Washington Beltrán

Hace hoy tres años, un nuboso 19 de febrero, abandonaba esta vida terrestre un gigante de la política nacional. Aunque están siempre con nosotros su recuerdo, sus enseñanzas, su valentía, sus virtudes y su simpatía. Fue un verdadero hidalgo, no sólo en su actividad en el Partido Nacional, desde muy joven, sino después, llegando a Diputado, a Senador y a la Presidencia del Consejo Nacional de Gobierno. Siempre agradable, pero cuando cabía, sabía ser enérgico, con un dominio extraordinario de la oratoria, que lo destacaba en todos los ambientes en que actuaba.

Su pluma era brillante y franca. Sus editoriales en El País se enmarcaban, naturalmente, dentro de sus ideales partidarios; pero sabía discrepar y disentir por todo lo alto, con respecto a sus adversarios. Nunca utilizó el término "enemigos", porque no los concebía. En ese terreno, demostró paciencia y caballerosidad, en terribles momentos en que la oposición enfrentaba duramente muchos proyectos y planteos presentados por su Partido, tolerando extensas sesiones de Comisiones, pedidos de informes y hasta duros calificativos, todo lo cual significaba demoras de meses en momentos muy difíciles para el país. Ante ellos, expresaba con calma y franqueza y con sólidos argumentos, sus precisas opiniones.

Tuve el honor de conocerlo personalmente allá por el año 1953, aunque desde mucho tiempo atrás me deleitaba leyendo sus crónicas. En ese entonces era Diputado y en Comisión se trataba un tema relativo a la difícil situación cambiaria y al peligroso futuro que preveía en pocos años más. Terminada la sesión, me invitó a su despacho y manifestó su gran preocupación por la maraña de reglamentaciones, contralores e inmovilidad, con que actuaba el Gobierno de entonces. Después, durante el primer Gobierno del Partido, tuvimos varios diálogos, allá en el viejo "Aguila", y siempre, a pesar de disentir en algunos temas, supo guardar su temple y caballerosidad.

Durante el gobierno de facto, me sinceró los sufrimientos que había soportado con estoicismo. En esa época, sus editoriales seguían mostrando su valentía y su rectitud. El, que nunca manifestó rencor por la muerte de su padre en el trágico duelo, cuando contaba apenas cinco años de edad, pero que acunaba una amargura interior, debió enfrentarse en la dictadura a la pérdida de su condición de político. Y, con la frente alta, cuando tenía más de sesenta años, volvió a su profesión activa de abogado, la que supo desarrollar con dignidad, después de haber sido Jefe de Estado.

Fue la época en que se recogieron muchos de sus escritos en "Mandato, tinta y pasión", y más tarde, en 1989, la muy oportuna "Pamperada Blanca", de la que guardo como tesoro un ejemplar, que me dedicó con expresiones que, sólo él, sabía emplear en la forma que lo hizo. El libro fue un momento mágico en la vida de ese gran hombre, escrito con pasión, estimulando nuestras emociones, haciendo un "racconto" de la trágica situación del Uruguay a fines de 1958. Pero nunca empleó el término "herencia maldita". No hubiera podido. Su estilo, su respeto y su grandeza, nunca lo llevaron a ese terreno bajo y despreciable. Sólo dijo la verdad. La verdad documentada, para destacar la tremenda obra de reconstrucción que le tocaba a su Partido, para la salvación de su país. Analizó la tarea realizada por los dos gobiernos blancos y expresó, con claridad y mesura, lo mucho que se hizo y que se dejó preparado, en bien de la Patria. Pero también señaló el inmovilismo y las dificultades que significaba el sistema de colegiado, "una experiencia de 16 años de frenos y zanjas".

"Pamperada Blanca" es una convocatoria al Partido Nacional para superar las disensiones internas y luchar todos juntos. Y lo hizo con tal pasión, que nos hizo sentir dolor. Pero lamentablemente, no alcanzó a lograr sus deseos en 1966. El "proscripto político" de 1973, logró sin embargo, enfrentar a la dictadura con su pluma y su libro, "para no quedarse con tantas cosas adentro", como dijera Vaz Ferreira. ¡Y vaya obra que dejó entonces! Escritos para que lean los jóvenes de hoy y los viejos de ayer, como un Norte, una guía, un sentimiento, un desafío...

La última oportunidad, la despedida, cuando bajamos la escalinata del Palacio Legislativo, con infinita congoja, se nos visualizó un recuerdo: su sonrisa. Una sonrisa franca y agradable, nunca superior o vacía, sin responder a cálculos previos. Sonreía sencillamente, naturalmente, como quedó fijada en esa fotografía que guardan con cariño sus hijos y que la tenemos presente en las reuniones de trabajo en la sala de El País, el órgano que recogió sus mejores pensamientos. Vaya un recuerdo final para una mujer excepcional, como fue su madre, su señora, para sus hermanos, sus hijos, nietos y bisnietos, para que mantengan siempre vivo el recuerdo de ese gran hombre.

Y como punto final, recuerdo una placa de bronce a la entrada del recorrido de graduación en la Universidad de Cambridge: "En la ceremonia de graduación, el estudiante entra por la Puerta de la Humildad, atraviesa el patio y pasa por la Puerta de la Sabiduría, e ingresa al Senado por la Puerta del Honor, a donde recibirá el título de graduado". Por allí debe haber pasado el espíritu de Washington Beltrán.

Juan Eduardo Azzini

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