LUCIANO ÁLVAREZ
El turista de excursión, salvo una ingenuidad patológica, sabe que está frente a una puesta en escena. No se necesita ser antropólogo para descubrir la inocente y lucrativa farsa de un espectáculo de "auténtico" candombe, tanto como las danzas indias en una isla frente a Seattle o el góspel cantado en una iglesia de Harlem, mientras los verdaderos fieles esperan fuera para comenzar el acto religioso cuando desaparezca el último visitante. El turista de excursión es un motor de la economía, un tipo folklórico y simpático. En cambio, el turista político es una categoría execrable siempre funcional a los totalitarismos de turno. El turista político, de preferencia intelectual, no solo acepta extasiado las puestas en escena, sino que despliega su vocación de apóstol y predica su experiencia mística en artículos y libros. Le ahorraré al lector una lista paradigmática de nombres que incluye algunos uruguayos tan célebres como sobrevalorados.
Sobre finales de los años sesenta, cuando los encantos de la Unión Soviética comenzaban a opacarse por las groseras intervenciones en Hungría y Checoslovaquia y los desbordantes testimonios de los disidentes, la China de Mao se convirtió en el nuevo Edén. El húngaro Paul Hollander, profesor emérito en la Universidad de Massachusetts, en un libro titulado "Peregrinos Políticos" (1981) hace una sabrosa selección de juicios sobre la China de Mao en los sesenta. Simone de Beauvoir -una tarjeta dorada del turismo político- sostuvo que "La vida en la China actual es excepcionalmente grata". Otro escribió que era "una especie de monarquía benigna gobernada por un sacerdote emperador que había conquistado la devoción completa de sus súbditos". El periodista Felix Greene, un profesional del turismo político y autor de numerosos artículos y documentales sobre el socialismo asiático, elogió la ley y orden, producto -según creía- menos de la represión que del elevado código moral de los chinos. También afirmaba que no había luchas internas por el poder, "que el hambre de poder había sido eliminada y que no existían pruebas de esa manipulación por el poder o de la rivalidad personal que con tanta frecuencia hemos visto en el Kremlin". Hasta David Rockefeller elogió "el sentido de armonía nacional" y afirmó que la revolución de Mao había logrado "no solo producir un gobierno más eficiente y consagrado a su tarea, sino también promover una moral elevada y una comunidad de propósitos". Otro afirmó que los recaudadores oficiales de impuestos se habían convertido en personas "incorruptibles" y que los intelectuales ansiaban demostrar que no "despreciaban a los campesinos" y que con ese fin "cargaban recipientes de abono en el tiempo libre". Sí, es cierto que cargaban recipientes de abono, pero no lo hacían en su tiempo libre sino como una práctica de salvaje "reeducación", bajo la mirada atenta de verdugos imberbes, los jóvenes "guardias rojos" de Mao.
La escritora sino-belga Elizabeth Comber -conocida por el seudónimo de Han Suyin- escribió que, a diferencia de Stalin, Mao "es sumamente paciente y cree en el debate y la reeducación". El reverendo Hewlett Johnson, "el decano de rojo de Canterbury", observó en Mao "algo que ninguna fotografía ha reflejado jamás, una expresión indefinida de bondad y simpatía, una evidente preocupación por las necesidades de otros [...] todo esto formaba el contenido profundo de sus sentimientos".
La historia probaría, ya lo estaba haciendo, que ni la China de Mao, ni "El gran timonel" estaban adornados de las virtudes que pregonaban los turistas políticos. Paul Johnson dice que "No tenía en su persona ninguno de los rasgos del erudito o el mandarín. Era un campesino corpulento, tosco, brutal, terrenal e implacable que, despreciaba a los intelectuales -paradójicamente sus grandes admiradores en Occidente-, el sistema educativo y la tradición de cuatro mil años de cultura china. Por otro lado deseaba acelerar la historia acuciado por una "impaciencia violenta" […]. Pensaba que sus sucesores serían individuos acomodaticios y débiles, y que a menos que las cosas se hicieran mientras él vivía, quedarían sin realizar".
Aun un historiador marxista como Eric Hobsbawm debe reconocer que "bajo el mando indiscutido e indiscutible de Mao [China vivió] dos décadas de catástrofes absurdas provocadas por el Gran Timonel". Según este historiador británico, el "calvario del pueblo chino […] se desarrolló en tres etapas: la fulminante colectivización de la agricultura campesina entre 1955 y 1957; el `gran salto adelante` de la industria en 1958, seguido por la terrible hambruna de 1959-1961 (probablemente la mayor del siglo XX) y los diez años de revolución cultural que acabaron con la muerte de Mao en 1976. Casi todo el mundo coincide en que estos cataclismos se debieron en buena medida al propio Mao, cuyas directrices políticas solían ser recibidas con aprensión en la cúpula del partido, y a veces (especialmente en el caso del `gran salto adelante`) con una franca oposición, que solo superó con la puesta en marcha de la `revolución cultural`".
Sin embargo no todos practicaban el turismo político. La sinóloga Marianne Bastid describió prolijamente los inicios de la salvaje revolución cultural en un ar- tículo de 1967, mientras que Simon Leys, también sinólogo, denunciaba crudamente la realidad de la China de Mao en "Las ropas nuevas del emperador" (1971), ante el escándalo de los intelectuales parisinos, reunidos en la Revista maoísta "Tel Quel", editada por la prestigiosa editorial Seuil, donde escribía lo más fino de la aristocracia intelectual. Pero quizás la visión más lúcida sobre la China y su futuro la expresó el corresponsal del Times de Londres en Pekín. Sostenía que el chino medio esperaba relacionarse con cualquier gobierno que disfrutara del "mandato del cielo". Eric Hobsbawm cita su profecía, pero nos impide la felicidad de conocer su nombre: Ese "viejo y agudo observador de China […] afirmó [por aquellos años], sorprendiendo a todos los que le oyeron en aquel momento, incluyendo a este autor, que en el siglo XXI no quedaría comunismo en ninguna parte, salvo en China, donde sobreviviría como una ideología nacional."