Ricardo Reilly Salaverri
Casi todos los uruguayos soñamos algún día -sueño del pibe- con ser artilleros de la selección celeste y del club de nuestros amores.
El tiempo se encargó de archivar tales sueños, como -incluso- para la mayoría de quienes han hecho del fútbol profesional opción de vida. La vida manda -en todas las horas- que el podio sea solo para unos pocos elegidos. Aunque, es comprensible aquella ilusión, porque quienes peinamos canas conocimos innumerables jornadas de gloria en el Estadio Centenario y el exterior, con vibrantes relatos de grandes -ayer- en su oficio como Carlos Solé y Heber Pinto, ilustrados luego -con el avance tecnológico- por la imagen televisiva en blanco y negro, que hoy ha evolucionado a desarrollos coloridos espectaculares e incalificables. Por otra parte, el fútbol uruguayo tiene a nivel mundial y en proporción a lo que es el país, una dimensión mágica, que aviva cualquier ilusión.
Los últimos resultados mundiales y continentales de nuestro seleccionado nacional han evidenciado una dirección técnica austera en el gesto y eficiente en la gestión, y a un núcleo de muchachos que "no se la creen". Pese a que son una elite, están integrando equipos del más alto nivel mundial y, que casi todos, han ganado auténticas y merecidas fortunas, de volumen impensable de lograr por gente exitosa en todos los órdenes de la vida y los emprendimientos en nuestro medio. Y, a nadie se le ocurre decir que esto está mal, que no deben ganar, no pensar en sus familias, repartir lo que han ganado con quienes no tienen suceso, que merecen condena pública por el éxito y otras cosas por el estilo.
Como el del fútbol es un idioma que todos comprendemos sin necesidad de mayores estudios, cabe preguntarse: ¿es que acaso la realidad normal en los demás órdenes de la vida que no son el fútbol no es igual?
Desde los orígenes de los tiempos y de Occidente, eminencias del pensamiento consideraban al tema y daban respuestas a planteos semejantes. No obstante, con el ejemplo tratado basta.
Actualmente, los extraordinarios esfuerzos realizados por la agropecuaria nacional, impulsados por una realidad universal que abre espacios formidables a sus resultados, y permite crecer al país y distribuir bienestar, en vez del aplauso del gobierno, merecen castigos. La agricultura revolucionaria, el haber sostenido a lo largo de más de 100 años una ganadería que hace hoy de las carnes uruguayas lo mejor del mundo, que abre las puertas de los mercados más exigentes, a los que pocos acceden, no merece medallas. Merece solo incomprensión urbana, desaliento a la inversión, amenazas de azotes tributarios confiscatorios nacidos de la envidia y la incapacidad burocrática.
Son una victoria celeste tan válida como la anterior. Y, entendámonos, que en la actividad empresarial como en el fútbol están los que llegan y los que no, los que sobreviven y los que se caen, los que de la nada llegan al éxito, y a que, en definitiva, rige en la democracia económica la movilidad social. La posibilidad de subir y la de caer. Señores: dejemos quieto lo que funciona. Y, ¡fuerza toda la celeste!