La furia, según el diccionario, es un acceso de ira exaltada, un alto grado de irritación, un arranque de agresividad o de cólera. Ese estado, que permite pensar en algo vinculado al descontrol y revestido de violencia, es un hecho que caracteriza a numerosos acontecimientos -quizá los más graves o los peores- en el mundo de hoy. Cuando el fanatismo religioso provoca atentados trágicos en Pakistán, cuando el despotismo político reprime con un saldo de sangre las marchas populares en Siria, cuando el movimiento de los indignados invita a ocupar Wall Street, o cuando la multitud se aglomera y es baleada por el ejército en la plaza Tahrir de El Cairo, pueden contabilizarse los casos de furia que alteran el paisaje mundial.
Tristemente, esos y otros cuadros similares no son hechos aislados, y tampoco son trastornos agrupados por la casualidad, sino episodios sintomáticos de un clima social que estalla bajo la presión de un extremismo ideológico, una crisis económica o una intolerancia política, determinando que los grados de tensión colectiva se agudicen hasta explotar en esos pronunciamientos clamorosos, sombreados por la furia, como un absceso que se dilata y por fin revienta. En tales situaciones, la furia sobreviene cuando la paciencia se agota, el malestar se desborda, el fervor se enardece o las quejas se multiplican, promoviendo un oleaje que arrastra a todos, incluso a quienes eran inicialmente ajenos al núcleo de los iracundos.
Para entender las causas profundas que alimentan las fuentes de la furia -más allá de las razones inmediatas- hay que explorar el terreno del descontento, una base capaz de agitar la conducta de las masas humanas hasta el punto de condicionar el funcionamiento de toda la sociedad que las rodea. El estallido revolucionario en Francia (1789), en México (1910) o en Rusia (1917), fue incubado por el descontento y resulta inexplicable si no se indaga en el subsuelo de las emociones, como territorio aplastado por la opresión de un régimen, o en las napas de la insatisfacción generalizada que hicieron volar en pedazos aquellas sociedades. Porque esas corrientes empiezan desde abajo, silenciosamente, pero luego su onda sonora aumenta hasta alcanzar un estruendo que ya es incontenible.
Por eso hay que inquietarse cuando se producen desenfrenos masivos como el del radicalismo islamista (que busca aniquilar todo lo que no aprueba), los de la primavera árabe (capaz de desatar fuerzas tan peligrosas como las que pretendió combatir) y aún las del movimiento juvenil que protesta (en Madrid, en Nueva York o en Atenas) contra un descalabro financiero y contra los abusos bancarios o bursátiles que lo generaron. Porque esos fenómenos tienen una poderosa dinámica y sus consecuencias -las derivadas de un torrente de furia- pueden ser incalculables, descomponiendo la marcha de todo un sistema de vida, cuyos vicios intenta denunciar aunque sin poder medir los efectos de esa denuncia, que pueden escapar de las manos de sus promotores.
Los países no siempre se cuidan debidamente del malestar que surge en algunas de sus capas sociales. Aunque la comparación parezca exagerada frente a las grandes manifestaciones señaladas, en los brotes de criminalidad que perturban al Uruguay de hoy, también hay indicios de furia, reflejos de descontento y amenazas de que el proceso se agrave. Por lo pronto, lo que comenzó como un muestrario de asaltos improvisados, audaces y casi siempre incruentos, se ha oscurecido hasta llegar a un extremo de comportamientos asesinos que revela el desafío de vida o muerte al que se enfrenta actualmente esta sociedad. Eso quedó probado, sin ir más lejos, en el dramático saldo que tuvieron dos robos a supermercados en el Centro y en La Blanqueada, como si fuera el cabo de un ovillo que crecerá si no se remedia la penuria cultural (es decir, la incapacidad de los marginales para convivir como se debe) que pone en marcha esa cadena de violencias. También allí radica la matriz de la furia.