TENEMOS QUE HABLAR DE KEVIN
Ficha
EE.UU.2011. Título original: We need to talk about Kevin. Dirección: Lynne Ramsay. Guión: Lynne Ramsay, Rory Stewart Kinnear. Productora: Jennifer Fox. Elenco: Tilda Swinton, John C. Reilly, Ezra Miller, Jasper Newell, Rocky Duer, Ashley Gerasimovich, S. Fallon Hogan.
La forma en que esta película cuenta su historia está despedazada, igual que la vida de sus personajes, porque mezcla momentos del presente con fogonazos de distintas etapas del pasado, en un caleidoscopio que obliga al espectador a recomponer lo que se le entrega desorganizado. Esa tarea no es fácil, porque el desafío se prolonga durante toda la película, hasta que una secuencia final restablece el orden y revela la verdad. En las dos horas previas la libretista y directora Lynne Ramsay fuerza el pedal de las incógnitas y del relampagueo entre ayer y hoy, sin que el método mejore la comprensión del asunto ni seduzca al espectador con la semejanza entre un relato destripado y unos personajes que también se hacen pedazos.
Lo que hace es retratar a una madre desde el nacimiento de su hijo, que será un psicópata y convertirá la vida familiar en una pesadilla. Para eso el niño -y luego el joven- esgrime una variedad de reacciones pertenecientes al arsenal de la paranoia, comenzando por un hermetismo infantil ante esa madre y avanzando después hacia la agresión verbal o física y los alardes de soberbia, para desembocar en algunos actos monstruosos que culminarán con un reguero de sangre. En el examen del caso, y en la observación del extraño carácter de la madre, la película logra muchos aciertos aislados que alivian las complicaciones formales.
El primero de ellos es el visual, donde se muestra la orgiástica fiesta del tomate que celebran en un pueblo español (y de la que ha participado la madre en su juventud) para comparar ese baño en un mar rojo con el mismo color que reaparece en la casa y el auto familiar bajo las bombas de pintura de un escrache, y por último en los cuerpos de la masacre final. Pero la huella roja es apenas un dato en el estudio clínico de dos seres, cuya intimidad está cuidadosamente examinada por la realizadora, para anotar los vaivenes de provocación, miedo, recelo y violencia donde se alternan la ternura con la aspereza o el remordimiento con la brutalidad. El torneo es feroz.
Resulta muy interesante el grado en que Ramsay combina esos altibajos de ánimo para permitir que el espectador ingrese a las turbulencias domésticas y advierta la tensión de los personajes, sumándoles la figura paterna como presencia por momentos apaciguadora y a veces desconcertante, para enriquecer el núcleo del conflicto. Con un relato más lineal, la sensibilidad y hasta la sabiduría terapéutica que vuelca la realizadora, lograrían un resultado admirable. Pero las fragmentaciones que elige como mecanismo narrativo -y que en algún momento funcionan bien como espejo de otros disturbios- terminan desbordando el plan y sus ráfagas de lucidez.
En el mejor nivel del producto colaboran los actores. En primer lugar, la pareja del niño y el muchacho que componen sucesivamente al hijo, porque no sólo tienen un asombroso parecido físico sino que ambos lucen la mirada temible y el gesto petrificado que anuncian sus fobias y estallidos criminales. En segundo lugar, el padre que John C. Reilly encarna con desarmante calidez y toques de resbalosa indulgencia, como contrapeso de la figura femenina. Y en tercer lugar, la madre a cargo de Tilda Swinton, moviéndose en el filo de la reserva emocional, la crispación contenida, el escalofrío ante los desplantes del hijo o el abatimiento bajo los desastres que provoca. La labor de la actriz es de una constante intensidad, atravesada por las perturbaciones familiares, golpeada luego por la condena social, velada por sus esfuerzos para no arruinar el clima hogareño, pasando por giros de alarma, ejercicios de paciencia y declives de postración.
Más que una actriz, Swinton es una verdadera personalidad con su efigie espigada, su paso elástico y su rostro de ojos duros como el acero, altos pómulos y boca contraída, una suerte de pájaro que desde Orlando hasta El amante ha paseado por el cine su fascinación un poco solitaria y su instinto dramático certero como una flecha, especialmente aquí donde tiene un personaje a su medida y donde otras flechas se cruzan en su camino.