Pérdidas y conquistas

Durante las últimas décadas, la ciudad de Montevideo se ha caracterizado por mantener ingratas relaciones con sus salas de espectáculos. Algún cine bellísimo, como el Ambassador, fue destripado para convertir el predio en un estacionamiento, destino que también le ha tocado al Coventry, mientras otros que integraron igualmente la primera línea del circuito, como el Trocadero o el Radio City, se transformaron en recintos para el proselitismo de sectas extranjeras, cuya presencia en este medio delata el rumbo cultural (por no hablar del religioso) que está tomando la sociedad uruguaya. Otras salas céntricas -como el Ariel- albergan hoy un mercado persa de indumentaria, y la mayor de todas -el Censa- abrió paso a una modesta galería comercial. Claro que el paso del tiempo, y el cambio en los hábitos de la gente, explican esas transformaciones y la evaporación de espacios donde el público tuvo su esparcimiento durante buena parte del siglo XX.

Con las salas teatrales de la ciudad ha ocurrido algo similar, o quizá peor. Para comprobarlo conviene recordar que el Artigas (Andes y Colonia) fue uno de los recintos montevideanos más espaciosos y populares en su género, que albergó perdurables temporadas escénicas o coreográficas, hasta que en los fatales años 70 fue demolido con propósitos inciertos. El resultado ha sido un baldío donde se han estacionado autos a la intemperie durante más de tres décadas, colaborando a que el centro de la capital tenga una apariencia de abandono bastante imperdonable. El Odeón (Cerrito entre Ciudadela y Florida) fue otro de los teatros del casco urbano que mantuvo su nivel y su notable corriente de público hasta que fue devorado por un incendio del que no se ha recuperado.

También síntoma de ello fue la historia kilométrica de la reconstrucción del Sodre, cuyo Estudio Auditorio se había quemado en septiembre de 1971 y cuya futura sede debió esperar 37 años para que volvieran a encenderse en Mercedes y Andes las luces del flamante escenario y volvieran a ocuparse sus 2.000 localidades. Esos casos -la ruina del Odeón y las demoras del Sodre- son episodios a nivel estatal, como fueron característicos de la órbita municipal los altibajos de la restauración del Solís, durante los seis años que felizmente culminaron con la reapertura de agosto de 2004. Debe reconocerse, de cualquier manera, que con el Sodre y el Solís en funcionamiento, el Montevideo de hoy puede exhibir atenuantes para la accidentada historia de sus salas a través de incendios, postergaciones, envejecimientos, demoliciones y olvidos.

Por eso -por la inseguridad de que pueda rescatarse lo que se perdió y por los interminables plazos que a veces sufren las reconstrucciones- es que debe apreciarse doblemente cuando una iniciativa privada promete a la ciudad la inauguración de una nueva sala capaz de levantar los ánimos, enriquecer el circuito teatral y fertilizar las actividades artísticas montevideanas. Eso está ocurriendo ahora mismo en la esquina de Avenida Brasil y Juan Benito Blanco, donde pueden verse las etapas finales de construcción del edificio que albergará al Espacio Cultural Federico García Lorca. El futuro centro, que comprenderá una sala en tres niveles para 350 espectadores además de espacios para escuela de teatro, muestras de arte plástico y cafetería, entre otras dependencias, aportará a Pocitos (el barrio dotado de mayor densidad de población de la ciudad) el centro de irradiación teatral que hasta el momento no ha tenido.

La idea del Espacio Cultural Federico García Lorca fue impulsada a partir de 2005 por un grupo de uruguayos vinculados al medio escénico, con el apoyo de organismos públicos (Antel, Correo), para rescatar un predio que estaba vacío y abandonado en una ubicación envidiable. A ello se agregó la gestión personal de Enrique Iglesias para obtener un generoso aporte económico de entidades oficiales de España, que hicieron posible la realización del plan. Se cree que ese espacio podrá inaugurarse en los primeros meses de 2012, como gran noticia para el año nuevo.

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