Agustín Courtoisie
EL 24 DE NOVIEMBRE de 2002 murió el norteamericano John Rawls, autor de la célebre Teoría de la justicia (1971). Nacido en 1921, concedió una sola entrevista en toda su vida —que dedicó a estudiar y enseñar—. Es cierto que su escritura era densa pero fue reconocido como uno de los filósofos políticos más importantes del siglo XX.
LOBBIES ABSTENERSE. Rawls procuró inyectar un nuevo contenido al concepto de "contrato social" de Rousseau, y creyó ver en el acuerdo racional entre los ciudadanos la posibilidad de acceder a normas de equidad mejor fundadas. Aquello que Rawls denominaba como el "velo de ignorancia", era una metáfora útil para sugerir que cuando seres racionales debaten procurando llegar a establecer criterios sociales ordenadores, deben hacer a un lado su propia condición —ya se trate de ricos, pobres, sanos o enfermos—. Ese "velo de ignorancia" es el primer paso para garantizar cierta objetividad: se trata de razonar dejando de lado intereses creados y lealtades restringidas, en miras de valores superiores que favorezcan a todos.
Aunque parezca elemental, no por eso la tesis es desdeñable. Una sociedad que aspire a ser justa debe partir de la plena igualdad de derechos humanos para todos, y asegurar un conjunto bien delimitado de libertades básicas. Pero a sabiendas de que el drama de la pobreza y otras formas de desigualdad no se resuelven de un día para otro, es menester establecer un criterio sólido para orientarse. La respuesta de Rawls es que las desigualdades socio-económicas sólo deberían tolerarse si a la larga se beneficia a las personas más vulnerables de la sociedad. Esto significa que cuando los responsables de las instituciones de gobierno piden a la gente que se ajuste el cinturón, ello es aceptable sí y sólo sí la voluntad —y los efectos de las medidas adoptadas– de encaminarse hacia el interés público y no hacia lobbies empresariales o políticos es claramente perceptible.
La mención del reconocimiento de los derechos de todos no está incorporada en la reflexión de Rawls como una frase de cortesía —o simple demagogia—, sino que es una pieza clave de su propuesta: no importa que tan eficiente sea una institución para la mayoría, si se vulneran los derechos de las minorías —o incluso los de un solo individuo—. La esclavitud, por ejemplo, podría ser "eficiente" mirada desde cierto ángulo, pero una institución injusta carece de sentido y no merece ser defendida.
La consigna que combina libertad con justicia, o justicia con libertad, implica en Rawls una visión que no excluye jamás al sistema democrático. De lo que se trata es dejar en claro los fines, sin rechazar automáticamente ciertos medios para alcanzarlos, ya se trate del mercado o del Estado benefactor —que son medios, precisamente, y no fines en sí mismos—. Liberal igualitario, o socialista liberal, podrían ser algunas etiquetas para identificar al filósofo. Más allá de que Rawls se afilia de ese modo a una larga escuela de intentos conciliadores que han tenido mejor o peor suerte, lo importante es su convicción de que el acuerdo racional entre los ciudadanos es el mecanismo idóneo para buscar soluciones políticas y sociales —siempre imperfectas, siempre en tensión entre valores opuestos—.
RAZON Y VELO. Entre los poco prácticos enemigos del mercado, sean o no marxistas, y los ultraliberales que defienden un sistema que funciona sólo en teoría —con una "mano invisible" que en vez de armonizar espontáneamente el conjunto termina por deslizarse en el bolsillo de los más desfavorecidos—, hay un elemento en común: la peligrosa imprecisión en el uso de los términos "justicia", "igualdad", y muchos otros. Buena parte de la tarea de Rawls consistió en pulir y revelar el significado de esas expresiones, buscando establecer criterios racionales y rigurosos, en materias que no son meramente políticas, sino que poseen un trasfondo ético.
Pero la mera razón puede ser desvirtuada y utilizada instrumentalmente, como una herramienta en defensa de posicionamientos personales o grupales. De ahí la importancia de buscar el acuerdo racional apelando al "velo de ignorancia". El diseño institucional, las reglas que habrán de ser respetadas, y los sacrificios que habrán de exigirse, deben ser consensuados por los ciudadanos sin considerar de antemano que provecho tendrá a la larga para cada uno de ellos —o para sus familiares y amigos—. La idea es sencilla, en realidad, pero no fácil de aplicar: requiere pasar de una lógica del cabildeo, natural a la psicología humana, a una lógica del mejor argumento, dejando de lado intereses. Sin embargo, el planteo de Rawls no es tan utópico como podría parecer a primera vista.
En primer lugar, porque es ingenuo creer que las motivaciones humanas siempre pasan por el vientre, y que los ideales no operan efectos sobre las conductas. La historia registra explotaciones y saqueos, torturas y vejaciones, tanto como actos heroicos y lucha por ideales. En tal sentido, la propuesta de Rawls de libertad e igualdad de oportunidad para todos, es noble por sí misma. Pero además se complementa con el "principio de diferencia": la desigualdad puede ser justificada por razones de eficiencia para la generación de riqueza, pero es admisible sólo si mejora la posición de los más desfavorecidos.
