RAFAEL COURTOISIE
ENRIQUE ESTRÁZULAS (Montevideo, 1942) es poeta, narrador y periodista. Ha colaborado en numerosos medios de América Latina y Europa, entre ellos El Día, El País, La Opinión y Somos. Entre poesía, cuento, novela y teatro ha publicado más de una veintena de libros. En los últimos años se ha desempeñado como diplomático. Los manuscritos del caimán y La cerrazón humana son sus libros más recientes.
VIEJA VIOLA.
-Hay datos fidedignos acerca de que la literatura secuestró al cantor de tangos. ¿Es cierto que Aníbal Troilo lo quería como primera voz para su orquesta?
-En mi caso la literatura caminó paralelamente con la música ya que el tango es, en su mayoría, poesía. Así me lo hizo sentir Gardel. En cuanto a la anécdota con Troilo, es verídica. No me quería como "primera voz"; quería que me integrara. Yo canté una madrugada con su orquesta suplantando a Jorge Casal y también probaron a un violinista. Fue un ensayo, casi al alba en el Marabú. Él me oyó cantar en la mesa algunos acordes y me subió al escenario. Era un superdotado. Me obligó a cantar "El patio de la morocha". Yo tenía 18 años, estaba nervioso y me quería bajar. Entonces me calmó, me hizo cantar el tango uruguayo "Vieja viola" y varios más. Cuando el ensayo terminó me dijo en una mesa, al oído: "Mirá, pibe: vos tenés que estudiar seis meses. Con la sensibilidad que tenés vas a llegar muy lejos...". Mi padre se enteró y me fue a buscar a Buenos Aires. Yo ya me sentía el cantor de los cantores. Y volví a Montevideo a trabajar, a escribir, a extrañar a mi novia argentina. Después el berretín se me voló. Eso fue todo.
-Pero un aire tanguero permanece en la música de sus cuentos, de sus novelas, y por supuesto en su poesía.
-Sí, es así, es inevitable para mí. Yo reconozco ese aire en ciertos poemas, en algunos relatos. Debe ser el cantor de tangos que todavía pugna por vivir.
-Usted reivindicó el magisterio de Borges, pero en su obra no se encuentran notorios ecos borgeanos. Más bien la reivindicación de Borges parece un homenaje. Sí se encuentran en su obra las enseñanzas de Rulfo y de Cortázar.
-Es verdad. Yo admiro a Borges pero no lo veo en mi escritura más que vagamente. Yo viví la época en que todo el mundo lo negaba. Ahora están debajo de una piedra. Fue Onetti quien me dijo: "Si querés leer a un escritor perfecto, leé a Borges... Sus opiniones son juegos de enfant terrible. Hay que leerlo y punto". Admiro a Rulfo, a Cortázar. Ignoro por dónde se me cuelan. Las influencias son chispazos que no vemos. Los conocí a los dos y releo principalmente a Juan Rulfo.
-Volviendo a Borges, ¿su obra de teatro "Entrevista secreta Borges-Perón" fue también una suerte de ensayo para las tablas sobre sociología y política?
-Ambos se odiaban. Nunca se conocieron. Pero yo creo, humanamente, en el "abrazo secreto" de los hombres. Por eso inventé esa visita de Perón a Borges. Se estrenó en Buenos Aires, en 1998, en el teatro Cervantes, con algunos errores de dirección y un Duilio Marzio admirable en el papel de Borges. Yo me había enterado de que en los contenedores de Perón llegaron algunos libros de Borges a Buenos Aires. Esto indicaría que Perón lo leyó. Es más: muchas opiniones autorizadas lo aseguran. También es seguro que Borges jamás leyó a Perón. En la obra hay algo de sociología y política, pero hay más de humanismo recatado y de brasas que nunca se apagaron.
EL ALCOHOL Y LA PLUMA.
-¿Novela o cuento? ¿Qué prefiere?
-Depende de la idea. Cuando nace la idea, nacen el género y la temática. No creo que el cuento sea una novela despojada de ripios. Son dos géneros claros. A mí me sorprende un cuento por el argumento, por un argumento. Cuando me llama una novela, me están llamando varios argumentos, varios juegos filosóficos, varios temas. El cuento es más seco, más contundente. No por eso es superior. Siempre depende de quien escriba, de algo misterioso que algunos llaman talento.
-Y en `eso` misterioso, ¿dónde queda la poesía?
-La poesía está implícita en la narrativa. Nunca abandoné la poesía. El poema es también un golpe emotivo, solitario, menos intelectual y, sin embargo, más inteligente. Cito la máxima de Antonio Machado: "El intelecto no cantó jamás; no es su misión".
-Con respecto a eso usted ha escrito: "la inteligencia es un nido de ratas".
-Eso afirma un personaje de uno de mis cuentos, no necesariamente el autor.
-¿Es cierto que Juan Carlos Onetti lloró al escuchar por primera vez uno de sus poemas?
