JORGE ABBONDANZA
La parábola creadora de Miguel Ángel Pareja (1908-1984) fue muy larga y sus etapas pueden observarse en la selección que se exhibe en el hall y subsuelo de la Torre Ejecutiva, con entrada por Plaza Independencia o calle Liniers.
Recorrer esa muestra es una fuente de interés y de placer, pero además es otro reencuentro con un artista que al margen de su fervorosa docencia fue pintor, dibujante, grabador, muralista, escenógrafo y mosaiquista. Las décadas de actividad de Pareja coincidieron en el Uruguay con el surgimiento de poderosas corrientes de lenguaje que marcaron a buena parte de los plásticos, desde el constructivismo torresgarciano hasta el informalismo, y sin embargo Pareja no se incorporó a ninguna de ellas. El horario de visita es entre 10 horas y 18 horas, de lunes a viernes, hasta el 29 de abril.
Pareja ejerció indomablemente su autonomía expresiva, guiándose solamente por lo que le dictaba su necesidad creadora en cada momento de esa trayectoria, y semejante independencia personal le asegura un sitio bastante único en la perspectiva de la pintura nacional del siglo XX.
En esta selección, luego de algunos encantadores trabajos de juventud (un jardín, una jarra bastante morandiana) puede observarse que su estilo transitó por una vertiente cercana al expresionismo en que la figura humana y el espacio que la envuelve adquieren una gradual deformación, resuelta con robustez de trazo y empleo de texturas que encrespan esa opulencia formal. Poco a poco irá desprendiéndose de lo representativo para ingresar a un terreno donde se maneja con signos de creciente simplicidad (grandes líneas, cuadrados distorsionados, manchas de color plano).
Entonces llega el período que cabe retener como el apogeo de sus medios visuales. Es el de los años 50, en que esos diagramas abstractos, con el respaldo de una discreta geometría dinamizada por la desenvoltura de la pincelada, alcanzan una plenitud por donde respira mejor que nunca su sensibilidad. Allí Pareja ya expande un dominio de su instrumental que le permite transmitir esa envidiable sensación de libertad operativa en que un estilo conquista la maestría para lograr -entre otras cosas- la comunicación más disfrutable con quienes lo contemplan. Lo consigue con pocos elementos y trazos sueltos bañados por un cromatismo luminoso, porque su obra es invadida por celestes, bermellones y amarillos cuya conjunción determina un estallido contagioso, como si en esas piezas que llamó Composiciones hubiera llegado a la meta definitiva de una modalidad que venía creciendo en su producción desde hacía tiempo.
Parte de ese logro abarcará obras de las décadas siguientes, incluyendo algunos mosaicos y algún cartón que otras manos pasarán al tapiz.
La amplia colección que puede verse en la sede del Poder Ejecutivo, pasará luego a exponerse en el Centro Cultural Miguel Ángel Pareja, entidad a crearse en el antiguo edificio de la estación ferroviaria de Las Piedras, una localidad en que el pintor vivió durante muchos años. La iniciativa tiene el interés adicional de que su futura sede fue la primera estación de trenes levantada por los ingleses en el interior del país. Y justamente porque el Uruguay no suele tener una memoria demasiado fiel para preservar el recuerdo de los artistas desaparecidos, la fundación de ese centro cultural resulta un emprendimiento doblemente bienvenido y un acto de justicia para que no se borre la huella de esta obra, a través de la cual Pareja seguirá estando presente.