El presidente ecuatoriano, Rafael Correa, va a hacer fortuna con las demandas multimillonarias que lleva a cabo, las que suelen tener buena acogida en los estrados judiciales. Así lo demuestran por un lado, las cifras de 30 millones de dólares exigidos a los propietarios de El Universo, los hermanos Pérez Barriga y al editorialista Emilio Palacios, por el artículo en el que acusaba a Correa de haber ordenado disparar contra un hospital lleno de gente cuando la supuesta insurrección policial, más otros 10 millones a la compañía. Otro millón de dólares al periodista Juan Carlos Calderón, director de la revista Vanguardia, quien junto con el jefe de investigaciones del mismo diario, Cristian Zurita, publicó un libro llamado El Gran Hermano, que versa sobre los turbios negocios con el Estado de Fabricio Correa, uno de los hermanos del presidente. En esta oportunidad, el primer mandatario adujo haber sido herido emocionalmente y la demanda fue por 10 millones, pero la jueza se atrevió a reducir un poco la pretensión del damnificado. A pesar de que se da la curiosidad que para la sentencia la prueba sólo proviene de los argumentos expuestos por el acusador y nada de lo pedido por la defensa, que demostrara que Correa había tenido que seguir algún tratamiento a raíz de esa afectación psicológica. Quedó así establecido un grave antecedente para la libertad del quehacer periodístico, puesto que en respuesta a la denuncia basada en una frase que aparece en el volumen, con el nombre y el apellido de quien afirmó que el presidente estaba en conocimiento de lo que ocurría, se les castigó por no haber obtenido, antes de dar esa información, un permiso de la fiscalía.
Además de llevarlos a la quiebra, (el capital del Universo es de 35 millones de dólares) y poner en la cárcel a sus "enemigos", pues a las cargas pecuniarias se suma la intención de meterlos tras las rejas -condenaron a tres meses de cárcel a Jaime Mantilla, director del diario Hoy, por negarse a dar el nombre del periodista que escribió algo que molestó al mandamás- el interés primordial del mandatario ecuatoriano es el mismo de cualquier gobernante totalitario; hacer desaparecer a la prensa independiente.
Cada uno de ellos, y hay varios en el continente que participan en ese "eje del mal", tales como Hugo Chávez, Evo Morales y Cristina Fernández -para circunscribirnos solo a América del Sur-, desarrolla su estrategia para acallar al periodismo a su manera. Pero hay patrones que se repiten invariablemente. Uno es el de maniobrar hasta tener bajo su dominio a la Justicia y neutralizar la separación de los poderes. Por medio de mayorías parlamentarias instrumentales al Ejecutivo, como ocurre en Ecuador, en Argentina y demás, estos gobiernos de un mismo corte populista-autoritario, que en lo formal aparecen como democráticos por haber sido electos, aunque en realidad son la peor burla al verdadero significado de la democracia, dan apariencia legal a los cerrojos que imponen sobre la libertad de prensa. Mientras confiscan, ya sea con letales sutilezas o con brutalidad, una parte esencial de los derechos individuales.
Una herramienta habitual para amordazar la libre expresión es el armado de redes mediáticas que contribuyen a la diseminación de la propaganda afín al gobierno. A veces de forma directa, otras algo más disfrazada. En Ecuador, el grupo de medios en manos del Estado es uno de los conglomerados más fuertes pues cuenta con un total de diecinueve. Pero ahí no acaba la cosa, hay otros resortes para apretar. Uno muy eficaz es el manejo de la publicidad oficial. Allí, para este año, el presupuesto de este rubro es de US$ 230 millones de dólares y como hay decenas de radios y otros medios de pequeño porte, que no pueden existir si no es gracias a la pauta proveniente del Estado, demás está decir que su grado de independencia y compromiso con la libertad de expresión -el mandato con el que cumple la prensa independiente-, es nulo. Por lo tanto, graciosamente se unen al coro de alabanzas y falta de crítica al gobierno, así como a pasar la cadena en televisión y radio, a través de la cual el presidente le habla al pueblo todos los sábados.
En Argentina, también Cristina es adicta a las cadenas nacionales y los pools mediáticos. Grupo Uno y Grupo 23, afines ambos al gobierno, tuvieron aumentos chocantes de la pauta oficial mientras Clarín y La Nación bajan.