RUBEN LOZA AGUERREBERE
Se inaugura hoy y permanecerá abierta hasta el 7 de mayo, la 38ª "Feria Internacional del Libro" de Buenos Aires, en el predio de La Rural. 1.500 expositores de más de 40 países y cerca de 1.400 actividades culturales. Así podría resumirse la vasta propuesta.
Se esperan más un millón de visitantes. Han sido invitados, como de costumbre, escritores renombrados, como Carlos Fuentes y el israelí David Grossman. Se presentarán numerosos libros de autores argentinos como "Disposición final" (con una entrevista a Rafael Videla que se ha difundido ampliamente, donde admite el asesinato de siete u ocho mil personas en la dictadura), escrito por mi amigo Ceferino Reato, periodista de "Perfil". Y obras de otros autores, como el reciente libro de Mario Vargas Llosa, "La civilización del espec- táculo", donde advierte sobre el peligro de que lo banal y lo burdo se imponga a lo elaborado, y donde sostiene que "hablar de cocina y hablar de la moda hoy es mucho más importante que hablar de filosofía o hablar de música, es decir, una manifestación de frivolidad terrible".
Repasando ediciones de este acontecimiento cultural al que tantas veces hemos visitado y participado (una conferencia junto a la escritora Doris Lessing, antes de que ganara el Premio Nobel, sobre la creación literaria, y con el escritor español Rafael Argullol), no puedo olvidar los numerosos encuentros con Bioy Casares, quien siempre tenía cuentos fantásticos en la imaginación.
En una oportunidad, me invitó a sentarme a su lado; yo le hacía una entrevista y él firmaba ejemplares de sus libros. Una joven le pidió una foto; Bioy salió de su "stand", posó con ella y le agradeció la foto a la joven. Allí, encontré a Ernesto Sábato, maestro y amigo. Y a Borges, quien me dijo, feliz, que una noche vendió 17 libros; a la velocidad de las obras maestras, agregó. Y entre otros, conocí a Ray Bradbury, con sus gruesos lentes, cabellos blancos como el algodón y sonrisa fácil. Ignoraba cuantos cuentos había escrito; me comentó que posiblemente eran dos mil o tres mil. Y agregó: "Escribo tanto porque de esa manera ayudo a soñar; la fantasía es necesaria para nuestra vida".
También recuerdo que una distante noche vi a Juan Rulfo, solo y fumando, en su "stand". Ni siquiera los vendedores le acompañaban. Me pregunté qué haría si alguien se detenía a comprar "El llano en llamas". ¿Lo vendería él? Me acerqué, lo saludé y me quedé a conversar. La gente pasaba. De pronto, se detuvo una pareja; lo miraron y rápidamente me hice a un lado. El joven echó mano a un cigarrillo, y le dijo al maestro Rulfo: "¿Me das fuego, veterano?". El escritor mexicano le encendió el cigarrillo y la pareja siguió su camino. Avergonzado, me alejé unos minutos después; fue la última vez que lo vi.
En fin, para ir terminando este inventario, recuerdo haber dialogado con Atahualpa Yupanqui (quien recordaba mi ciudad natal, Minas, y se despidió con "saludos a Aguas Blancas"), y al fallecido escritor brasileño Mauro de Vasconcellos, autor de "Mi planta de naranja lima", ante quien vi las más largas filas de lectores que recuerde.
La Feria Internacional del Libro de Buenos Aires es un hito, y, además de acercarnos las novedades editoriales deja en los visitantes momentos inolvidables, gracias a escritores a quienes debemos tanto. Visitarla ayuda a convertirnos en historiadores de emociones.