Un viejo aforismo dice que la realidad copia al arte. Eso sucede cuando los hechos de la vida diaria parecen imitar la ficción que ya los reproducía en un libro, una película o una pintura.
A menudo se trata de hechos extraordinarios que desbordan el marco de esa realidad y por ello se acercan a la escala de los lenguajes artísticos, donde todo se magnifica. Uno de esos casos se produjo hace pocos días en la órbita policial, como si hubiera querido culminar con un insólito revuelo este año 2011 tan frondoso -y lamentablemente tan dramático- en crónicas del terreno delictivo.
Comenzó en la noche del miércoles 21 en la terminal de Tres Cruces, cuando un hombre de 34 años que se disponía a abordar uno de los ómnibus estacionados en el andén, fue identificado por una empleada del lugar como el autor de una rapiña cometida pocos días antes en uno de los comercios cercanos. La empleada avisó a la guardia y dos agentes (una mujer y un hombre) subieron al ómnibus para buscar al sospechoso. No suponían que iba a reaccionar como lo hizo, resistiéndose y arrebatando a la funcionaria el revólver de reglamento, con el que efectuó varios disparos que alcanzaron al policía, a un bombero que colaboraba en el operativo y a una niña que figuraba entre los pasajeros.
Ese fue el inicio de una epopeya digna de Hollywood o del género negro que también frecuenta el cine francés. Porque el hombre escapó del lugar y se subió al auto de una muchacha de 23 años que estaba estacionado por allí, obligándola a alejarse de la terminal.
Se abrió entonces una persecución espectacular por Montevideo y la Ruta Interbalnearia, donde el prófugo y su rehén cambiaron dos veces de vehículo, pasaron horas ocultos en un monte y en la mañana del jueves 22, sobre el kilómetro 54, cuando el sujeto se vio rodeado por la policía, abandonó el auto del que poco antes había arrojado a la secuestrada, se alejó a pie y terminó suicidándose con un tiro en la cabeza, empleando la última bala del arma que había robado.
Que semejante historia de violencia suceda en este país, demuestra el grado a que ha llegado la descomposición de una conducta criminal que fue más cautelosa, más furtiva y hasta más discreta, pero que últimamente se ha encarnizado hasta alcanzar esos extremos de desenfreno, que también estuvieron presentes en varios episodios delictivos (con saldo sangriento) de este año. El cambio no parece casual, sino indicativo de un proceso en que la audacia de un hecho alimenta el descontrol del que le sigue, como si se dibujara una gráfica ascendente cuyas consecuencias debe sufrirlas una población estupefacta, que va pasando del asombro al miedo y de allí a la indignación y la protesta, en un orden dictado por la creciente gravedad de los acontecimientos en la materia.
Cabe imaginar la estremecedora experiencia vivida por la joven rehén del criminal, pero debe señalarse que el comportamiento de su captor marca un estado de desesperación que por algo se cerró con el suicidio y que merece la atención de las autoridades (y de los sociólogos) como reflejo de una transgresión que ha dejado atrás toda medida y todo límite, para lanzarse a un juego mortal capaz de arrastrar no sólo a sus actores sino también a los desprevenidos testigos de esos desplantes.
La desesperada actitud de ciertos criminales de hoy, con su presteza para la agresión o el uso de armas de fuego, puede estar empujada por factores múltiples (el consumo de drogas, el hábito de la violencia, la exclusión social, las patologías favorecidas por penurias ambientales) pero en todo caso constituye el terrible desafío que los ciudadanos deben enfrentar por sorpresa, en el lugar y el momento menos pensado.
Por detrás de esa tendencia, sin embargo, lo más atroz es la pérdida gradual del valor de la vida humana, esa noción que en las sociedades civilizadas asegura una coexistencia razonable, un goce de los derechos esenciales y un clima de concordia. Ese valor está en vías de extinción en este medio que supo ser incruento, y esa pérdida -que es el pico más temible de la inseguridad que sufrimos hoy- permite divisar un futuro nada alentador. El cambio de año se produce bajo esa sombra, ante la mirada impertérrita de las autoridades.