Fervoroso alegato

JORGE ABBONDANZA

El martes pasado se publicó en la página correspondiente de El País la carta de una lectora despachada desde Australia, quejándose de que "le cambian el nombre a los miembros de la familia real del Reino Unido". Conviene tranquilizar a la remitente indicándole que al llamar Isabel a Elizabeth, la gente de habla hispana -que es mucha, como esa lectora debe saber- no cambia un nombre sino que sencillamente lo traduce al español. Ella misma lo reconoce al decir que Isabel es "como siempre la llaman", de manera que acusar a 300 millones de personas por cometer un mismo error, es una batalla perdida de antemano, por no decir que constituye una afrenta cultural.

La lectora querría que al príncipe Carlos lo llamen Charles, porque "al actor Charles Bronson y a muchos otros nadie los llamó nunca Carlos", en lo cual se equivoca porque durante décadas los admiradores de habla castellana han llamado Carlitos a Charles Chaplin. Pero el fervor monárquico de la lectora llega más lejos al hablar luego del "príncipe Charles (el príncipe de Wales)", con lo cual parece ignorar que en español Wales se llama Gales, y así figura en cualquier diccionario. De acuerdo a su curiosa mezcla de idiomas, estaría entonces obligada a decir que Isabel es la reina de England, un país cuyo nombre también tiene traducción correcta, aunque señalárselo sería un insulto a sus conocimientos geográficos.

La lectora considera que "es ridículo" y puede "colmar la ignorancia" ese hábito de traducir los nombres. Para que nadie incurra en ridiculeces o ignorancias, corresponde informarle que las palabras reina y príncipe se escriben en español con minúscula, sobre todo si van seguidas del nombre propio de cada uno, y que al hablar de "la Familia Real" también es aconsejable escribirlo sin mayúsculas, sobre todo cuando la carta va dirigida a un país republicano donde Isabel no figura como reina, a diferencia de lo que ocurre en Australia.

Resulta oportuno recordar cuántas cosas cambian de nombre y hasta despistan a la gente al pasar de una lengua a otra. Para comprobarlo, conviene saber que en italiano Monaco da Baviera no es el principado vecino a Montecarlo sino la ciudad alemana de München, que en español se llama Munich; que en francés Genève no es Génova sino Ginebra, y que en alemán el Palatinado se llama Pfalz, entre muchas otras curiosidades. Asimismo sería necesario recordar a los ingleses (y australianos) que verbalmente también existen reglas, por lo cual Gibraltar debe pronunciarse como en español (para no decir Yibroltar), así como Trafalgar debe acentuarse por vía oral en la tercera sílaba y no en la segunda, como hacen en la Commonwealth. Lo contrario sería colmar la ignorancia, como pretenden enseñar por carta desde el otro lado del mundo.

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