JORGE ABBONDANZA
Dos exposiciones de los integrantes del Centro de Tapicería del Uruguay, pueden verse en el subsuelo de la Torre Ejecutiva (Plaza Indepedencia) y el Museo Blanes (Millán 4015). El curador es Alfredo Torres.
Hay que retroceder cuatro décadas para ubicar el primer encuentro de tapices contemporáneos realizado en el país. En aquella época se trataba literalmente de tejedores, lo cual agregaba el valor de una extraordinaria laboriosidad al interés visual de los trabajos. Lo notable del movimiento local en esa materia es que sus integrantes han mantenido una cohesión a lo largo del tiempo y que la entidad que los agrupa (el CETU, Centro de Tapicería del Uruguay) ha sabido actuar en nombre de todos, por lo cual los certámenes y muestras colectivas se han mantenido vivos hasta hoy, cosa que no sucedió con ninguna de las otras artes aplicadas como la orfebrería o la cerámica.
A medida que pasaban los años, los lenguajes en el área textil fueron abriéndose gradualmente, independizándose de las técnicas del telar e incursionando por caminos experimentales cada día más libres, permitiendo saludar el alcance de esa innovación aunque también lamentar el abandono paulatino de la vieja disciplina de la trama y la urdimbre, que llegó a tener reconocidos niveles de virtuosismo y riquezas expresivas capaces de aproximar este género a la pintura. Pero la inventiva ha llegado a jugar su propio papel en la renovación de ideas y materiales, compensando el alejamiento de la maestría de un oficio en vías de desaparición y sustituyéndolo por los beneficios del cambio y los signos de modernidad, que han ensanchado los cauces para el abordaje de las obras en el gremio textil.
Actualmente están habilitadas dos exposiciones colectivas organizadas por el CETU, montadas por razones de espacio en dos sitios alejados entre sí, la Torre Ejecutiva de la Plaza Independencia -con ingreso por la calle Juncal- y el peristilo del patio trasero del Museo Blanes en el Prado. El tema vertebral de la convocatoria fue el Bicentenario del proceso emancipador del Uruguay, y unos cuantos artistas lucen su imaginación, su solidez conceptual, su ingenio y hasta su audacia para manejar recursos a veces insólitos en torno al motivo propuesto. Hay referencias concretas a esa celebración histórica y también variantes tangenciales o metafóricas para aludir a la huella de esos doscientos años.
TIEMPOS. En la Torre Ejecutiva cabe señalar la instalación presidida por el sobretodo de Batlle, descosido por los efectos del paso del tiempo sobre la prédica de quien lo vistió, o la mesa con un tablero de láminas sobre especies de pájaros donde algunas imágenes yacen (como extinguidas) bajo un vidrio roto y otras están intervenidas por tejidos que parecen preservarlas, invitando a reflexionar sobre la relación pasada y presente de este país con la naturaleza. La gracia de una confrontación entre viejos y nuevos manuales de Historia, el encanto evocativo de un antiguo uniforme militar en miniatura o los bancos de un aula por los cuales llueven los lazos azules de la indumentaria escolar, son otros aportes que vitalizan el conjunto, donde figuran nombres largamente vinculados al rubro textil, como Olga Bettas, Gómez Rifas, Cathy Burghi o la reaparecida Lilian Lipschitz.
En el Museo Blanes deben destacarse otras propuestas que aluden igualmente al curso de aquellos dos siglos y a las transformaciones que los han acompañado, como el regocijante contrastes entre dos épocas planteado por Rosa Ziegler (una tanga de hoy sobre un largo calzón con puntillas), la minuciosa reconstrucción del traje de Carlota Ferreira que realizó Julia Vicente de Estol, remitiendo a un ícono que sigue invicto a través del tiempo, o las tres etapas de un retrato de familia que se desvanece a medida que pasan los años, en el estupendo panel de Lilian Madfes, entre otros trabajos de singular interés que aportan Nazar Kazanchian, Álvaro Gelabert, Felipe Maqueira o Margaret Whyte.
Un amplio abanico de posibilidades se abre en ese doble desfile de artistas textiles, aunque lo más estimulante es la suma de presencias y de tareas, como demostración de que el espíritu de cuerpo que anima a los miembros del CETU sigue manteniéndose en pie y puede sobrevivir a dos espacios de exhibición que no son ideales, e incluso a unos montajes menos felices que el promedio de las obras incluidas en ellos.