VIERNES 31 de enero de 2003- Año 85 -Nº 29268
Internet Año 7 - Nº 2378 | Montevideo - Uruguay
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CUENTOS
El general

Mauricio Dekker

NADIE LO SABÍA con certeza, pero se decía que era un viejo general. Diariamente daba algunas vueltas por el parque que ocupaba el centro de la plaza donde tenía su residencia. A su paso, los hombres que se encontraban sentados en el jardín lo contemplaban en silencio. Iba siempre cabizbajo, sin saludar a nadie y sin darse por enterado de nada. Por eso extrañó a los que pudieron observarlo aquella tarde en que se detuvo, quedándose un rato inmóvil mientras contemplaba a un grupo de niños que jugaban a los soldados. Incluso intervino en el juego, y habló con un pequeño que, habiendo discutido con el "jefe" del batallón infantil, se quedó separado de los demás. Nadie oyó la conversación, pero al día siguiente, cuando se supo que un niño había desaparecido, alguien recordó que al salir el general del parque lo acompañaba un muchacho.

Los agentes de policía se presentaron en la casa del general, y fueron recibidos por una vieja criada que, indiferente, les dijo: "Llamaré al amo".

El vestíbulo les hizo pensar en la entrada de un Museo del Ejército. Colgaban trofeos, había ametralladoras sobre ruedas, un cartucho de obús marino que se usaba como paragüero... La sala donde fueron recibidos parecía el cuarto de banderas de un cuartel. El dueño de la casa no se inmutó. Admitió que, efectivamente, había hablado con un niño, que lo acompañó unos momentos por el parque. Era un simpático muchacho, dijo, mostrándose condolido por su desaparición. Hubo un espasmo en su boca cuando le anunciaron que iban a registrar la casa.

—Es nuestro deber.

—Sí —admitió el anciano.

Se hizo un registro muy rápido. El general despedía a sus visitantes, cuando un agente observó una puerta cerrada en el pasillo, explicando entonces aquél que la puerta conducía a un sótano. Sacó una llave.

—Señores —dijo gravemente—, sería preferible para todos que no penetraran ustedes ahí. Comprendo que cumplen órdenes, pero les advierto que lo que vean... en fin, les exijo la mayor discreción... se trata de un secreto de Estado...

Bajaron tras el general. El sótano abarcaba la extensión total de la casa, y había una especie de plataforma colgante que sostenía el diorama de una batalla, con gran número de detalles: cientos de soldaditos de plomo, trincheras, tiendas de campaña, figuras parapetadas en actitud de disparar, pontones, cañones, carros de asalto, aviones de caza suspendidos del techo...

Además de la plataforma, sólo había en el sótano un biombo: y de refilón se percibían detrás algunos mapas del Estado Mayor.

—Comprendan mi inquietud —musitó el general— comprendan mi inquietud, hasta que llegue el momento de ataque. Tenemos mejor artillería, tanques y generales...

Tomó una vara y mostró en el diorama los puntos flacos del enemigo.

—Podemos cercarlo... ¡Pero si nos traicionan! Su servicio de espionaje es muy activo, ¡hasta niños emplean! Hasta niños, ¿oyen? Hemos cogido a uno —suspiró el general—. Es una pena, era un niño simpático.

Apartó el biombo... El pequeño colgaba ahorcado de una viga. El general dijo:

—¡Pobre niño! ¡Pero las leyes de la guerra son duras!

En realidad, le había dolido mucho ejecutarlo.

El autor

MAURICIO DEKKER. Narrador nacido en Holanda en 1896, incurrió en relatos con temática fantástica clásica. En algunos casos, como este relato, el final sorpresa tenía además una carga psicológica intensa. La calidad de su obra hizo que obtuviera en 1958 el Premio de Novela otorgado todos los años en Amsterdam.



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