Andrés Echeverría
MATEO DEAMBULABA por Montevideo como un indigente más en 1981; dormía en pensiones y circunstancialmente en la calle. Concurría una o dos veces por semana a mi casa donde alguna vez se quedó a dormir mientras las puertas se le cerraban a su divagante y genial poesía. Luego sería exaltado, imitado e idolatrado; se le pondría su nombre a espacios culturales y los niños cantarían "Príncipe Azul" en las escuelas. Por aquel entonces, Mateo continuaba construyendo los pasadizos espirituales de nuestra cultura mientras la mayoría lo creía ajeno a todo.
SOLITARIO. Eduardo Mateo había nacido el 18 de setiembre de 1940. Desconcertante, bohemio al extremo y creador de canciones que conjugaron las influencias más insólitas que alguien alguna vez pudo haber imaginado. Igualmente, el tiempo supo identificar su música como profundamente regional, con influencia inevitable sobre los nuevos creadores que lo idolatran y lo convierten en un mito. Pareciera que su figura inspira la música popular uruguaya de los últimos treinta años, y revive permanentemente en nuevas generaciones que vuelven a él, lo recrean, o toman sus ritmos y acordes cuando el sonido "precisa" sonar de aquí.
Recuerdo dos imágenes particulares de él. Una lo tiene a Mateo frente a un piano e intentándome mostrar una canción de los Beatles; me costaba reconocer el tema y, para hacerlo, tenía que bucear dentro de la particular interpretación que tenía el permanente y reconocible sello personal de quien tenía enfrente. En ese momento me di cuenta lo que ocasiona el milagro de un auténtico innovador en el devenir del arte: Mateo era Mateo a pesar y gracias a sí mismo.
El otro momento, refiere al gran festejo que produjo el final de la dictadura en nuestro país; miles de personas nos volcamos al centro de la capital con pancartas y a vitorear por el momento histórico que estaba aconteciendo. En un momento dado, me crucé con la imagen solitaria de Eduardo Mateo deambulando y observando el pasaje del gentío. Le estaban invadiendo su 18 de Julio donde le gustaba caminar de una punta a la otra cada día; me conmovió la soledad en la que lo veía. Algunos años después y, gracias a aquellos acontecimientos que se festejaban, tuvo la oportunidad de que otros músicos lo ayudaran y devolvieran a los escenarios, recuperando el genio de aquel espíritu indócil en los últimos años de su vida.
CAJITA DE FÓSFOROS
—"Principe Azul" es una canción que gustó.
—Sí; es bueno que a la gente le guste lo que uno hace; tener éxito y que la gente lo escuche... Pero me doy cuenta de que existe un cáncer en medio de las familias; un cáncer que puede crecer y está ahí.
—¿Existe un "conocimiento" en lo popular?
—Claro; sí, ahí sí; pero se habla de "el pueblo" todo el tiempo, y no se entiende lo que es "el pueblo".
—Te he escuchado cantar "Jacinta" en casi todos tus recitales.
—Sí; le voy a cambiar la letra. Voy a usar la música con otra letra.
Se movía por Montevideo, de pensión en pensión, con un par de bolsas de nylon de las que regalan en las tiendas; adentro llevaba muy poca ropa. Cargaba varias carpetas llenas de grandes hojas cuadriculadas, donde escribía su música y sus letras. También guardaba pequeños objetos como cajillas de fósforos que mostraban, en una de sus caras, juegos de ingenio para resolver; esto lo entretenía, supongo, durante sus estadías solitarias en los dormitorios de los pensionados. Me contó alguna vez que intentaba, cada noche, hacer gimnasia antes de dormir.
—En el disco "Mateo solo bien se lame", varias canciones fusionan con sencillez ritmos que son, en su esencia, complejos. Recuerdo, en este sentido, "Por qué".
—Sí... claro! No;... es peligroso lo que uno dice, lo que uno escribe; hay que tener mucho cuidado. Yo agarraba y le cantaba a mi mujer: "Por qué/ muchacha/ por qué/ muchacha/ tu no me/ quieres", y ella se reía. Después me abandonó; se fue y me dejó más solo que un perro. Todos se fueron y me dejaron solo. No se puede escribir cualquier cosa irresponsablemente porque uno se convierte en lo que escribe. ¿Entendés?
OTRO Y EL MISMO
—En "Mateo y Trasante", me sorprende particularmente "Voz de los Diamantes".
