Viernes | 28.04.2006
Montevideo, Uruguay | 03:19
 Cultural
El largo viaje de La Faltita y El Designado

César di Candia

DON VIGORITO ignoraba que las vocaciones se depositan encima de las personas sin anunciarse pero haciéndose sentir, como el relente en las noches de invierno. Vino a darse cuenta ya bastante mayor, cuando fue designado ayudante en la Estación de Ferrocarril del pueblo Las Grutas. Sus nuevas tareas las aprendió enseguida: agitar un farol verde para dar vía libre al tren que con porfiada impuntualidad llegaba dos veces por semana y partía enseguida, liberado de alguna pequeña carga, echarle agua a la máquina si la necesitaba, barrer la sala de espera donde generalmente nadie esperaba. La más importante era colocar un hierro chato entre los rieles para ratificar la vía correcta, porque había otra construida años atrás por disposición de un ministro progresista, que se extendía por varios quilómetros en dirección oeste, buscando pueblos que se habían negado a nacer y que agotada en su inútil tirada terminaba en la nada, junto a un pedregal. Los trabajos de mayor responsabilidad: vender boletos, hacer sonar la campana de salida, tocar el pito, correspondían al Jefe de Estación.

Los domingos, don Vigorito iba al boliche del pueblo, a jugar al dominó, comer un par de chorizos al pan y tomar unas cervezas. Allí se daba su verdadero lugar.

—Así que lo nombraron ayudante.

—Ayudante no, designado -aclaraba. Para don Vigorito, ser designado tenía otro peso. Así lo decía la orden de directorio obtenida por insistencia del caudillo de la zona. Un designado era bastante más que un funcionario común, casi como un jefe. A veces, antes de dormirse en su cama del depósito, repasaba la importancia de su empleo. A un carguito cualquiera se accedía con buena voluntad del empleador. Para nombrar a un designado en cambio, se precisaban solicitudes, expedientes, sellos, secretarios que trasladaran los papeles, personas que los estudiaran, directores que los firmaran. En los esfuerzos efectuados para que le fuera admitida su condición, su apellido había terminado por regresar al expediente.

—¿Vino mucha carga el viernes, don Designado?

—Algo para el almacén: bolsas con semilla, algunas herramientas, tres carretillas, cuatro barricas con fideos. Poca cosa. Hay mucha chicoria.

Su verdadera vocación se despertó el día que descubrió aquella zorra bajo unas arpilleras en un extremo del galpón. Tenía piso de madera, sus ruedas se ajustaban a la trocha de la vía y se movía accionando una palanca, hacia adelante y hacia atrás. Don Vigorito la limpió, le sacó el óxido a las ruedas, las engrasó y le quitó a la zorra sus largos años de pereza. Desde entonces, autorizado por su jefe, comenzó a aprovechar los domingos para pasear por la vía muerta, abandonada por los hombres y virgen por siempre de resoplidos de ferrocarriles. Así pudo tener la suerte de conocer el mundo. El rancho de la viuda de don Floro, cuyas seis hijas lo saludaban al pasar, la casa de piedra del ingeniero Rosales, los plantíos de girasol, la cuesta de la sierra por cuyos costados chorreaba el agua, la estancia Cinco Palmas, con sus potreros repletos. Avanzaba unos quilómetros, daba vuelta la zorra hacia el otro lado y regresaba sin recorrer el resto de la vía, por miedo a extraviarse. Si en todos lados encontraba motivos para la sorpresa, era durante su pasaje por el rancho ladeado de don Floro que don Vigorito cargaba mayor felicidad sobre la zorra. Hacía sonar una vieja bocina que aullaba como un animal agónico y la viuda y sus hijas corrían a la portera, secándose las manos en el delantal y gritándole ¡Buen viaje don Designado! Las hijas de la viuda eran cinco y una más, incompleta del entendimiento, a la cual le decían La Faltita, quien compensaba sus dificultades con unos ojos increíblemente serenos. Era precisamente ella la que demostraba mayor entusiasmo a su paso, golpeando una lata vacía con un palo y arrojándole a veces un higo tuna.

Don Vigorito lo pensó mucho en su soledad del depósito y un domingo con el mes recién cobrado se decidió. Preparó el mate, puso su poca ropa en una valijita de cartón y antes que el Jefe de la Estación se despertara, arrancó en la zorra. Frente a lo de la viuda no aminoró su marcha como hacía siempre sino que se detuvo. Cuando las seis hermanas se acercaron llamó a La Faltita que se reía sin motivo y tenía los ojos más mansos que nunca. Le hizo señas para que se trepara y ella cruzó los alambres sin mirar para atrás y lo ayudó a hacer lo que tanto envidiaba: mover la palanca de la zorra. Dijeron adiós con la mano, avanzaron por la vía muerta y nunca más regresaron.

EL AUTOR

CÉSAR DI CANDIA nació en Florida en 1929. Escritor, periodista, humorista, fue una figura central en publicaciones como las revistas Lunes, Reporter y Guambia. En el semanario Búsqueda hizo famosos sus extensos reportajes. En ese género compiló una cuidada antología: Grandes entrevistas uruguayas (2000). Algunas de sus recopilaciones de humor o periodismo son Bochonerías y otros jolgorios (1971), El mundo es Juancho y ajeno (1972), Ni muerte ni derrota (testimonios sobre Zelmar Michelini, 1987), El viento nuestro de cada día (entrevistas a la viuda e hija de Wilson Ferreira Aldunate, 1989), Tratos, retratos y destratos (1990), Gerardo (1991), Los años del odio (1993), La generación encorsetada (1994) y Tiempos de tolerancia, tiempos de ira (2005). Como narrador publicó El evangelio según Lucía (1966), El país del deja, deja (1996), Resucitar no es gran cosa (1997) y Concierto para doble discurso y orquesta (2003). En 2004 publicó La Paloma. Una historia con nombre de pájaro. El cuento que aquí se reproduce es inédito.

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