Vivir con menos música

Leonardo Scampini

COMO CONSECUENCIA del crack financiero, la devaluación de la moneda uruguaya y la incidencia de estos fenómenos sobre bolsillos y cuentas corrientes, el 2002 fue un año de enormes dificultades para los sellos discográficos.

Una empresa como Sondor pasó de editar un disco por mes a uno cada tres meses. A todas las compañías se les hizo difícil mantener el nivel de actividad de temporadas anteriores. Para los músicos que han tenido que esperar un tiempo desmedido por ver sus discos publicados, o aguardan todavía que alguien se interese en ponerlos a la luz del día, o procuran soluciones editando de manera independiente, lo mejor que tuvo el año fue haber pasado de largo.

EN PUNTAS DE PIE. Previendo la caída de las ventas —un fenómeno que se registra sin interrupciones desde 1997—, las multinacionales se jugaron a la seguridad de editar sólo músicos extranjeros reconocidos. Tal fue la opción de Universal, que habiendo lanzado a artistas nacionales como La Otra y La Vela Puerca, en el 2002 ni siquiera pudo ponerse de acuerdo con Ruben Rada, quien finalizado su contrato con la compañía, prefirió editar su más reciente álbum, Alegre caballero (disco de oro en tan sólo un mes y medio), en sello discográfico propio.

EMI diseñó varios cambios estratégicos. El primero de ellos fue la formación de un conglomerado local junto a BMG y Sony, que les permite bajar costos de funcionamiento a través de una única oficina comercial centralizadora. El segundo está referido a una política de ventas que pone énfasis en la edición de compilados, y el estudio meditado de cada nuevo disco que se lanza al mercado.

"Trabajar artistas con un primer disco —cuenta Daniel Andino, responsable del área promoción y marketing de Emi Music— nos va a costar mucho más que trabajar el tercer disco de Manu Chao o la última antología de los Rolling Stones. Por eso no nos hemos jugado por artistas con su álbum debut y en cambio, preferimos apostar a la trayectoria".

ESPACIOS LIBRES. Mirado en perspectiva, pareciera que los sellos nacionales se hubieran repartido el año para ir publicando sus materiales por turnos (salvo Koala Records) evitándose disputar el mercado en los mismos tiempos.

Sondor y Perro Andaluz fueron los encargados de inaugurar el año editorial con escasos lanzamientos, que alcanzaron para constatar los bajos niveles de venta y paralizar los proyectos de futuro.

Cuando todo estaba quieto, Bizarro Records comenzó a publicar toda su producción (unos cinco discos), demostrando en ese arriesgado salto en el vacío, una locura merecedora de la mejor suerte, o una gran habilidad para aprovechar de los espacios libres. Esos pocos discos que empezaron a vender mediando el 2002, también tuvieron cuerda como para pelear las ventas de fin de año, sin formar parte de la estrategia clásica de poner todo el material en la calle en esas fechas.

El turno de Ayuí/Tacuabé comenzó a fines de noviembre, cuando comienza a lanzar el grueso de su producción (unos diez discos). En un año signado por dificultades, la empresa tuvo que absorber deudas incobrables —por la ruptura de la cadena de pagos— y ver crecer sus obligaciones en dólares. Debido a ese descalabro, las ediciones no se realizaron con la racionalidad de otros años y el sello se replegó para adaptarse lo más rápido posible a la nueva realidad.

"Tuvimos que cambiar radicalmente el modo de trabajo —explica Mauricio Ubal, uno de los responsables de Ayuí/ Tacuabé— y conversar con cada uno de los proveedores para ‘pesificar’ los presupuestos que, desde hacía diez años se manejaban en dólares".

El precio de los discos no se acompasó a la subida de la moneda norteamericana, y tampoco fue posible recuperar la inversión realizada en los títulos producidos en el 2001, ya que de entre los nueve y diez dólares que la compañía acostumbraba recibir, ahora apenas obtiene la mitad. Otro elemento en contra, es la imposibilidad de ingresar al mercado argentino debido al bajo precio al que se comercializa un CD. "Cualquier cosa que uno vaya a comprar a la Argentina —agrega Ubal— hoy en día cuesta igual que acá, pero un disco se vende a cuatro dólares, que es la cuarta parte del precio que tiene en Uruguay. ¿Cómo logran eso? Seguramente eliminando una cantidad de costo con las regalías, para poder seguir vendiendo en medio de la crisis que ellos tienen".