—Ah!;... sí; estábamos grabando y, antes de dormir, agarré la guitarra y empecé a tocar unos acordes improvisando la letra; me dormí y, al otro día, cuando me levanté la seguí tocando. Cuando fuimos al estudio, la grabamos el mismo día y nunca más la toqué. No me acuerdo como era; habría que escuchar el disco para sacarla.
—¿Cuál fue el proceso para componer "Sueño Otoñal"?
—Tuve que dormir en el banco de una plaza; fue espantoso. Estaba sin afeitarme, feo... Cuando estaba durmiendo una persona se sentó al lado en medio de la noche, ¿viste?; al principio no me di cuenta quien era pero se me puso a hablar y después me di cuenta... Me di cuenta que el tipo era yo mismo... hace unos años; tenía barba. La canción se la toqué a una mina que le gustó mucho.
—De tus discos, ¿cuál te dejó más conforme?
—"Mateo y Trasante".
—Muchas de las letras de tus canciones, tienen un juego de palabras característico.
—Antes que nada soy un poeta, lo mío es la poesía.
—¿La música la escribís por solfeo?
—Yo compongo con cifrado americano sobre unas hojas cuadriculadas; el solfeo sirve para conocer la música, después hay que destruir todo y hacerte tu propio solfeo; ¿entendés? ¿A vos no te parece que se puede componer por cabala? O dibujar por cabala....
—¿Por cábala?
—Sí; ¿vos no creés que se puede pintar por cábala? Yo hago dibujos por cábala; y... los números tienen mucho que ver.
GUITARRA REHÉN. En 1981, la foto de Mateo apareció en las crónicas policiales, incriminándolo como poseedor de estupefacientes. Uruguay se encontraba en plena dictadura militar, y las represiones eran permanentes a todo nivel.
—Este año te detuvieron dos veces.
—Yo le explicaba al policía que tomaba "Biogrip" para componer; me llevaron y me encerraron unos días en el Vilardebó. Todas las noches venía un tipo y nos daba a todos una pastilla que no la tomábamos; la escondíamos. Me encontré allí con uno que me conocía y me consiguió una guitarra y una botella de vermut. Mezclamos el vermut con las pastillas que habíamos guardado e hicimos una fiesta.
—¿En el psiquiátrico?
—Sí; y lo que tomamos estaba buenísimo.
Mientras Mateo grababa un disco, para cada sesión le llevaba mi guitarra. La de él había quedado secuestrada por la dueña de una pensión a la cual no le había pagado el alojamiento por no tener el dinero. Diariamente y, durante el descanso de las grabaciones, nos sentábamos en un bar de enfrente a conversar. Tartamudeaba, ceceaba y, por momentos, quedaba en silencio contemplando un punto fijo en el espacio; entonces podía precederle el comentario más insólito; "tenés triángulos en el rostro", me dijo alguna vez, o "estoy seguro de que el número tres es importante para vos".
—Estuviste un tiempo en Brasil.
—Fui a Brasil, pero allí son muy cerrados, tenés que hacer lo de ellos.
—¿Y qué ha pasado con tu música en el interior, fuera de la capital?
—A mi me gustaba viajar en tren al interior. El tren tiene que ver.
LA MÁQUINA DEL TIEMPO
—Recuerdo que me contaste algo sobre un encuentro muy particular.
—Hace como veinte años fui al interior en tren. Conocí a un tipo con el que tocaba la guitarra y estábamos seguros que nos conocíamos de algún lado; pero él nunca había salido de esa ciudad y yo nunca había estado ahí. Estuvimos tocando la guitarra todo el día y no podíamos entender de dónde nos conocíamos. Hasta que en un momento miramos hacia un costado donde había un espejo enorme y nos dimos cuenta: ¡éramos iguales!
—¿Fuiste el primero en usar el candombe con influencias beat?
—No; al primero que le escuché hacer eso fue a Manolo Guardia.
—Se asoman varias raíces en tu música, aparte del candombe: la milonga, el tango.
—Cuando camino por la Ciudad Vieja, yo siento el tango, yo soy el tango. Estoy escribiendo una chacarera y... voy a construir una "Máquina del tiempo"; ¡La Máquina del tiempo, ¡me entendés!; eso... va a ser... impresionante.
—¿Una máquina del tiempo?
—Eh... sí; ¡claro!...
Y me quedaba mirando con un sonrisa congelada en su rostro; arrastrando su bigote a un costado en una mueca casi irónica. Aparentaba absoluta seguridad en sí mismo y que se estaba divirtiendo. Parecía un duende bohemio y juguetón; auténtico y profundamente libre. Murió en Montevideo el 16 de mayo de 1990.