Ioram Melcer (desde Jerusalem)
EL 4 DE NOVIEMBRE de 1995, tres disparos de una pistola fulminaron a Itzhak Rabin. El primer ministro israelí, Premio Nobel por el papel que desempeñó en el proceso de paz entre Israel y los palestinos, cayó en una plaza de Tel-Aviv, en una demostración apoyando el proceso de paz. Un extremista judío nacionalista puso fin a la vida de uno de los héroes del estado judío. Esa noche oscura de otoño en la plaza Reyes de Israel —que habría de ser rebautizada Plaza Rabin— marcó el comienzo de variadas muestras de duelo tanto a nivel personal como a nivel nacional. Nadie puso en duda la aserción de que se trataba de una hecatombe de magnitud histórica. El asesinato de Gedalyahu (582 a.C.), un judío superintendente de los babilonios muerto a manos de un extremista judío, era el único antecedente de la historia hebrea, y su aniversario se conmemora con un día de ayuno. Se llegó a decir que el asesinato de Rabin era quizá casi tan crucial como la destrucción de los templos en Jerusalén, el primero por los babilonios en el siglo VI a.C. y el segundo por los romanos en el primer siglo d.C. Una ola de pánico sacudió a los judíos ante la posibilidad de que el Pueblo de Israel se encontrara al borde de la destrucción del "Tercer Templo".
En lo que concierne a la literatura en lengua hebrea, el asesinato de Rabin fue el principio de un largo y marcado silencio. La literatura israelí siempre ha demorado en reaccionar ante eventos históricos. Los ejemplos son muchos. Casi sesenta años después de la Segunda Guerra Mundial, sigue el debate público sobre el supuesto silencio de la comunidad judía en la Palestina, durante el Mandato Británico, ante la exterminación sistemática de los judíos de Europa que llevaron a cabo los nazis. Debieron transcurrir diez, quince y veinte años de los eventos catastróficos para que estos empezaran a reflejarse y a ser tratados en textos literarios.
PRIMERAS SEALES. A partir de 1996, muchas novelas y cuentos cortos de escritores israelíes comenzaron a aludir al asesinato de Rabin, generalmente de manera indirecta. En ellos, el lector encuentra frases que mencionan el ruido del tumulto en la Plaza de los Reyes "un cierto sábado de otoño"; a veces se recordaba el hecho como parte del escenario de Tel-Aviv, un dato técnico, elemental para la credibilidad circunstancial del texto, para la mise en scène. Porque Tel-Aviv, la primera ciudad hebrea moderna, cuna de la cultura israelí contemporánea, es el escenario natural y preferido de mucha literatura contemporánea, especialmente la de los jóvenes. Por 1995 ésta trataba sobre todo del ámbito íntimo, personal. La mayoría de los escritores había dejado de tratar temas como el mundo de "afuera", la política, las ideologías, la historia y hasta lo específicamente israelí o judío. Los jóvenes creadores aspiraban a ser Raymond Carvers, a ser descubiertos por Tarantino, o al menos a ser considerados posmodernos minimalistas marcados por un sarcasmo nihilista que se aleja de todo compromiso. El modelo era Nueva York. Pero en noviembre de 1995 cae Rabin, la esperanza que había florecido se marchita en pocos meses, y la literatura israelí pareció haber encontrado una confirmación dolorosa e instintiva a su refugio en todo lo íntimo, en las relaciones de amor y de familia, eso que se llamó la Generación X, como en cualquier país occidental americanizado. Quizá como en Nueva York hasta cierto día de setiembre del 2001.
Las obras literarias que se fueron publicando en los meses y años después del asesinato evitaban tocar el tema de manera directa. Las alusiones casuales no eran más que reflejos de un estado de ánimo general, un elemento inevitable en lo que los israelíes denominan "la situación", término pesimista y a veces fatalista que abarca el conflicto árabe-israelí en general, los atentados, la lucha diaria. En una nación traumatizada hasta su médula, toda mención al asesinato del primer ministro se calificaba como conflictiva, como un peligro a la unidad nacional. En los años siguientes la situación israelí no mejoró. La Segunda Intifada estalló en el año 2000, dando una razón más al incómodo silencio y aumentando la preocupación por la cohesión del pueblo israelí.