AFUERA DEL PLATO. Entre los sellos discográficos nacionales, Ayuí ha tenido que cargar con la responsabilidad de acaparar cantidad y calidad de propuestas, hasta el punto de verse obligado a demorar ediciones y a no tener capacidad para producir a todos los artistas que podrían considerarse "de la casa".

A mediados del 2001 ya se hablaba del nuevo disco de Walter Bordoni (Barrio virtual) y sin embargo, recién estuvo disponible en octubre del 2002. Igual cosa pasó con el nuevo fonograma de Graciela Paraskevaídis y la reedición de los dos discos que cerraron la vida artística de Jorge Lazaroff, anunciados a principios del 2002 y pospuestos sin fecha probable de salida. Del último álbum de Gastón Rodríguez (Surnacimientos) también se habló bastante antes, igual que del nuevo trabajo de Fernando Cabrera (Viveza) o del último registro de Washington Carrasco y Cristina Fernández.

El sello aduce que además de las dificultades económicas, hay procesos personales que trancan el armado de un disco, tal como sucedió en el caso de Walter Bordoni. Los artistas también reconocen que ellos se toman todo el tiempo para grabar y mezclar porque saben que el disco no saldría más rápido si lo tuvieran terminado antes.

Por otro lado, se da la situación del trasiego de artistas hacia otros sellos fonográficos. Gente que ha grabado todos o casi todos sus discos en Ayuí y que, con la idea de un nuevo trabajo que esta empresa no puede lanzar, buscan alternativas cambiándose a Sondor (Urbano Moraes, Alberto Magnone, Jorge Schellemberg, Los Terapeutas) o Perro Andaluz (Samantha Navarro).

Fernando Ulivi, que fichó por Ayuí en sus dos anteriores discos, tiene listo uno nuevo desde comienzos del 2002 (Por donde pasa el tren), que finalmente saldrá por Perro Andaluz. Esperar doce meses o más (como es el caso de Jorge Alastra, que tiene un disco terminado hace más de un año, o de la Sonora del Sur, que hace menos tiempo viene buscando una compañía que edite su nuevo trabajo) para dar a conocer un material que nació de la inspiración del compositor bastante antes de grabarlo, puede hacerle perder vigencia al producto, al ponerlo a destiempo en un mercado que acaso, ya se haya movido hacia otra sensibilidad o cuyo interés esté centrado en otros temas. Según Ulivi "eso genera además una buena cuota de angustia en el interprete que tiene un disco pronto y no lo puede editar, o que no lo puede publicar en condiciones más o menos dignas de producción, difusión y apoyo".

El último registro de Liesse Lange (Agua abrazada), tuvo que tomar la vía de la edición independiente, un camino muy transitado por los artistas en el 2002. "Estuvimos a punto de salir por Bizarro —cuenta Verónica Pamoukaghlián, productora del disco de Lange— pero justo pasó todo el tema de la crisis económico-institucional en la Argentina, y esto se cayó. Entonces decidimos hacer la edición independiente, ya que no había otro sello que nos interesara".

La empresa tiene sus riesgos porque no cuenta con la difusión que casi siempre, asegura salir por una compañía determinada, o el material no está exhibido en las disquerías como para que el público sepa que existe. Entonces, además de la inversión para la realización, hay tareas vinculadas al lanzamiento de un disco como distribución, promoción y ventas, que también hay que hacer.

Sin embargo, no todas las producciones independientes tuvieron la presencia en los medios y el sostén necesario para mantener vivo el material, que tuvo el disco de Liesse Lange. Casi a la par puede ubicarse Alas de mariposa, el nuevo álbum de Rossana Taddei y decreciendo, Fachadas de Carlos Darakjian (otro artista que había grabado antes para Ayuí), Envuelto en llamas de Plaza Sésamo, Demoliciones de Malpaso y el primer disco del innovador cuarteto de cuerdas Ojos del cielo.

Estas dos últimas agrupaciones se dirigieron a producir en forma independiente por decisión propia y no por haber quedado a la deriva, en el entendido que los sellos fonográficos no arriesgan casi nada, y que tanto la grabación, como la mezcla y en muchos casos, la difusión corren por cuenta del artista. La empresa apenas paga las copias y "el acuerdo que ofrecen a las bandas poco conocidas —afirma Marco Tortarolo, vocalista de Malpaso— es tan desventajoso para éstas, que no nos provoca demasiada expectativa ni entusiasmo que se interesen por nuestra propuesta artística".

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