Ioram Melcer
TODO EL MUNDO escribe cine. Vivimos en una era visual, en la cual lo que no se ve parece que no existe. Es una paradoja que precisamente cuando se vive tanto lo virtual, la gran creadora de mundos virtuales, la palabra escrita y hablada cede su primacía a la imagen explícita. Un sinfín de novelas y relatos de la actual generación se leen como guiones o esbozos de guiones, y es amplísima la lista de escritores jóvenes cuyos textos reflejan que antes de que se enfriaran sus páginas en la bandeja de la impresora láser, ya empezaron a imaginarse cómo Quentin Tarantino les ofrece un contrato y la inmortalidad instantánea.
Viendo el fenómeno en su dimensión positiva, es obvio que actualmente entre el cine y la literatura hay un espacio enorme, rebosante de posibilidades creativas. Una de ellas, que no por exigente deja de ser posible, es desempeñarse en ambos campos de tal manera que tanto el cine como la literatura salgan ganando de la duplicidad del artista. El italiano Domenico Starnone presenta precisamente esta trayectoria de doble pista. Por un lado es un importante guionista del cine italiano (Del Perduto amore, 1998), colaborando también en publicaciones como L` Unitá, Manifesto, y Tango, entre otras. Además, dos de sus novelas han sido la base de películas exitosas (Scuola, de Daniele Lucchetti, y Denti, de Gabriele Salvatores). Por otro, es considerado por la crítica como uno de los más grandes escritores italianos.
Via Gemito (Feltrinelli Editore), considerada la mejor novela de Starnone, ganadora del Premio Strega, es un texto denso y centrado en lo visual.
HISTORIA LOCAL. La novela aborda la historia de una familia napolitana durante la Segunda Guerra Mundial y los años 50. Federí, el patriarca, trabaja en la compañía ferroviaria pero su gran talento y pasión es la pintura. No se contenta con la vida que puede tener como empleado en la Italia de la posguerra, donde con un poco de habilidad, algunos contactos y cierta agilidad de pícaro un hombre como él podía asegurarse la existencia a través de los sindicatos, y si estaba dispuesto a entregarse a la corrupción italiana, no tenía que ser un mafioso para mejorar su vida y la de su familia. Pero Federí es un individualista empedernido y un hombre terriblemente temperamental que juzga a todo el mundo menos a sí mismo, que siempre es el único que sabe qué es correcto y que no acepta ningún tipo de crítica. Además, es violento, tanto verbal como físicamente, un machista de la vieja escuela que maltrata a Rusiné, su esposa y aterroriza a sus hijos. El lector va descubriendo que la infancia de Federí lo marcó irreparablemente y que sus frustraciones así como sus luchas son muy reales y hasta comprensibles.
Via Gemito pinta en forma detallada la cultura y la sociedad napolitana, hasta tal punto que puede ser vista como una enciclopedia humana de Nápoles. Incluso puede ser útil como léxico de la jerga y de los insultos napolitanos, para quien quiera arriesgarse en las calles de la frenética ciudad italiana. Pero está claro que no es esta la principal preocupación de Domenico Starnone. El narrador de la novela es Mimí, hijo de Federí y Rusiné, quien muchos años después de la muerte de su madre, y algunos años después de la de su padre, irascible hasta su vejez, trata de comprender lo que fue su formación en un hogar tan conflictivo. Y más que cualquier otra cosa, desea descifrar al personaje central de su vida, a su padre. El lector lee más de 250 páginas hasta que se entera de una manera casi casual que el apodo proviene de Domenico, aunque Starnone sigue negando que se trata de una historia autobiográfica. De adulto, Mimí no se ha transformado en pintor como su padre: es escritor. Ha dejado Nápoles, se ha alejado de su padre y sólo al morir éste, emprende su viaje psicológico y espiritual, trazando su niñez y adolescencia, intentando encontrar respuestas.
Las preguntas son muchas. La recurrente es simple y fatal, y es la cuestión de la veracidad de todo cuanto le dijo su padre a lo largo de los años. Federí, que visto con ojos de nuestros días, parece padecer de hiperactividad o hasta de lo que se conoce profesionalmente como Trastorno por Déficit de Atención con Hiperactividad (TDAH), es un gran hablador, cuyo discurso fluye libremente entre realidad y fantasía y nunca es suficientemente comprobable. El hijo escritor quiere no solamente reconstruir el pasado: quiere investigarlo hasta el último detalle. De joven, se hartó de la palabrería incesante, hoy la llamaríamos maniática, de Federí. Además, nunca le perdonó el haber maltratado a Rusiné y hasta causado su muerte a temprana edad. Bajo inquisición está el padre como entidad total, pero también todos los detalles: si fue fascista o si fue comunista; si fue héroe en el ejército de Mussolini y/o en la resistencia italiana en 1944; si tuvo gran éxito como pintor o si fue constantemente despreciado por inculto y proletario; si realmente le robaron la fama, o quizás se inventó excusas para vivir con su fracaso artístico.
Mimí está construyendo su historia, que va cambiando con los detalles rescatados, con la memoria que progresa intentando poner orden en el caos de la familia, en el eterno desorden de Nápoles, en la Italia que se desmorona eternamente. Mimí, y el lector que lo acompaña, no logran sacar en limpio quiénes son los buenos y quiénes son los malos, cuáles de los datos son causas de qué otros. Más bien, si algún orden clarea por ahí, es un orden provisorio, local, de vigencia limitada.
cine en papel. Starnone estructura Via Gemito alrededor de imágenes. La primera es la de un impresionante pavo real que el niño Mimí ve una noche al entrar al dormitorio de sus padres para buscar los cigarrillos de Federí. La segunda es la del magnum opus (supuesto o verdadero) de Federí, un cuadro enorme en óleo de un paisaje urbano, una construcción en el barrio, con los obreros almorzando, apegado al estilo del realismo socialista, en cuya elaboración Mimí sirvió de modelo. La tercera es la de la primera comunión de Mimí y su hermano, que por un voto religioso de Rusiné, están obligados a ir a la iglesia vestidos de monjes, con sotana y sandalias en plena adolescencia. Imaginación, luego realidad imaginada, entrelazada con imaginación creativa e investigadora (Mimí y el cuadro se penetran mutuamente), y por fin la pura y dura realidad.
Como el gran óleo de Federí, como su vida, la novela está repleta de personajes, de incidentes, de eventos, objetos, metáforas, símbolos y perspectivas. De adulto Mimí ve todo como si fuera una película y proyecta las imágenes en los sitios verídicos de la Nápoles de nuestros días, con banda sonora y voces. No consigue la paz de espíritu, pero buscándola logra pasar por un rito parecido a un psicoanálisis intensivo e inclemente.
Como escritor, Domenico Starnone dice que la única manera de abarcar una vida es en términos cinematográficos y que editar los trozos de película es el análisis propio del cual es capaz el hombre moderno. Nuestras vidas ya no son las de la gente de la antigüedad ni las de los personajes de las novelas del siglo XIX. Vivimos más, en todo sentido de la palabra. Y en el engranaje se desgasta la verdad, la seguridad, la claridad.
La novela está lista para ser adaptada al cine, donde algún buen director ya sabrá condensarla, resaltando decenas de imágenes, eventos e incidentes que quizás quedarán mejor grabados que sus antecedentes en la novela, inundados en una verbosidad que muchas veces agobia.