JULIA RODRÍGUEZ LARRETA
Como si no fuera un problema que el propio gobierno cubano podría corregir, puesto que si dejara de ser una dictadura y respetara los principios democráticos no habría ninguna objeción para que Cuba participara en la Cumbre de las Américas, este asunto empantanó la VII Cumbre realizada en Bogotá. Algo semejante a lo sucedido a raíz de las presiones ejercidas por el gobierno de Cristina Fernández respecto de su reclamo sobre las islas australes, como si se tratara de una urgente cuestión de gravitación continental.
Así fue que las discusiones alrededor de ambos temas desplazaron el debate sobre la droga y el crimen, que había sido propuesto por el anfitrión del encuentro, Juan Manuel Santos. Presidente de un país con una larga experiencia en el combate al narcotráfico, que desde hace décadas padece sus consecuencias y por ende, con amplias credenciales para incentivar una profunda discusión respecto a la mejor forma de enfrentar ese flagelo.
El poderío de los narcotraficantes no deja de crecer. Su capacidad de corrupción envilece todo lo que toca y cual hidra maldita se infiltra y contamina todos los espacios, desde los barrios más humildes hasta los organismos públicos, causando efectos tan dañinos para la salud como para las instituciones y la vida misma. Es cada vez más notorio que ha llegado la hora de plantarse frente a la forma en que hasta el momento se ha abordado este grave conflicto.
Si bien antes era tabú hablar siquiera de analizar la legalización como estrategia dirigida al desestímulo del gran negocio del narcotráfico, (recuerdo la airada reacción del Gral. Mc Caffrey, el Zar de la DEA, ante mi reflexión y pregunta en una conferencia en Nueva York) el rotundo fracaso de la guerra a las drogas ha hecho que aumenten las dudas sobre lo que ha sido hasta estos días la tónica en este sentido en casi todo el mundo.
Uno de los primeros en tener una clara visión de la magnitud del problema que se venía encima si no se le contenía rápida y eficazmente, fue, hace 20 años, Milton Friedman, quien llegó inclusive a sugerir la legalización. Porque más allá de la preocupación que generan las drogas por el daño que provocan en las personas que caen en la adicción, lo cierto es que se trata de un asunto mayormente económico. El mercado de las drogas aumenta sin cesar, tanto en los países pobres como los ricos y la industria del narcotráfico se dedica a hacerlo crecer por sus suculentas ganancias. Los traficantes son los primeros en resistir una legalización de los estupefacientes, (Álvaro Gómez, candidato a Presidente de Colombia que la propuso fue asesinado por ellos) porque si la venta de droga saliera de la clandestinidad y pasara a ser regulada por Salud Pública y vendida en el circuito formal, seguramente el negocio dejaría de ser tan lucrativo .
Ante este escenario, son cada vez más las organizaciones como la Drug Policy Consortium, el European Coalition for Fair and Effective Drug Policies y varias más, que reclaman estudios basados en evidencia sobre los resultados de la lucha contra los narcóticos y una discusión más sincera sobre los costos y las falencias de una lucha que denota postración y falta de éxito. En el 2009, tres ex Presidentes latinoamericanos, Fernando Henrique Cardoso, Ernesto Zedillo y César Gaviria iniciaron un camino al que se les han unido prestigiosos intelectuales como el peruano Mario Vargas Llosa, el mejicano Carlos Fuentes, otros exmandatarios como Vicente Fox, evolucionado desde su primera postura, además de juristas, profesores, sociólogos, científicos y revistas de primer nivel como The Economist, que coinciden en que debe hacerse un viraje en la manera de abordar este difícil conflicto. Que el Presidente Obama haya aceptado hablar sobre la legalización de la droga, aun cuando se haya mantenido en la tradicional tesitura norteamericana, no deja de ser una señal.
Aunque la legalización tenga sus peligros y los beneficios tomen su tiempo en poder apreciarse, lo importante es redireccionar las enormes sumas que actualmente se invierten en la represión. Importa llevar a cabo grandes campañas educativas que resulten eficaces para influir en las conductas, los valores y las costumbres de, sobre todo, los jóvenes. E igualmente solventar y ejecutar amplias políticas de rehabilitación para aquellos que las necesiten. A su vez, es fundamental que esta toma de conciencia y nuevo enfoque se extienda a nivel global, porque tal como lo remarcara Santos, esa es una condición indispensable para tener suceso. Sin embargo, los grandes intereses que hay por detrás harán lo suyo para impedirlo, sumando a los que de buena fe se oponen.