LIBERALISMO IGUALITARIO. Si bien son muchos los que opinan que la obra de John Rawls dinamizó los debates en ciencias sociales y políticas, o reconocen el rigor ético de sus reflexiones, no faltan quienes le formulan severos reproches. El carácter entre jurídico y abstracto de sus desarrollos, para algunos críticos hace sentir nostalgia por una mirada más directa de la variopinta realidad social. La prueba del nueve para los norteamericanos, a la hora de juzgar una idea, suele consistir en observar qué tanto ésta trabaja u opera sobre la realidad. La atmósfera colectiva en los EEUU, y naturalmente, la actual administración republicana, no parecen haber sido excesivamente receptivas respecto de los criterios rawlsianos de justicia. No sería la primera vez en que las sutilezas de un pensador logran poco predicamento fuera de las fronteras de universidades y academias.
Pero las recomendaciones de Rawls son sensatas: no se puede sacrificar la libertad en aras de la redistribución de la riqueza, ni tampoco deteriorar aún más a los pobres en aras de la eficiencia económica. Si esa eficiencia luego no "gotea" hacia la gente, no es legítima. Para dejar en claro de qué modo bajar a tierra ese criterio general, Rawls elabora una lista de bienes primarios, que van desde la libertad de desplazamiento, hasta las bases del respeto a sí mismo, pasando por las responsabilidades de quienes ocupan cargos en las instituciones democráticas.
Es cierto que eso no parece suficientemente esclarecedor en términos políticos concretos, más allá de que eso le haya granjeado las simpatías de los liberales radicales, situados a la izquierda dentro del contexto estadounidense. Posiblemente Rawls tenía en mente el tipo de justicia perseguido en la variante escandinava de los Estados de bienestar socialdemócratas. Y no en vano Van Parijs creyó encontrar en los planteos de Rawls una afinidad con lo que se denomina "socialismo liberal". Por su parte, Jesús Silva-Herzog ha señalado con perspicacia que la profunda preocupación de Rawls por la justicia arraiga en ciertos hechos de su infancia. Cuando niño, Rawls infectó a dos hermanos menores: a uno de difteria, a otro de neumonía, y ambos murieron. El filósofo probablemente creyó que su sobrevivencia —gracias a que la naturaleza lo dotó de un sistema inmunológico más vigorso—, fue tan injusta como la muerte de sus hermanos: "ahí está la raíz de su teoría de la justicia: a la política le corresponde contrarrestar institucionalmente las arbitrarias contigencias de la vida. El liberalismo igualitario diseña el artificio que compensa las injusticias de ese sorteo de la naturaleza".
Y concluye Silva-Herzog, en total sintonía con Rawls: "Nadie es merecedor ni culpable del hogar en el que nace. Nadie merece la riqueza o la pobreza de sus padres. Las instituciones deben corregir la arbitrariedad natural".
FUE CRITICADO. Desde los extremos del espectro político económico Rawls ha merecido muchas críticas. Para algunos, sus planteos constituyen una amenaza para la libertad del mercado. Para otros, una legitimación disfrazada o sutil del capitalismo. Es relevante comprender que sobre esquemas generales de pensamiento, las interpretaciones pueden convertirse en algo parecido a las respuestas ante un test proyectivo —como el de las manchas o el del árbol, donde cada persona completa la percepción de un material poco estructurado con sus propios deseos y temores—. En realidad, un esquema es útil, pero sólo es un esquema, y no una descripción pormenorizada de la realidad. Se trata de un mapa más que de un recetario. El gusto de Rawls por los aspectos formales, jurídicos y constitucionales, no es mero capricho. Apunta a un aspecto curioso de la naturaleza humana: hasta los tiranos y las dictaduras buscan siempre elementos de legitimación formal. La generación de espacios para el debate público, y el establecimiento de reglas para hacer más difícil la intromisión de egoísmos o intereses pequeños en el diseño institucional, es un avance real frente a cualquier otra alternativa imaginable. Además, como lo ha afirmado Pablo da Silveira, "un mundo rawlsiano no sería un mundo que practicara un igualitarismo estricto, pero sería un mundo fuertemente igualitarista... lo que Rawls se propone hacer es una defensa no conservadora de la democracia liberal", y no es menor esa tarea. Más allá de las controversias que pueden suscitar estos planteos, con la muerte de John Rawls ha desaparecido un grande de la filosofía política.
Los libros
1971. Theory of Justice
1993. Political Liberalism
1999. The Law of the Peoples
Collected Papers
2000. Lectures on the History of
Moral Philosophy, con
Barbara Hermann
2001. Justice as Fairness:
A Restatement