Adriana vivía en un asentamiento ilegal, a orillas del arroyo Carrasco. Hace más de 10 años su familia fue seleccionada, junto a otras 21, para ser realojada a Solymar Norte. Aquella solución de ayer es su calvario de hoy.
El "vecindario" en el que hoy vive Adriana Imperial con sus hijos está muy lejos de ser la solución que alguna vez soñaron. Son 22 Núcleos Básicos Evolutivos (NBE) que les fueron entregados por el Ministerio de Vivienda Ordenamiento Territorial y Medio Ambiente en el año 2002, de un dormitorio, un baño, cocina comedor integrados y un pequeño patio.
Las 22 casas tienen un sistema de pozos negros individuales, que se desagotan automáticamente y derivan en un gran pozo negro de 110.000 litros, que está justo debajo del jardín de Adriana.
"Ya en el principio, cuando todavía no nos habíamos mudado todos, el pozo se llenó rápidamente y hubo que pagar para vaciarlo", dijo Adriana, que recibió a El País en su casa, en la que reinaba el olor a insecticida. "Fumigué todo para recibirlos, porque acá vivimos entre moscas", afirmó.
Adriana, que es madre soltera, cuenta que en 1996 la ONG Asociación Pro Recuperación del Arroyo Carrasco (Aprac), fue la encargada de seleccionar a las familias y gestionar todo el realojo.
"Ellos estaban como administradores hasta que esto empezó a dar problemas, vinieron y nos dijeron que no podían hacerse cargo y nos dejaron solos", agrega. Aprac incluso llegó a pagar el primer vaciado del pozo, que costó unos $ 8.000.
Las casas que recibieron Adriana y sus vecinos fueron subsidiadas por el Estado, y cada familia se comprometió a pagar 60 UR en un plazo de cinco años, es decir, una UR por mes.
"El tema es que nadie organizó nada, no se pagan gastos comunes. Al principio porque cada uno tenía sus contadores y hoy porque están todos colgados de la luz", explica. Ella también dejó de pagar la cuota de su casa hace varios años.
Con más de 100 personas viviendo en el lugar, la situación del gran pozo negro desbordado comenzó a agravarse.
Una vez los vecinos se pusieron de acuerdo y pagaron la mitad de un vaciado, pero a los 15 días las calles y el jardín de Adriana ya estaban repletos de aguas servidas otra vez. nunca más lograron organizarse y juntar el dinero, la mayoría alegando que no tienen.
En medio de gestiones y peleas con el Ministerio de Salud Pública, que derivó el tema a Vivienda, Adriana logró que en el año 2005 el Estado pagara un vaciado, pero a los 12 días "la caca ya estaba en mi jardín y corriendo por la calle otra vez".
Ahí fue que decidió ponerse manos a la obra, literalmente, compró un caño grueso de unos 5 centímetros de diámetro y "mediante el sistema de vacío comencé a vaciarlo manualmente cada 15 días". Así estuvo durante dos años, mientras su reclamo daba vueltas "perdido en diferentes cajones, víctima de la burocracia".
Tras seis años de vaciados manuales, en los que actualmente ayudan sus hijos, Diego (12) y Florencia (11), Adriana se cansó de "tener que andar luchando con la materia de los demás", y tomó una determinación tan tajante como sus consecuencias.
Fue a la cámara que está antes del pozo principal, la abrió y la llenó de escombros y hormigón armado, bloqueando el acceso de los demás pozos al principal. Esto causó que solo sus aguas servidas lleguen al pozo que se desbordaba debajo de su jardín, y que el resto de los pozos de los demás "reventaran".
Actualmente los pozos de los vecinos no tienen a dónde desagotar, por lo que "cada uno larga lo suyo para donde puede", explica la empleada doméstica, que también es recibida de nurse.
"Nosotros no podemos jugar más en la canchita porque está llena de caca", agrega Diego, que ayuda a su madre a vaciar el pozo con bolsas de nylon en las manos.
El país consultó a la Barométrica Shangrilá, que opera en la zona, desde donde se informó que el vaciado de un pozo de esas características tendría un costo de $ 17.900, impuestos incluidos.
Hace poco más de dos años el MSP alertó por la situación del asentamiento Isla de Gaspar, donde el 60% de la población tenía coprocultivos parasitarios positivos, porque las heces humanas se desagotaban en las calles y cunetas.