-Yo era un poeta inédito y le había llevado dos o tres poemas con mucho miedo. Onetti siempre estaba acostado. Me llamó Dolly y fui al living. Cuando volví Onetti me había robado la carpeta y leía los poemas. Efectivamente, me pareció que perdía alguna lágrima. Onetti era muy sensible a la poesía. Era, por otra parte, un gardeliano enfermizo, tan enfermizo como yo. Una vez sacó una pistola y me apuntó con esta advertencia: "Si no cantás el tango `No Placé` te vuelo la cabeza". Tuve que cantar, como pude.
-A propósito: Onetti, escritura y alcohol conforman una tríada legendaria. Hábleme de la relación alcohol-literatura.
-El alcohol nunca me sirvió para escribir; me sirvió para olvidar lo que escribo. Sucede que, si escribía con alcohol, todo iba más tarde a la papelera. No creo que los grandes poetas alcohólicos hayan logrado alta poesía con alcohol. Pienso en Verlaine, Baudelaire, Rubén Darío. Ellos tal vez escribían lúcidos. Hay un gran mito sobre la literatura y el alcohol. A veces -rara vez- pudo ser verdad. Pero, en general, sospecho que no.
CUENTOS EXTRAÑOS.
-Algunos lectores y críticos atribuyeron su novela Los manuscritos del caimán a una peculiar visión de los últimos tiempos en Cuba. ¿Es una interpretación "fácil" o apresurada?
-Existen muchos caimanes en el Caribe. Ésa es una interpretación fácil. Me influyeron Cuba y su paisaje. El Caimán, el dictador, es distinto a Fidel. Se trata de una sangrienta y cruel novela de amor, salpicada de poesía y algo teatral, también. Por otra parte, nunca se sabe cuándo serán los últimos tiempos de Cuba, de esta Cuba amarga con casi medio siglo en la boca del Imperio.
-¿Qué está escribiendo ahora?
-Acabo de terminar una novela, El enigma de la Savoyarde, que, para divertirme, la llamo una parábola sobre el erotismo. Es una narración contada por una mujer. A esa novela le tengo un cariño particular: me costó mucho crearla. Después del libro de cuentos La cerrazón humana, le dediqué más de un año. Y algunos dicen que escribir no da trabajo... deben ser geniales, pero nunca muestran ni una línea. Son, sin duda, los que nada escriben. Estoy escribiendo poesía, muy lentamente.
-Le doy dos nombres y me dice lo que se le ocurra: Dylan Thomas, Alfredo de Simone.
-Dylan Thomas no escribía lúcido. Ese es un ejemplo típico de poeta alcoholizado. Ignoro si Dylan hubiera sido un gran poeta sin alcohol. También ignoro el caso de William Faulkner y el de mi amigo Onetti. Alfredo de Simone era un genio: pintor del Barrio Sur, pintor pobre y errabundo. Nunca lo vi. Cuando murió yo era un niño. Dejó poca obra, a menudo notable. Yo escribí un cuento en su homenaje: "Los fuegos de Ansina". De Simone merece mucho más. Por ejemplo: resucitar y seguir pintando.
-En su más reciente libro de cuentos, en uno de los textos, el tema erótico deviene fantástico. No es un proceso usual.
-Esa es una de las claves del cuento extraño. El tema erótico, en el primer cuento, se convierte en poesía, en la narración de un voyeur que es un tercer personaje imprevisto. La poesía es, a menudo, hermana del erotismo.
-La cerrazón humana puede leerse desde cierto punto de vista como "nihilista", sin embargo, en una lectura profunda, se descubre que plantea un humanismo. ¿Está de acuerdo?
-Sí, puede verse, en parte, como un humanismo. Onetti era un humanista pese a su escepticismo. El joven personaje del cuento, el que padece "el horror de la filosofía" -como diría Rubén Darío- es extraño pero posible. Jamás elijo personajes comunes. La literatura tiene que proporcionar al lector algún asombro. Estoy de acuerdo con que muchos cuentos intentan dar claridad a muchas cerrazones. También coincido con el humanismo que usted percibe. Es real.
ANCESTROS.
-Una calle de Malvín lleva el nombre de uno de sus ancestros, buena parte del barrio Punta Carretas es un museo vivo de otra rama de su familia. ¿Ese pasado pesa y condiciona al escritor?
-El pasado condiciona a todos los escritores. Las viejas familias uruguayas podrían ser más épicas, más literarias... es posible. El pasado pesa en todos los escritores y, aún, en los que no escriben o se dedican a otras manifestaciones del arte. Yo, por ejemplo, no reniego de mis ancestros. Hablo poco de ellos. Nada más.
-Usted escribe a mano, a máquina y más recientemente en computadora. ¿Cuál es su forma preferida?
-Escribo a mano. Cuesta que una idea, al ser creada, no sea deformada por una máquina. Nunca escribí novela, cuento o poesía en una computadora. Dicté o pedí copias de mis textos a mano. A mano escribe la mayoría de los escritores. Es más sutil el viaje de la mente al papel a través de una mano que dibuja signos, o sea: escritura.
-¿Sigue escribiendo poemas en las salas de espera de los aeropuertos?
