos de la gente que hace humor". No es casualidad que sea Tanco, el único humorista riguroso e inteligente que ha surgido en los medios en los últimos años, el que se percate de ello.

Porque, tal vez, lo que Tanco percibe como "enemigos" no sea otra cosa que la instalación social de un mecanismo pavloviano propio de un momento que no soporta su propia abulia, su propia imagen (desde parlamentarios agarrándose a trompadas a una emigración que no cesa). Independientemente de sus cualidades y de sus herramientas, todo humorista está hoy legitimado per se, a la manera de los hechiceros tribales, y ya quedó claro que hay una larga lista de aspirantes a bufones a sueldo. También quedó claro que los códigos de complicidad -tan caros al ser uruguayo- no ayudan a saciar el hambre de "entretenimiento", sea lo que sea esa pseudo-categoría tan en boga. Por el contrario, fomenta un círculo vicioso.

ZONA FRANCA. Esta introducción viene a cuento de la experiencia de (re)leer los tres primeros números de Guacho!, reeditados por la editorial Amuleto varios años después de su aparición original, en formato revista y dentro de un circuito alternativo (que no marginal). La traslación de aquellos materiales a un soporte bibliográfico apenas aparece intervenida por un pliego central en color (que incorpora chistes gráficos generados en otros formatos por la "factoría" Guacho!) y por introducciones a cada volumen firmadas por dibujantes, especialistas o simples seguidores.

Esos agregados colaboran en un (merecido) rescate y en la revaloración de uno de los artefactos más imaginativos y refrescantes que ha conocido el derrotero de la cultura local. Indirectamente, ejercen una sorpresiva canonización de una forma totalmente desprejuiciada de abordar la historieta y el humor gráfico, a contrapelo de la impavidez burocrática al uso hasta entonces. A partir de su primer número, publicado en 1999, Guacho! llegó para advertir que había una cofradía de creadores, nacidos en la década del setenta, que no sólo tenía ideas propias sobre ambas cosas -la historieta y el humor- sino que, además, se animaba a largarse a una aventura editorial, a medio camino entre los fanzines subterráneos, ya desaparecidos o en vías de extinción, y las publicaciones "de traje y corbata".

Aunque esté libre de responsabilidad, varias cosas llaman la atención de esta reedición triple, todas vinculadas a las transformaciones que han sufrido en la última década los resortes socio-culturales del país, sus prioridades y valoraciones. Una de ellas es la rápida legitimación que supone para una publicación alternativa - y, a pesar de sus intermitencias, aún en actividad- que se concrete su condición "de culto" en el ingreso a las bibliotecas.

Allí está pesando, seguramente, la influencia de Guacho! en la profesionalización de publicaciones gratuitas, también llamadas "de tendencias", las cuales, dejando de lado su irregular calidad periodística, suponen la exclusiva renovación ocurrida en los medios gráficos uruguayos en lo que va de este siglo. Por otra parte, la recepción celebratoria e indiscriminada -según lo que hoy se entiende por periodismo- que este regreso ha obtenido de parte de la prensa "formal" responde, en buena medida, al recambio generacional en el plantel de las redacciones y a que el humor dejó de ser el convidado de piedra en las páginas de espectáculos. Lejos de ello, casi se ha vuelto la condición excluyente.

FRENTE A FRENTE. La pregunta inmediata es si esos factores alcanzan a explicar que el proyecto de un pequeño grupo de diseñadores con un talento exquisito para la parodia se haya dotado de un valor agregado que proviene del "afuera" y no del desparpajo de sus propios contenidos. En otras palabras, cómo llegó Guacho! a ser un producto cool. Una respuesta posible sería que siempre lo fue, cuando aún lo cool no era necesariamente un producto y había cabida para desmarcarse del "humor oficial", todavía cautivo de la tautología demagógica del carnaval. Pero cabe sospechar otras razones, más contingentes, vinculadas a aquellos "enemigos" de Tanco, o sea, la predisposición condescendiente del momento a cuanto traiga el pasaporte de chistoso.

Mal que le pese, el propio Tanco tiene mucho que ver con ello al formar parte de un grupo de jóvenes locutores (o, según el término de moda, comunicadores) que se nucleó en torno al programa radial Justicia infinita. Cultores de un humor de choque y de un cinismo autoconsciente que tomaron -casi al pie de la letra-de ejemplos argentinos y norteamericanos, cada uno de ellos fue perfilando un estilo que osciló en diversos grados de la comicidad: desde el satírico "apocalíptico" (Tanco) al canchero "integrado" (Camarotta), sin olvidar a los simplemente autoconscientes (también conductores del desaparecido programa Los informantes, de inexplicable culto entre la inteligencia fashion).

Primero en la radio -el medio que ha mostrado mayor plasticidad para absorber la ironía pop- y luego en una diversificación imparable (prensa, televisión, teatro, cine, publicidad), el grupo ha conseguido filtrar su funcional rebeldía en los conservadores gustos uruguayos, y hacer un hábito de lo que antes -apenas ocho años atrás, cuando apareció Guacho!-se consideraba alternativo. Mediante la ubicuidad de Tanco, también se introdujeron en el carnaval, para desconfianza del comando geronte que lo preside, y, en especial, se plantaron con firmeza ante un estilo de humor profundamente reaccionario que aún convoca adhesión en una zona del cerebro colectivo oriental.

Con buen tino, algunos gustan asociar a ese "otro" humor (el primario, el resentido, el que explota la zona subdesarrollada del carácter local), con el verdadero "enemigo" de Justicia infinita, es decir, el autodenominado Lic. Orlando Petinatti, pero ello no deja de ser un reflejo condicionado, reduccionista y tranquilizador. En todo caso, el "humor" de Petinatti tiene peor prensa que el de los chistes carnavaleros o el de Pizza a Carballo, por poner sólo dos ejemplos, a causa de la increíble falta de carisma del propio Petinatti, pero en el fondo manejan las mismas palancas, aprietan los mismos botones y se reservan el mismo lugar (intocable) de enunciación. Hay gente a la que eso le hace gracia, pero maldita la gracia que hace.

HOLA, ADIÓS, HOLA. En este escenario es donde el reencuentro con Guacho! nos obliga a abrirnos paso entre la maleza de textos y metatextos, a atravesar las sucesivas capas de maquillaje mediático y vampirismo cool, a separar lo propio y lo ajeno, para llegar, por fin, a su rústico brillo de origen.

Afortunadamente, allí siguen vivos el ingenio y el experimento; los deliciosos reciclajes de los íconos de juventud y de la imbecilidad publicitaria; la permanente puntería para el absurdo y el grotesco; la capacidad para captar el lenguaje montevideano y ubicarlo en un sitio desplazado, inexorablemente cómico; la versatilidad para hacer funcionar ideas abstractas en un contexto cuasi-periodístico (como la transcripción en crudo de un programa de Cacho Bochinche); la invención de nombres propios de irresistible ridiculez (entre otros, "Arsenio Motolko"); la plasticidad lúdica para crear historietas con figuras estólidas, inmutables, tanto generadas por computadora como robadas de revistas o álbumes de figuritas; la colaboración del gran Esteban Podetti, un compañero de ruta.

Allí, en la propia materia, se encuentra justificada ésta y mil reediciones. Todo lo demás (incluido este artículo) es ruido.

GUACHO! 1, 2 y 3. 128 págs. c/u. Amuleto, Montevideo, 2007. Dist. Gussi.



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