Buenos Aires | Astor Piazzolla, una de las máximas expresiones artísticas argentinas, refundador del tango en los años 60 hasta instalarlo en el mundo como "música contemporánea de la ciudad de Buenos Aires", hubiera cumplido ayer 90 años.
"Mi padre, como músico internacional, representó una identidad, y como ser humano fue un artista que no resignó sus principios, que nunca bajó los brazos", recordó su hija Diana, escritora, en una entrevista para la Asociación Cultural Toscana de Buenos Aires. "¿Pero quiénes somos nosotros?", se interrogó la escritora, y respondió: "Somos Piazzolla, Cortázar, Borges y otro tipo de gente como ésta".
Astor, nacido en Mar del Plata, fue llevado de niño a Nueva York, otra ciudad "crisol de razas, donde vivió de los 3 a los 15 años". Pero tampoco le fue bien en Nueva York, donde para mantener a su familia se presentaba vestido de guapo en un cabaret, algo que jamás habría hecho en Argentina. Entonces volvió a Buenos Aires con su esposa y sus dos hijos.
El bandoneón no fue un amor a primera vista del gran Astor, según su hija, lugar que en cambio ocupaba la armónica. "Pero su padre se lo regaló para un cumpleaños, el 11 de marzo de 1929, y lo obligó a estudiar. Y el instrumento fue desde entonces parte de él mismo", relató.
La obra de Piazzolla "es sin duda una fuerte influencia para los músicos de hoy, porque abrió caminos incorporando al tango elementos que no tenía y por la difusión que logró para el género a nivel internacional", opinó por su parte el joven bandoneonista Camilo Ferrero.
"Pero sin cuestionarlo ni desmerecer en lo más mínimo su genio, así como abrió caminos, cerró una parte del tango también maravillosa que costó recuperar en el género", agregó Ferrero aludiendo al tango pre-Piazzolla. "Mi generación arrancó con él, pero sin el universo que estaba atrás, que el mismo Astor había absorbido", explicó el bandoneonista. ANSA.