Mujeres al volante

Álvaro Casal

Con motivo del centenario de la primera vez que se celebró el Día de la Mujer, se han formulado comentarios y reflexiones diversos. Pero no parece haberse recordado debidamente, otro centenario que está vinculado con el tema.

Corría la segunda mitad del mes de abril de 1911 y los montevideanos estaban todavía horrorizados por un accidente que había tenido lugar en la esquina de las calles Mercedes y Médanos. Allí, una niña de cinco años, que cruzaba la calzada con su abuelo, fue arrollada por un automóvil. Aquella muerte llevó a que se reiteraran las invocaciones contra el transporte automotor. Incluso había quienes sostenían que debía prohibirse este tipo de vehículos y limitar el tránsito al de peatones, caballos, carros y carruajes.

En eso se estaba, cuando ocurrió lo que muchos creyeron podría llegar a ser un desastre: ante la Municipalidad de Montevideo, se había presentado una mujer, pidiendo autorización para manejar. El sorprendente planteo no tenía antecedentes. La Dirección de Rodados, que debía entender en el tema, se sintió superada y pasó el asunto a Obras Municipales. Esta dependencia trasladó todo el tema al asesor letrado. Éste analizó cuidadosamente el caso, redactó su informe y entonces la cuestión quedó en manos del Intendente de Montevideo, don Ramón V. Benzano. Pero a esta altura y quizás considerando el revuelo, Benzano tampoco creyó poder decidir por sí solo si una dama era capaz de conducir un carruaje sin caballos. Pidió decisión a la Junta Departamental.

La Junta debatió el caso y en la noche del 20 de abril de 1911 se atrevió a conceder a la señora los mismos derechos que a los caballeros. La aspirante a conductor podía aspirar a manejar.

María Amelia Behrens rindió los exámenes pertinentes y quienes la examinaron tuvieron que admitir que se desempeñó con soltura. Aun teniendo en cuenta inconvenientes que eran más arduos de sortear para una mujer que para un hombre, como el hecho de que los autos de entonces se arrancaban a manija (no se había inventado aún el arranque eléctrico). Luego pagó cincuenta centésimos por la libreta y salió a circular entre los "¡oh!" y los "¡ah!" de los transeúntes.

Muchos creyeron con sinceridad que las mujeres al volante serían un peligro para la circulación.

En realidad se equivocaron. La Junta Departamental de Montevideo del año once acertó al autorizar el automovilismo femenino: no demoró en comprobarse que las mujeres suelen sufrir menos accidentes que los hombres. Esto tal vez se deba a que frecuentemente los hombres usan el auto como una prolongación de su machismo, sintiendo que el tránsito es un terreno donde deben dirimirse desafíos típicamente masculinos. En cambio, las mujeres suelen considerar el auto simplemente como debe ser: un medio de transporte práctico y no un medio para demostrar superioridad.

Sin embargo y lamentablemente, cien años después, frente a una presunta mala maniobra femenina, todavía suele escucharse a algún conductor exclamando: "¡Mujer tenías que ser!".

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