Alfredo Alzugarat
CONSIDERADA por la crítica especializada como la más lograda creación novelística española en el siglo diecinueve, La Regenta, de Leopoldo Alas (Clarín), fue publicada en dos tomos en enero y junio de 1885. El inmediato impacto dio lugar tanto a elogiosos calificativos como a virulentas diatribas. Mientras algunos hablaban de traducciones y nuevas ediciones, otros, como el obispo ovetense Martínez Vigil imprimía un volante donde informaba a los fieles que la obra atacaba al clero, a la moral y a las buenas costumbres; el semanario festivo Tambor y gaita la recomendaba como un específico para curar el insomnio y Luis Bonafoux la presentaba como un plagio de Madame Bovary. Para alguien como Clarín, famoso por su implacable crítica a buena parte de la producción literaria de su época, temido y odiado a la vez, la reacción, aunque previsible, no ocultó sus sinsabores. La novela solo alcanzó una segunda edición en 1900, que incluyó el famoso prólogo de Benito Pérez Galdós, otra en 1908 y hubo que esperar hasta 1946 para que se la editara por primera vez en América. La polémica y controvertida imagen pública de su autor sumada a la longitud de la obra (más de mil páginas) y su complejidad, fueron factores que conspiraron contra su permanencia.
UN HOMBRECILLO PEQUEO Y MIOPE. Leopoldo Alas nació en 1852, en la ciudad asturiana de Zamora, donde su padre era gobernador civil. El estallido revolucionario de 1868 lo encontró en Oviedo, donde era él único redactor del Juan Ruiz, un periódico estudiantil que escribía a mano. Adhirió espontáneamente a las consignas de libertad y soberanía nacional y en la euforia del primer momento, junto a sus compañeros, llegó a arrastrar por las calles un busto, con una soga atada al cuello, de la reina Isabel II. "Tenía ya la misma fe que hoy tengo en la causa popular, pero con mayores ilusiones", recordará décadas después.
Su aprendizaje en la crítica severa y mordaz comenzó tres años después, ya en Madrid, cuando crea la tertulia de la Cervecería Inglesa de la Carrera de San Jerónimo, que mereció el nombre de "Bilis Club" y dio origen a los tres números de la revista satírica Rabagás. Desarrollará esa crítica en numerosos medios de prensa, en artículos que recopilará luego en libros como Solos de Clarín (1881), Sermón perdido (1885), Mezclilla (1889), Ensayos y revistas (1892), Palique (1893) y Siglo pasado (1901). Nada escapaba a su atenta mirada: juicios y reseñas de novelas, discusiones sobre aspectos teóricos, tendencias y problemas de la narrativa contemporánea. Influido por el krausismo, corriente ideológica que por aquellos años propagaba Francisco Giner de los Ríos, prestará especial atención al contexto social y concebirá el arte como propaganda de ideas. No dudará en afirmar que el panorama literario español está dominado por una "oligarquía de nulidades", por una "pequeñez general", a la que siente necesario responder con su crítica "policíaca" e "higiénica". Será Emilia Pardo Bazán la que acuñará la frase que se repetirá ante la publicación de cada nuevo libro: "Veremos lo que dice Clarín".
En 1882 es nombrado catedrático de Derecho en la Universidad de Zaragoza. Para ese entonces el crítico se ha convertido también en autor de relatos cortos como "Pipá", "Zurita" y "Doctor Sutilis", a la vez que profundiza el estudio de los procedimientos narrativos en sus trabajos Del estilo en la novela, Del naturalismo y La literatura en 1881. "La novela es el género único que en España prospera", escribe en el último de ellos, a la vez que aclama la publicación de La desheredada, de Benito Pérez Galdós, como modelo de naturalismo templado, exento de las "exageraciones teóricas y menos las prácticas" del francés Emile Zola. Desde entonces fue el esfuerzo de ambos, el de Galdós y el de Clarín, el que aseguró al naturalismo su momento triunfal en España. Así lo reconocerían sus contemporáneos en el exterior, entre ellos el uruguayo José Enrique Rodó, para quien los artículos del asturiano tuvieron para el nuevo movimiento literario la misma importancia que las obras del prolífico novelista canario.
