Ruben Loza Aguerrebere
Cuando festejó sus 170 años el Departamento de Lavalleja, el entonces intendente municipal, escribano Herman Vergara, le realizó un homenaje especial al historiador y académico Aníbal Barrios Pintos. Procuraba, aquel 16 de junio, y lo logró, otorgarle un reconocimiento en su ciudad natal, al ilustre historiador, que entonces contaba 88 años, así como homenajear en él a todos los minuanos destacados que andan por el mundo y por el cielo.
La semana pasada, el 1º de junio, en una reunión del Instituto Histórico y Geográfico, súbitamente el historiador dejó de existir, a los 92 años.
Sobran méritos para considerarle uno de los más importantes de nuestro país, al ilustre miembro de la Academia Nacional de Letras, cuya vicepresidencia ejercía. Es tarea casi imposible mencionar todos sus libros de historia, sus revistas, sus cientos de artículos sobre el pasado nacional, sus aportes a congresos internacionales y su fenomenal historial de cada uno de los Departamentos del Uruguay, con el suyo, como era dable esperar, en lugar destacado. Deja además importantísima obra terminada.
Fue amigo entrañable de Santiago Dossetti, escritor, fundador de la Casa de la Cultura de Minas (primera del Uruguay, en 1955) y también académico. Asistió a la creación del libro "Bajo la misma sombra", donde se reunieron los entonces jovencísimos poetas Morosoli, Casas Araújo, Cajaraville, Cuadri y Magri. Fue amigo cercano de Julio da Rosa, Visca y Real de Azúa, entre tantos otros.
Perdóneseme la primera persona, pero aquel día que he mencionado, me cupo el honor de acompañarle, ida y vuelta a Minas, desde Montevideo. Con el sol por encima de las colinas, al llegar buscamos su casa natal. La ubicó, muy cambiada, en una calle que ya no se llama Tapes. Y luego, en la calle Carabajal, donde vivieron sus abuelos y pasó su infancia, no pudo encontrar la casona de la que tenía recuerdos. Intuyendo sus emociones pensé: quién lo diría, dar un paseo por Minas y hacer una expedición al pasado, y nada menos con tan prestigioso historiador como guía. Podía sumar además nostalgias mías.
En la Plaza Libertad, donde el héroe rige su cabalgadura de cara a la Catedral de dos torres (para una de ellas, mis ascendientes donaron una de las campanas), supongo que Barrios Pintos evocaría al verla al niño que, fue soñando con ser hombre. Acaso los dos nos agitamos por ausencias queridas de Minas, por emociones suscitadas por el recuerdo, cada cual en su silencio para que el espíritu pudiera aliviarse. Porque una ciudad es como la vida: la descubrimos mientras la caminamos, y ella, a su vez, nos ayuda a encontrarnos a nosotros mismos.
Al retorno a Montevideo, después del homenaje al destacado historiador minuano, hicimos un trayecto en silencio, no muy breve, pero lo suficiente como para entender qué lejos estamos de quienes fuimos. Sobre todo don Aníbal Barrios Pintos, un hombre infinitamente generoso, dueño de una caudalosa obra, abarcadora del país entero.
Ahora, que Barrios Pintos no está con nosotros, cuanto hizo trabaja por él.