Felipe Polleri
A JAMES Baldwin (1924-1987), novelista y sobre todo ensayista admirado e imitado hasta el cansancio, hombre público al que se consultaba asiduamente en los medios masivos de comunicación, le cayó en suerte nacer negro en Estados Unidos y todo lo que sigue, incluido el éxito internacional y la posibilidad meramente nacional de ser asesinado en cualquier esquina. Pero murió en Francia, de cáncer y no de la bala que muchos le habían destinado por defender los derechos humanos. Blues de la calle Beale es tal vez su mejor novela y, seguramente, la novela por la que hay que empezar a leer su vasta producción: Ve y dilo en la montaña, Otro país, Dime cuánto hace que el tren se fue, etc.
Blues... tiene sólo 187 páginas en la edición de Sudamericana, letra razonablemente grande y se encuentra muy en precio en las librerías de "usados", donde también suele estar a mano su célebre ensayo La próxima vez, el fuego.
Blues... es una historia de amor: Tish, la narradora, una chica negra de 19 años, visita a Fonny, su novio negro de 22, en una cárcel estadounidense. Mucho habría para decir sobre esta historia de amor en Nueva York, racismo incluido. Pero más allá de la solidez del argumento, de sus amables u odiables personajes, de todos los valores incuestionables de la novela, se debe resaltar que sólo un escritor negro, y que sólo un escritor negro llamado James Baldwin pudo haber creado esa maravillosa obra maestra que es la voz de Tish. La inconfundible voz de los sentimientos. ¿Alguien se acuerda de lo que eran? Porque, entre otras cosas, leer a Baldwin (o a Ralph Ellison o a Edwige Danticat) es comprobar que algo espantoso le ocurrió a la sensibilidad de la civilización occidental y cristiana. Es como si el lenguaje del amor, de la ternura, del dolor o la rabia, el lenguaje de Tish, se hubiera perdido irremediablemente en una de las tantas masacres que los "arios" le regalamos a los hombres de otra raza o color. Lo cierto es que los escritores blancos parecen no saber hablar de algo tan inmediato como sus sentimientos; puede decirse, incluso, que la mejor literatura blanca o está dominada por el odio o siempre está refiriéndose a la ausencia de todo sentimiento positivo o profundo, a la esterilidad emocional, al vacío. Los desconcertados personajes de Carver, tan de moda ayer, ilustran perfectamente este hecho. O, bajando el nivel, la demasiado famosa American Psycho, con su yuppie completamente separado de cualquier emoción, hace otro tanto. Emociones. Sentimientos. ¿Alguien se acuerda de lo que eran? Estamos en un espacio blanco (hospital, bar, aeropuerto) bajo una luz despiadada y blanca, lamentándonos en un lenguaje seudocientífico en el peor de los casos, o inarticulado en el mejor, de la falta de sentido de todas las cosas, ese sentido que sólo se encuentra en la vida afectiva. Otro gran escritor negro, LeRoi Jones, escribió que "somos nuestros sentimientos o nuestra falta de sentimientos" y, desgraciadamente, para el caso, somos "nuestra falta de sentimientos". Por supuesto, toda generación es absurda y debe hablarse de las excepciones; sin embargo, como tendencia general, es lícito decir que si uno quiere encontrar una auténtica, sentida, expresión del amor (por ejemplo, la dulcísima voz de Tish) debe leer a alguien que, gracias a alguna clase de marginación, no haya pasado por la trituradora del Progreso, "revolución tecnológica" incluida, y sus beneficios: dolor de cabeza, estrés, temblores, pánico, competencia indiscriminada, consumo o muerte a plazos, interferencia, estática, incultura y vacío.