-Tal vez me han descubierto. Alguna vez lo hice... es decir: muchas veces lo hice. He viajado mucho y el tiempo de escribir aparece en cualquier parte.
-En parte de su obra, entre muchos otros temas, comparece la amistad como un valor inclaudicable. En la más reciente ficción latinoamericana que, entre otras cosas, se ocupa de la violencia, eso no es nada común. ¿Qué rol juega la amistad en su narrativa y en su vida?
-La verdad es que la amistad es un valor inclaudicable y aparece muy poco en la nueva literatura latinoamericana. Y aún en la literatura del planeta entero. No, no es nada común la amistad como tema. Pensemos, sin posibilidad de error, que la amistad es mucho más fuerte que las coincidencias políticas. A veces creo que las discrepancias alimentan la amistad. El rol de la amistad en mi narrativa, es como un puente, como un llamado, como un pedido de auxilio o de piedad. En mi vida los amigos, las amigas y la soledad, pueblan un ámbito amable y a la vez extraño.
-¿Lo extraño está en su vida?
-Vivir es extraño.
Visitación y fantasía
ELVIO E. GANDOLFO
HABRÍA QUE VER si la afirmación de Alejandro Michelena en el prólogo del libro, acerca de que "los logros novelísticos [de Estrázulas] han opacado su pericia para el relato breve", se aplica realmente. Al menos en Uruguay, su país natal, no es infrecuente que, si se habla de su obra, se mencione con admiración, entre lectores adictos, el libro o algunos de los relatos de Las claraboyas, publicado hace exactamente 30 años, por ejemplo.
Los 31 relatos de La cerrazón humana recogen una variada selección de su obra cuentística ya publicados en libros anteriores, y algunos textos nuevos. La mezcla se sostiene en la variación y hasta repetición de algunos ejes temáticos y formales. Abundan los seguimientos (y alcanzamientos) de mujeres por un hombre solitario, culto y burilador del piropo complejo, y el dibujo tan veloz como memorable de personajes laterales de la fauna urbana (porteña y montevideana), cuasirural y balnearia. Hay también medallones sobre algunas admiraciones intensas: Onetti o Zitarrosa, y la sombra desganadamente paterna de Borges sobrevolando diversos territorios.
A las consideraciones sobre novelas y cuentos habría que agregar la dimensión aún menos difundida de Estrázulas como poeta. Porque buena parte de su obra narrativa cae con placer y eficacia en parrafadas en prosa que están en realidad ritmadas y medidas como un poema. Es lo que pasaba con el clásico relato entero dedicado a "Pepe" Sasía. Aquí hay varios tramos que pueden cortarse en verso sin que se pierda el "run-run" de su ritmo. Por ejemplo en "Con flores a porfía":
"Mulata, hija de rubia y yacumenza
(el tamborilero del andurrial, el padre)
vivió de sus ojos de gato
que pasaban del verde al amarillo
y mucho más del cuerpo aceitunado
que abrazaban carreros y milicos,
canallas y jinetes que venían del norte."
Casi todos los relatos abren una rendija a los mundos paralelos de la fantasía y la imaginación. En ese sentido el título general parece aludir a una filosofía densa sobre la realidad del hombre, pero queda desfasado, con su tono único, ante la variedad temática y tonal. En los numerosos encuentros con mujeres de todo tipo, la mayoría caracterizados por una actitud romántica y malditista, hay un quiebre hacia la pose inteligente que ventila la atmósfera, y que se suma a la incondicional (y automática) admiración por la mujer bella o rara.
Casas con espacios extraños, tiempos mezclados, biografías enteras contadas en pocas páginas, van trazando una visión del mundo dinámica, imprevisible. El lenguaje es breve, incluso telegráfico, sin temor a las comparaciones fuertes: "Estuve esperando, como un tiro en el sexo, la presencia del otro". La forma en que se van sucediendo diálogos y acciones a veces tienen algo del teatro, o del cine rioplatense surcado por trenes, "locos lindos", entusiasmos y amores colgados entre una intensidad explicitada claramente, y lunas o estrellas de papel.
Aunque es patente que Estrázulas comulga en el altar de Onetti, su mundo tiene mucha menos "cerrazón humana". Por entre sus resquicios se cuelan ritmos menos densos, ganas de seguir caminando (de ser posible detrás de una mujer), sonidos de guitarras, y una especie de impulso narrativo siempre dispuesto a conocer una nueva aventura (de guapos, de putas, de gauchos).
Muchas veces el protagonista o algún personaje central (hombre o mujer) están hechos de la estofa del visitante de otros planos sociales a la dura vida de la pobreza o el suburbio. Está dicho explícitamente más de una vez (hay un pasado cómodo cercano, una madre que espera, un sitio aun acomodado al que se puede volver), porque no perturba en absoluto la absorción de esos mundos diversos y repetidamente fantásticos que constituyen el libro y lo distinguen, por su originalidad, dentro del panorama del cuento uruguayo.
LA CERRAZÓN HUMANA de Enrique Estrázulas. Seix Barral, 250 págs. Montevideo, 2007. Distribuye Planeta.