Recuerdos de Antonio Tabucchi

RUBEN LOZA AGUERREBERE

El domingo levantó el vuelo Antonio Tabucchi, uno de los mejores escritores italianos contemporáneos, a menudo citado para el Nobel. Su obra ha sido traducida a cuarenta idiomas y varios de sus libros pasaron al cine.

Para ser más concretos, digamos que quien sea sensible a la belleza como a la verdad baste que abra las páginas de "Pequeños equívocos sin importancia" o de "Sostiene Pereira" (Anagrama/Gussi), y advertirá cómo en ellos confluyen el buen gusto y la cortesía, la imaginación, el humor y los toques de la melancolía. De los cuentos y novelas de Tabucchi se desprende un poético arcoiris.

Baste recordar que Antonio Tabucchi nació en Pisa el 24 de septiembre de 1943; falleció a los 68 años en Lisboa. Pasó su infancia y juventud en Vecchiano. Luego, vivió entre Siena, donde fue profesor de literatura, y en Lisboa, que fue retablo de muchos destinos trágicos y azarosos que imaginó en sus libros.

"Yo creo profundamente en la inspiración", sostenía Tabucchi. Y lo explicaba así: "Yo quiero creer que existe una especie de musa a la que llamo inspiración. Y por ello no quiero escribir cuando la musa calla, o cuando está de vacaciones". Por ello trabajaba desde las doce a las tres de la tarde y un rato antes de la cena, cuando estaba inspirado; y escribía a mano y en cuadernos, porque no sabía escribir a máquina.

Para Tabucchi un libro era lo que las personas buscan en él: la proyección de sus deseos y los sueños de cada unos de sus lectores. "Habrá, pues, que dar la razón a Borges (sostenía) cuando afirma que la lectura es una actividad más noble que la escritura, porque es más abstracta".

A Tabucchi le gustaba referir su especial preferencia por las editoriales pequeñas, porque ellas son (decía) las que leen en profundidad. De esa forma estaba seguro de no haber sido elegido por meras referencias, y fiel a sí mismo, en ellas publicó siempre sus exitosos libros.

Sostenía Tabucchi que la escritura "forma parte de la vida, como cualquier otra actividad, de la misma manera que la vida forma parte de la escritura". Para él, vivir era escribir. En cuanto a sus libros preferidos, mencionaba el Quijote: "una invención de toda la humanidad, una invención única". ¿Y cuáles eran los escritores que más frecuentaba? Mencionaba, siempre, a Machado, Unamuno, Galdós y Pío Baroja. De Borges prefería sus cuentos realistas, como "Hombre de la esquina rosada". Le gustaba Flaubert, pero nunca le atrajeron Proust ni Stendhal. Y mencionaba con entusiasmo este terceto: el poeta portugués Pessoa, el triestino Italo Svevo y el checo Franz Kafka.

Tuvimos con Tabucchi una relación sólo epistolar; no le conocí personalmente. Tengo a mi lado, mientras escribo, una carta que me envió el lejano marzo de 1998, donde me escribe cifradas palabras sobre mi libro de relatos "La bufanda blanca". Dice, con humor, que había tenido un resfriado porque había perdido la bufanda, pero que se mejoró gracias a Sylvie en París (ella era el personaje de otro de mis cuentos, ambientado justamente en París, y quien recibió a un joven engripado). Luego, tras otros comentarios por el estilo, me dice generosamente que mi libro "está lleno de humanidad y humor" y que le ha dado "buena compañía".

Ahora que no está, le extrañaremos mucho sus lectores. Tendremos sus libros al alcance de la mano. Debería haber una tinta cenicienta para estos adioses.

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