FIN DEL DUELO. Hoy, a casi ocho años del asesinato de Rabin, el silencio —que nunca fue absoluto— se está resquebrajando. Los ejemplos son varios. La última novela de Dan Tsalka (Varsovia, 1936) —escritor de la generación de Amos Oz y A.B. Yehoshua— titulada Bajo el Signo del Loto, transcurre en los meses previos al asesinato de Rabin. El Israel de la novela es un país revuelto, bañado por una ola de New Age, un estado americanizado en el que la democracia ha decaído y la sociedad turbulenta está dividida en fragmentos étnicos, políticos, en sectas religiosas y espirituales. El sionismo parece haber fracasado: no ha conducido a los judíos hacia la seguridad, y no les ha dado una existencia normal. En ese clima de la novela, toda idea puede parecer viable, hasta la de un retorno a la monarquía de la dinastía de David. Esta idea surge en la mente de un profesor de universidad, un judío laico, quien recluta a un muchacho de Tel-Aviv, típico espécimen de los años noventa. Juntos emprenden el proyecto de adiestrar un candidato, que no es más que un pobre diablo sin ningún brillo, capacidad o carisma —todo lo que tiene en su favor es un abolengo que lo liga al mito Davídico—. El proyecto es precisamente un startup, cuya meta inicial es impresionar a judíos americanos para que lo apoyen con dinero. La idea es lanzar una campaña de publicidad, y despertar el antiguo anhelo popular, el retorno de un orden bíblico que eleve a los judíos por sobre "la situación". Todo marcha a buen ritmo. Pero los tiempos se precipitan: la fermentación nacionalista, la locura religiosa mesiánica, y la sensación de los extremistas de que el proceso de Paz de Rabin y Peres anuncia el fin del mundo —y quizá la llegada del Mesías verdadero, emisario de Dios mismo—, se van imponiendo. En la última parte de la agitada novela, que está escrita a la vez como libro de suspenso y sátira, la extrema derecha asesina al candidato laico del proyecto monarquista, para que nada se interponga al establecer un régimen religioso realmente mesiánico. Nada de democracia, paz o ideas modernas, porque el fin del mundo está a la vuelta de la esquina. Unas balas, una ideología implacable, y se puede ganar tiempo, evitando en el camino la entrega de partes de la Tierra Santa a los Palestinos. Es noviembre de 1995.
El libro de Tsalka no es el único. En Dulce, la última novela del escritor Eli Schreiber (Tel-Aviv, 1942), asoma otra versión de las presiones que llevaron al asesinato de Rabin. Una joven mujer soltera, típica israelí moderna de principios del siglo XXI, se harta de las dificultades de la vida en Israel y se va a Londres, donde tiene un hijo sin casarse. El chiquito resulta ser algo "especial". Al cumplir ocho días, cuando debe ser circuncidado todo varón judío, el bebé abre su boca y habla como un adulto. Él mismo decide qué nombre llevará. Ante tal fenómeno, los judíos religiosos deciden que el neonato prodigioso es el Mesías. Como tal, debe desempeñar sus funciones históricas. Ni hablar que su madre no cuenta. Schreiber, autor de varias novelas de crítica de la sociedad israelí, entre ellas una que pinta una Apocalipsis moderna en Tel-Aviv, explora la problemática judía entre lo personal y lo nacional. ¿Un judío pertenece a la Historia, o acaso ella le pertenece? ¿Quién es dueño del individuo judío: su madre, él mismo, el pueblo o el Destino Judío? La novela Dulce describe los automatismos fanáticos que ignoran toda realidad moral, emotiva, política o pragmática. Bajo tales condiciones, todo es posible.
Partes Humanas, la última novela de la escritora Orly Castel-Bloom (Tel-Aviv, 1960) describe el panorama de un Israel enloquecido por los atentados palestinos. Es un país sin ilusiones, donde la radio anuncia cada mañana el número previsto de atentados por zona y ciudad, exactamente como anuncia los grados de temperatura del día. Es el Israel donde ni la frágil esperanza de los años de Rabin existe. Un callejón sin salida. La tan mentada "situación" israelí se ha convertido en una presencia todopoderosa, el estado de ánimo ya forma parte del ADN nacional. Los personajes de Partes Humanas viven en un triste existencialismo, olvidados por el poder y por la historia. No pueden actuar ante la realidad y modificarla, solo pueden tratar de sobrevivir, como hormigas en una colonia que espera la suela de un zapato enorme. En manos de Castel-Bloom el lector no puede diferenciar entre lo real y lo exagerado. Desde la publicación de la novela, varios de los cuadros absurdos que se encuentran en el texto han tomado vida en la realidad. Pero eso en Israel es un fenómeno normal. ¿Quién su hubiera imaginado que el primer ministro israelí fuese asesinado por un judío?
El asesinato de Rabin va tomando su lugar en la prosa hebrea. La preocupación exclusiva de tantos escritores israelíes por los temas de la intimidad no ha decaído, pero poco a poco lo personal y lo nacional se van encontrando. Los componentes de "la situación" afectan al individuo. A veces la intimidad es vista como un refugio, el lugar donde el israelí puede reflexionar, tratar de absorber las consecuencias de uno de los eventos más terribles de la historia judía. Pero como tantas otras veces, es el desastre nacional lo que impide la normalidad en la dimensión personal.