El horrendo crimen terrorista del 11 de septiembre contra las emblemáticas Torres Gemelas de Nueva York, ha vuelto a cobrar momentum en estos días. Mañana se cumplen 10 años de aquella traicionera y mortífera agresión, que fiel a los tiempos en que vivimos, fue observada por el mundo entero, en las pantallas de la televisión, cual si se tratara de una de esas películas del rango "catástrofe", en medio de la incredulidad y el espanto de los involuntarios espectadores. Excepción hecha, claro está, de las mentes desvariadas que se habrán congratulado con el éxito de su operación, orgullosos de su capacidad para destruir y matar. Lo único en lo que esta gente fanática y cruel, que nada aporta a la humanidad, es capaz de descollar.
Más allá de la estela de dolor provocada por los miles de muertos y heridos que quedaron entre los escombros de las Torres y demás edificios, en el hueco tan gigantesco como fantasmal que se formó en un extremo de Manhattan, a poca distancia de donde la estatua de la Libertad surge del mar con todo su simbolismo, las negativas consecuencias del ataque terrorista son como una ciénaga que se ha expandido adentro y afuera de sus fronteras. Muchos de sus perjudiciales efectos habrán de permanecer, quien sabe hasta cuando, empezando por el daño infligido al "american way of life". Característica de una sociedad abierta, pluralista, respetuosa de las leyes, donde basta la palabra de la persona, al punto de que ni siquiera se usa cédula de identidad, ese documento del que los uruguayos no podemos prescindir.
Por supuesto que no todo es idílico en ese gran país, ni en ningún otro, pero estos rasgos que lo han distinguido marcadamente, han sido vulnerados a partir del atropello sufrido y la cultura de la confianza ha sido sustituida por la de la sospecha. El respeto por la privacidad y los derechos individuales ha cedido espacio frente al nuevo paradigma de la seguridad preventiva. Cierta legislación existente pero de escaso o nulo uso comenzó a aplicarse con mucho más firmeza, con el fin de descubrir posibles peligros. Durante 7 semanas se trató en el Congreso la llamada Ley Patriota, hasta que fue sancionada con el objetivo de "unir y fortalecer a Estados Unidos mediante el suministro de herramientas apropiadas para interceptar y obstruir el terrorismo de 2001".
En virtud de los adelantos tecnológicos, hubo que legislar teniendo en cuenta los cambios que ellos han producido. Se autorizó al Departamento de Justicia amplios poderes respecto de las escuchas telefónicas en operaciones de inteligencia. La combinación de los cambios legales y la avanzada tecnología se convirtió en una herramienta muy utilizada para conseguir información por parte de las autoridades, socavando derechos que hasta entonces ni se podían cuestionar. Al tiempo que los límites al abuso de poder fueron puestos a prueba, aun cuando se tuviera en consideración que se está enfrentando una guerra. Distinta, que opera en las sombras, pero guerra al fin. Bajo la premisa de la lucha preventiva, en Guantánamo mucha gente estuvo detenida sin cargos durante años, (uno de los que estuvieron allí presos, de vuelta en su región, apareció hace unos días en las noticias por haber cometido un acto terrorista ) y se transó con la tortura.
Junto a las incomodidades, a veces hasta vejatorias que hoy debe soportar cualquier viajero -otro legado del terrorismo mundial- los ciudadanos norteamericanos deben sustentar con sus impuestos, la gigantesca y costosa maquinaria burocrática que se ha creado para esta lucha, con los más de 800.000 funcionarios que forman parte del "Homeland Security". Pero al mismo tiempo, el hecho de que los abusos cometidos por el gobierno hayan tomado estado público, y que la prensa no tenga problemas por denunciar lo reprobable, demuestra que la democracia en Estados Unidos sigue gozando de buena salud. A diferencia de lo que sucede en tantas otras naciones del globo, incluidas muchas que revisten como democráticas, tal como ocurre en nuestro propio continente.