Lo que nadie esperaba es que Clarín se animara a incursionar en la práctica de la novela y menos en una de la calidad y dimensión de La Regenta. Sucedió poco después que ese hombrecillo de una estatura menor de la normal, miope y nervioso, retornara a Oviedo. El salto que significó para su trayectoria de escritor es todavía hoy objeto de sesudas explicaciones por parte de los críticos. "No me reconozco más condiciones que un poco de juicio y alguna observación para cierta clase de fenómenos sociales y psicológicos, algún que otro rasgo pasable en lo cómico, un poco de escrúpulo en la gramática... y nada más. Me veo pesado, frío, desabrido... y en fin, ha sido una tontería meterme a escribir novelas", le confiesa a Benito Pérez Galdós en 1884. Cuatro años después recordará que "fue escrita como artículos sueltos, sin quedarme yo con borrador y olvidándome a veces hasta de los nombres de algunos personajes". Esto explicaría, para muchos estudiosos de su obra, el carácter compacto y unitario que presenta cada capítulo a la vez que daría cuenta de la influencia de las técnicas del relato corto, única forma de narrativa de ficción que hasta ese momento había cultivado.
OVIEDO, EL PROTAGONISTA. "Oviedo nunca comprendió a Clarín, no vio en él más que al profesor don Leopoldo, aquel buen señor que todos los días pasaba corriendo hacia la Universidad y que por las tardes jugaba en el casino una partida de tresillo", señala J. A. Cabezas, uno de sus biógrafos. Por fortuna, esa incomprensión tuvo como contrapartida en el autor un profundo conocimiento de la textura social y moral que lo rodeaba. La insatisfacción vital de Ana Ozores, siempre anhelosa de un ideal sublime, producto de una infancia que la margina de su clase social y de todo afecto, oscilante una y otra vez entre la beatería mística que le propone el Magistral Fermín de Pas y el erotismo puro que equivocadamente cree encontrar en el falso tenorio don Alvaro Mesía, halla su explicación en ese entorno tan opresivo como asfixiante que representa Vetusta, nombre exacto para designar la Oviedo de los tiempos de Clarín. La ciudad será el verdadero protagonista, el personaje múltiple, omnipresente, manifiesto a través de decenas de seres de todos los sectores sociales que expresan un mundo regido por la mezquindad, el convencionalismo, la envidia y la hipocresía. Un mundo donde un clero intrigante y una rancia aristocracia comparten el poder en íntima convivencia, como la resaca conservadora de una España que traicionaba los postulados imperantes a partir de 1868. Un mundo al que Ana Ozores, la Regenta, es tan extraña como el propio Clarín.
Un volumen entero le ocupa la panorámica morosa de esa sociedad a partir de la escena emblemática del Magistral oteando con su catalejos el entramado de casas y calles desde lo alto del campanario de la iglesia. Es la cristalización de la "novela total", la larga preparación para el desenlace vertiginoso que se narra en el segundo volumen. Con el fino estilete de la ironía, Clarín es demoledor en su condena a una ciudad que no puede aceptar a alguien diferente y que conspira con insidia por su hundimiento. A ese espacio negativo sin concesiones, solo escaparán el médico Benítez, honesto representante de la ciencia, y los sacrificados obreros y mineros de los suburbios, esos seres que le representaban el futuro y a los que el catedrático Leopoldo Alas había llegado con sus programas de extensión universitaria. En el gran duelo popular del 13 de junio de 1901, serán ellos los que abandonarán sus lugares de trabajo para acompañarlo, bajo una lluvia torrencial, a su última morada. l