JORGE ABBONDANZA
En la Galería de las Misiones (25 de Mayo 464) el martes a las 18.30 horas se abrirá una exposición de obras de José Gamarra, pintadas en París en el período 1964-1971. Quedará habilitada hasta el lunes 18 de noviembre.
Mucha gente sabe que Gamarra nació en Tacuarembó, pero son menos los que saben que además es peñarolense, aunque una de las obras de esta muestra no deja lugar a dudas. Esas referencias de su tierra lo acompañan ahora, que volvió por unos días al Uruguay para estar presente en la inauguración del martes. Será una alegría -no sólo para él- lo cual parece un sentimiento oportuno, porque a veces la alegría es un estado inseparable del trabajo creador.
En estas obras de Gamarra el gozo resulta visible, como si fuera un traslado directo del ánimo con que el artista emprendió su tarea. Esa sensación proviene de algunos componentes que son los motores del placer transmitido al contemplador: la explosión de fantasía, el dinamismo del diseño y la generosidad del color. Los tres factores se conjugan en una suerte de jubiloso desorden, para celebrar desde esta serie de pinturas un encuentro con la gracia, en el sentido múltiple de la palabra. De paso, esas imágenes abordadas por Gamarra en la etapa inicial de lo que sería su radicación definitiva en París, demuestran el efecto perdurable de un encanto visual que sigue fresco a través de las décadas y que se ubica -saludablemente- en el reverso de ciertas tendencias a la solemnidad, el dramatismo y la paleta severa que han prosperado en el arte plástico uruguayo durante largo tiempo, aunque no solo en él.
PUENTES. Observados desde la perspectiva de hoy, estos trabajos funcionan como un puente entre los grandes períodos de la trayectoria del pintor. La etapa previa fue la de los signos y relieves que marcaron su consagración local, donde Gamarra (joven meteórico, antes de cumplir 30 años) generaba una fricción muy seductora entre el semblante primitivo de esa escritura cuneiforme, el sensualismo táctil con que los caracteres brotaban de la superficie y el manto de suntuosidad casi bizantina que los cubría con el iridiscente tonalismo de dorados o azules. Armado de esas herramientas, el artista subió desde el peldaño en que se impuso inicialmente como revelación, en el filo de 1960, hacia una presencia de primera línea entre los colegas encumbrados del medio montevideano, rango con el que figuró no solamente en envíos a bienales internacionales (París, San Pablo, Córdoba, Venecia) sino además en dos ediciones del Premio Blanes que organizaba por invitación el Banco de la República, en la más memorable de las cuales sus obras se codeaban con las manchas negras de Hilda López, el riguroso geometrismo de Costigliolo, los paisajes atmosféricos de Damiani, las figuras humanas de Manolo Lima y las poderosas barras de Espínola Gómez.
El puente que tienden estas piezas de los años 60 y 70, va desde la decisiva formación del pintor con maestros locales (Vicente Martín) o brasileños (Iberé Camargo), pasando por aquel período culminante de su presencia en el país, hasta la etapa posterior donde Gamarra encaró el desafío de un formato monumental, sobre el que desplegó paisajes selváticos inspirados en la antigua iconografía del continente americano, pero profanados por la presencia de las naves voladoras de hoy. Lo hizo como un nuevo Humboldt dotado de mirada telescópica, que se asoma al paraíso perdido y le agrega el trasluz apenas sugerido de las amenazas bélicas, de Vietnam en adelante. Allí el artista resuelve sus estampas con un espectacular realismo descriptivo, propio de un documentalista, exhibiendo a esa altura de su carrera el formidable arco de sus posibilidades expresivas y sus disponibilidades técnicas, junto a un control magistral de la imaginación y de la carga de significados.
EXPERIENCIAS. Ese trecho de plenitud parece insinuarse en los cuadros de esta muestra, donde ya se instalan -en clave regocijante, es cierto- las máquinas voladoras, como si las extrajera del cofre de una juguetería para deleitar al público antes de pasar a conmoverlo con ideas mayores. Es inevitable asociar el espíritu contagioso de esos ejercicios con los estímulos de su llegada a un gran centro de irradiación artística, porque Gamarra en París irá transparentando su experiencia con los caminos expresivos que se han reflejado en su pintura, todavía vinculada en este caso con la huella de su quehacer montevideano y con ciertas líneas mayores de su modalidad, pero ganando más aire, el de una creciente libertad de formulación donde el desenfado metropolitano derrota a toda compostura provinciana. Y entonces también es irremediable que los uruguayos más sedentarios se sientan melancólicos ante la necesidad migratoria de muchos talentos que esta comarca ha visto alejarse hacia medios más incitantes, más ricos y fermentales, donde la sensibilidad puede obtener otras gratificaciones. En ese desfile ha marchado Gamarra entre ejemplares como Fonseca, Barcala, Sábat o Leopoldo Nóvoa, que han dado a este país más de lo que recibieron de él.
La extraordinaria generación de los años 60 que integró Gamarra, no ha tenido todos los apologistas necesarios ni las revisiones suficientes para que en la memoria de la gente quede grabado ese oleaje de innovadores del arte visual, cuyo calibre coincidió -de manera nada casual- con un momento de expansión cultural que no se prolongó demasiado ni se repetiría en el futuro. Mientras, el teatro montevideano alcanzaba su madurez luego de un repentino florecimiento, la música académica conquistaba en el plano sinfónico un rendimiento sin precedentes, el periodismo especializado llegaba a la mejor altura que tuvo en la historia uruguaya y la ciudad recibía esplendorosas temporadas escénicas del exterior, junto con muestras itinerantes de maestros mundiales y el mejor cine de procedencias múltiples. En ese marco creció aquella nómina de artistas plásticos en que se inscribe Gamarra. Después vendría un largo crepúsculo nacional.
Tener por el momento de visita a este uruguayo con una parte de su obra, es una forma de no perderlo del todo y de recuperar no sólo la alegría que inyectó a estos trabajos, sino además las satisfacciones adicionales de un bienvenido reencuentro.