El noruego Anders Breivik admitió ayer la autoría pero se declaró penalmente no culpable de la matanza de 77 personas al disparar contra un campamento de jóvenes laboristas y explotar una bomba cerca de la sede de gobierno, el 22 de julio de 2011.
El asesino derramó algunas lágrimas cuando el fiscal proyectó una película de propaganda que él mismo realizó y divulgó por Internet el día de la matanza, pero según uno de sus abogados no lloró por remordimiento. Lo hizo "en parte", según completó él mismo al letrado Geir Lippestad, por "el hecho de que él cometió su gesto, que describe como atroz pero necesario, con el fin de, como ya lo ha dicho, salvar a Europa de una guerra en curso".
El extremista de derecha recuperó luego la impasibilidad que exhibió desde el inicio del proceso, cuando se trató de ver o escuchar las imágenes o grabaciones de su sangrienta operación.
No hubo en él la menor emoción cuando se difundió la llamada de socorro a la Policía de Renate Taarnes, de 22 años, que se veía morir bajo las balas en las isla de Utoya, donde 69 jóvenes fueron ejecutados en general de un disparo en la cabeza. "Vengan rápido... Los disparos no paran", suplicó la joven, al policía incrédulo que respondió a la llamada. La muchacha sobreviviría.
Tampoco mostró emoción cuando el fiscal difundió imágenes de vigilancia mostrando la explosión de una camioneta, repleta de explosivos, que Breivik estacionó frente a la sede del gobierno en el centro de Oslo. El balance: ocho muertos.
Ni reaccionó cuando se escuchó la grabación de su propia llamada a la Policía: "Ahora que la operación terminó, quiero rendirme", afirmó ese día. En realidad, aún seguiría matando antes de ser detenido finalmente por las fuerzas de seguridad. La matanza en la isla duró 73 minutos.
Rebelde. Desde su entrada en la sala del tribunal en Oslo, Breivik, de 33 años, dejó clara su desafiante voluntad de provocación.
Saludó con el puño derecho cerrado, dirigiéndose al público -unas 200 personas- integrado por familiares de las víctimas, sobrevivientes, periodistas y cuatro psiquiatras. Este gesto, según su manifiesto publicado en Internet, significa "la fuerza, el honor y el desafío a los tiranos marxistas de Europa".
La fiscal Inga Bejer Engh leyó el acta de acusación y los nombres de las ocho víctimas de la explosión del coche bomba cerca de la sede gubernamental. En ese momento, Breivik mantuvo la mirada baja y parecía estar leyendo un documento.
Posteriormente, la fiscal abordó la matanza de los 69 jóvenes en Utoya. En la sala reinaba un silencio casi religioso, y solo se escuchaba la letanía de nombres enumerados por Bejer Engh. Breivik se mantuvo cabizbajo. "Reconozco los hechos pero no reconozco mi culpabilidad" en el sentido penal, dijo el acusado.
"Invoco la legítima defensa", añadió. Durante la instrucción, Breivik había asegurado actuar contra los "traidores a la patria" culpables, según él, de entregar la sociedad noruega al islam y al multiculturalismo en toda Europa.
Se prevé que el juicio, que se reanudará hoy con el testimonio de Breivik, dure unas diez semanas.
"Conservador" y fan de los videojuegos
En su perfil de Facebook, Breivik se define como "conservador", "cristiano" y fan de los videojuegos que, afirmó más tarde, le ayudaron para preparar su matanza. El asesino nació en 1979 en un país rico y tranquilo, y creció sin que su entorno imaginara el drama que protagonizaría. Su padre era diplomático y su madre enfermera, y se separaron cuando él era pequeño. Ha dicho que tuvo una niñez tranquila y normal, pero la prensa noruega supo que un psicólogo recomendó cuando él tenía cuatro años que "una familia estable de acogida" lo tuviera a su cargo. Nada de esto sucedió. Breivik siguió con su vida y dejó el liceo a los 18 años sin terminar su escolaridad. Se afilió a un partido de derecha populista antimigración, el que abandonó poco antes de cometer su matanza, pues lo consideraba demasiado abierto.