LUIS ALBERTO LACALLE
El mes pasado los habitantes de Nueva Helvecia y muchos visitantes, participaron de la serie de actos que se organizaron con motivo de los ciento cincuenta años del arribo de los primeros colonos de la zona, venidos de Suiza. Una conmemoración alegre, colorida y gozosa de otro capítulo de nuestra formación como nación, una evocación de los varios manantiales que formaron el torrente humano que somos. Salvo los ancestros africanos de nuestros compatriotas de ese origen que, a la fuerza, fueron traídos por el infame comercio de la esclavitud, todos los demás somos descendientes de emigrantes. Algún rastro queda de la bravía raza nativa, pero la inmensa mayoría venimos de allende los mares. Por supuesto la cepa originaria es la hispánica, pero luego el bendito tránsito de los itálicos, vascos, libaneses mal llamados turcos por provenir del entonces Imperio Otomano, judíos alemanes, franceses, portugueses, armenios, ingleses y escoceses, se derramaron sobre nuestro territorio, echando raíces fuertes y que tan buen fruto dieron.
Plena de heroicidades individuales, la aventura de la inmigración merece siempre ser evocada. Cuesta calibrar en toda su dimensión el grado de valentía y audacia que requería el echarse al hombro sus pocas pertenencias y, en "la panza de un buque" como canta Gardel, desembarcar en Montevideo. Salieron de la aldea o "il paese" los más audaces, los que no se conformaban con la pobreza o la sujeción a estados arbitrarios o la leva para unas guerras que no comprendían. Verdadera selección natural que nos aportó una genética superior que pudo florecer aquí.
¿Qué buscaban o querían esos hombres y mujeres? Simplemente lo de todo ser humano: seguridad, trabajo, libertad, oportunidades. Resultan reveladoras algunas cartas de esos suizos, publicadas con motivo del aniversario comentado. Invitan a los que quedaron a venir y les entusiasman señalando que es mucha la tierra para trabajar, que se puede hacer fortuna si hay empeño y que se respira libertad. El trabajo fue considerado la bendición que es, no se le hacían ascos a las jornadas largas. La familia fuertemente unida era el centro del mundo, el ahorro un imperativo, creer que el mañana iba a ser mejor, la gran fuerza motriz. Lo lograron, salieron victoriosos y como consecuencia inevitable, hicieron de nuestra patria una nación próspera. Fines del siglo XIX y principios del XX marcan lo más alto de nuestro desarrollo. Pocas leyes porque lo que se quería era justicia para el esfuerzo, escuelas para fundir en los niños los diversos orígenes en el crisol de un país. En casa se mantenían el habla, las costumbres del solar lejano; fuera, los partidos políticos abiertos incorporaban al ejercicio de autogobierno y las leyes garantizaban libertad, propiedad y futuro.
Todo ello lo sabemos pero conviene recordarlo en el momento en que vivimos. Con prosperidad, empleo, seguridad social generosa como la que hemos edificado a lo largo de los años, nos encontramos descontentos con nosotros mismos. No nos gusta el rostro colectivo que muestra el espejo de la realidad. Decae la convivencia, se envilece el lenguaje, muere el respeto, está ausente la tolerancia para con la opinión ajena. Trabajar es considerado un castigo, cultivar cuerpo y alma una excentricidad. La seguridad mínima se ha perdido, el respeto por los maestros, los mayores, los mejores, es tenido a menos. Valores es la palabra clave. Aunque resulte triste en algún sentido, para recuperarlos, tenemos que ir hacia atrás en nuestro follaje, buscando las ramas principales, cuando no el tronco de los abuelos.
No se puede establecer una fecha, pero nadie duda de que vamos en un plano inclinado hacia abajo, poco a poco degradando las esencias que nos hicieron sentirnos orgullosos. Importamos del vecindario las cosas malas. Hubo un tiempo en que ir al estadio era un programa familiar, para disfrutarlo con amigos, novia o esposa. Hoy implica un riesgo potencial de conflicto que nadie quiere vivir.
Otrora el lenguaje soez y aún meramente ordinario era proscripto del ámbito familiar; hoy es el habla común, ingresa por radio y televisión. Ponerse de pie ante el ingreso del profesor a clase era un automatismo denotador del respeto a quien sabe más y es más que los alumnos, en la natural jerarquía que debe regir en una casa de estudios. Hacer un trabajo bien, orgullo personal, autoestima de trabajador. Respeto por la idea ajena, cocarda de una nación múltiple y diversa en la unidad. Jugar limpio, tan importante como ganar. No es lo que hoy vemos y vivimos.
De nada vale la prosperidad si no empapa a un país en el que la convivencia sea agradable, el éxito premiado y admirado, la excelencia buscada, el mérito ganado, el avance merecido, el orden respetado y la libertad encastrada en la de los demás. Instituciones vigorizadas por el ejemplo, enseñanza que logre mejores personas a la par que bien preparadas para la vida. Aunque parezca mentira, el ejemplo está detrás, en las virtudes de los abuelos inmigrantes.