MATÍAS CASTRO
En su tiempo, la Cicciolina se convirtió en tema de conversación en todo el mundo por su forma de dar discursos políticos con un pecho al aire. El sexo y la política siempre estuvieron cruzados en la carrera de esta actriz y parlamentaria italiana. Hay que recordar que en la última década ofreció públicamente tener sexo con Saddam Hussein y con Osama Bin Laden si esto los hacía detener sus acciones. Como se sabe, ninguno de los dos aceptó la oferta.
El de ella es, tal vez, el ejemplo más popular y rimbombante de celebridades que pasan al mundo de la política (incluso se postuló al parlamento en 1979, años antes de hacer su primera película porno). Cerca de aquí y con un perfil obviamente distinto tenemos el caso de Palito Ortega y su carrera política en los años noventa (gobernador de Santa Fe, senador por Tucumán y candidato a la vicepresidencia junto a Duhalde). El comentario más frecuente en esos tiempos era una crítica a sus aptitudes en el mundo de la política. La misma crítica y descrédito aparecieron en los comentarios de la gente cuando Schwarzenegger comenzó la carrera que lo llevó a ser gobernador de California.
Sin embargo ningún cuestionamiento se escuchó esta semana cuando el cantante Youssu Ndour comunicó su candidatura a la presidencia de Senegal. Tampoco hubo tantos cuestionamientos (hasta donde sé) cuando Rubén Blades se postuló a la presidencia de Panamá en 1994 y cuando después ofició de Ministro de Turismo. Lo mismo pasó con Gilberto Gil y su trabajo como Ministro de Cultura de Brasil.
La postulación esta semana de Youssu NDour volvió a sacar el tema de la política y la fama a la luz. Tal vez la realidad en la que vive este músico sea un poco lejana para Latinoamérica o Europa, pero el salto a la política es un acto casi universal. Después de todo, casi cualquier país tiene famosos que se meten con ese mundo, aunque sea militando por sus partidos de cabecera. Que en algunos casos parezca una payasada o un operativo de poder, es historia aparte.