MATÍAS CASTRO
Ayer me acordaba de que alguna vez Silvia Süller contó que durante sus años de esplendor como vedette se dedicó a viajar por todos lados en primera clase. Durante esos buenos tiempos aprovechó el dinero que ganaba en lujos grandes que hoy son materia de recuerdos. Ahora, o más bien desde hace años, Süller es vista como una figura decadente y un personaje televisivo que esporádicamente puede aportar unos magros puntos extra de rating. Para algunas figuras del espectáculo la vida puede ser muy cruel. La carrera en ese medio lo es, de hecho y no cualquiera puede llegar a la vejez o a la madurez con cierta dignidad.
Un rato después de recordar lo de Süller me encontré con que Yvette Vickers fue hallada muerta, momificada en su casa. Vickers fue una diva en los años cincuenta en Estados Unidos y tuvo su momento de gloria como coprotagonista de películas de género y clase B como El ataque de la mujer de 50 pies y El ataque de las babosas gigantes. Como se ve, tampoco vivió el esplendor de las grandes figuras de Hollywood de su tiempo, pero tuvo oportunidades de disfrutar de un trabajo que más o menos funcionaba y que tenía seguidores.
Vickers trabajó con algo de continuidad hasta 1976 y de ahí en más no volvió a hacer cine ni televisión, excepto por un cameo en una película de 1990. En estos treinta y cinco años dejó muy atrás sus tiempos de modelo de Playboy y actriz famosa y recorrió un camino que la llevó hasta convertirse en una momia. La fecha de su muerte no se sabe. Una vecina entró a su apartamento y allí encontró el cuerpo, en medio de un gran desorden y suciedad.
En carreras como las mencionadas juegan varios factores a la vez. Por un lado está la suerte. Y por otro está la capacidad de cada uno para encontrar nuevas alternativas y adaptarse. La inteligencia, el sentido común y el carisma son parte del asunto. Tenerlos no garantiza nada, pero al menos ayuda a mantenerse con cierta elegancia.