Mauricio Dekker
NADIE LO SABÍA con certeza, pero se decía que era un
viejo general. Diariamente daba algunas vueltas por el
parque que ocupaba el centro de la plaza donde tenía
su residencia. A su paso, los hombres que se
encontraban sentados en el jardín lo contemplaban en
silencio. Iba siempre cabizbajo, sin saludar a nadie y
sin darse por enterado de nada. Por eso extrañó a los
que pudieron observarlo aquella tarde en que se
detuvo, quedándose un rato inmóvil mientras
contemplaba a un grupo de niños que jugaban a los
soldados. Incluso intervino en el juego, y habló con un
pequeño que, habiendo discutido con el "jefe" del
batallón infantil, se quedó separado de los demás.
Nadie oyó la conversación, pero al día siguiente,
cuando se supo que un niño había desaparecido,
alguien recordó que al salir el general del parque lo
acompañaba un muchacho.
Los agentes de policía se presentaron en la casa del
general, y fueron recibidos por una vieja criada que,
indiferente, les dijo: "Llamaré al amo".
El vestíbulo les hizo pensar en la entrada de un Museo
del Ejército. Colgaban trofeos, había ametralladoras
sobre ruedas, un cartucho de obús marino que se
usaba como paragüero... La sala donde fueron
recibidos parecía el cuarto de banderas de un cuartel.
El dueño de la casa no se inmutó. Admitió que,
efectivamente, había hablado con un niño, que lo
acompañó unos momentos por el parque. Era un
simpático muchacho, dijo, mostrándose condolido por
su desaparición. Hubo un espasmo en su boca
cuando le anunciaron que iban a registrar la casa.
—Es nuestro deber.
—Sí —admitió el anciano.
Se hizo un registro muy rápido. El general despedía a
sus visitantes, cuando un agente observó una puerta
cerrada en el pasillo, explicando entonces aquél que la
puerta conducía a un sótano. Sacó una llave.
—Señores —dijo gravemente—, sería preferible para
todos que no penetraran ustedes ahí. Comprendo que
cumplen órdenes, pero les advierto que lo que vean...
en fin, les exijo la mayor discreción... se trata de un
secreto de Estado...
Bajaron tras el general. El sótano abarcaba la
extensión total de la casa, y había una especie de
plataforma colgante que sostenía el diorama de una
batalla, con gran número de detalles: cientos de
soldaditos de plomo, trincheras, tiendas de campaña,
figuras parapetadas en actitud de disparar, pontones,
cañones, carros de asalto, aviones de caza
suspendidos del techo...
Además de la plataforma, sólo había en el sótano un
biombo: y de refilón se percibían detrás algunos
mapas del Estado Mayor.
—Comprendan mi inquietud —musitó el general—
comprendan mi inquietud, hasta que llegue el
momento de ataque. Tenemos mejor artillería, tanques
y generales...
Tomó una vara y mostró en el diorama los puntos
flacos del enemigo.
—Podemos cercarlo... ¡Pero si nos traicionan! Su
servicio de espionaje es muy activo, ¡hasta niños
emplean! Hasta niños, ¿oyen? Hemos cogido a uno
—suspiró el general—. Es una pena, era un niño
simpático.
Apartó el biombo... El pequeño colgaba ahorcado de
una viga. El general dijo:
—¡Pobre niño! ¡Pero las leyes de la guerra son duras!
En realidad, le había dolido mucho ejecutarlo.
El
autor
MAURICIO DEKKER. Narrador nacido en Holanda en
1896, incurrió en relatos con temática fantástica
clásica. En algunos casos, como este relato, el final
sorpresa tenía además una carga psicológica intensa.
La calidad de su obra hizo que obtuviera en 1958 el
Premio de Novela otorgado todos los años en
Amsterdam.