El Caribe es un rosario de islas, a cual más linda, con un verano constante y a pleno sol. Y una de las más singulares es la holandesa St. Maarten y la francesa St. Martin, que comparten 87 kilómetros cuadrados.
En el día, con salidas desde Montevideo vía Panamá en alas del reconocido servicio de Copa Airlines, se llega los días martes y sábado al Aeropuerto Internacional Princess Juliana a las 4.17 p.m. Esta isla de cielo despejado, blancas arenas y agua turquesa fue divisada por el navegante Cristóbal Colón el 11 de noviembre de 1493. Cuenta con 37 playas, una atractiva arquitectura colonial, amplia gastronomía y una gran vida nocturna.
Bajo el mismo sol conviven dos naciones. No hay fronteras al pasar de una parte a la otra. Reina la integración coronada por una paz de 350 años. Es una isla amigable, como dicen las placas de los autos (friendly island).
Sus principales ciudades son Marigot, en el lado francés, y Philipsburg, en el lado holandés. El visitante recorre la isla sin dificultades. No hay inmigración ni aduana al pasar de las Antillas Holandesas a las Antillas Francesas, solo un cambio de bandera y un monolito en el límite para la fotografía de recuerdo. Son dos países donde reina la naturaleza y el encuentro con el ingrediente de la fusión caribeña y el aporte de inmigrantes que llegaron desde 70 países buscando paz y trabajo.
Sus 70 mil habitantes saben que su industria es el turismo. Y apuestan a mejorar los servicios para recibir alrededor de un millón de visitantes por año. Por eso invirtieron en infraestructura, con aeropuertos y puertos de primer nivel. En ese paraíso terrenal, los holandeses confirman su habilidad para los negocios y los franceses aportan su arte de vivir en el que son maestros. Todos la pasan muy bien, propios y extraños, en 87 kilómetros cuadrados exclusivamente pensados para el mejor disfrute del turista.
La capital de St. Maarten, Philipsburg, es una pintoresca ciudad con medio millar de construcciones en madera, al estilo holandés, con colorido variado y adonde se venden artículos a la mitad de precio, por lo que la nube de turistas recala para hacer allí compras. También en las zonas costeras se establecen mercados de venta de productos locales y frutos del lugar, en especial, bananas.
Entre los lugares a ser visitados por los turistas, un zoológico resulta de gran interés para los niños, un museo rescata la historia de la isla, hay 12 casinos y varios clubes nocturnos. El carnaval también es digno de verse y allí se celebra después de la Pascua: es la fiesta oficial en homenaje a la reina Juliana, el 30 de abril, y se realizan concursos de bailes y de disfraces.
Para los amantes de los deportes, hay muchas posibilidades, aunque la vela, el buceo y el snorkel dominan las preferencias bajo el brillo de un extraordinario clima caribeño y los arrecifes de coral. Los más aventureros también pueden hacer surf, probar parasailing y paracaidismo, recorrer la isla en moto, transformarse en capitanes para pescar en alta mar o descender a las profundidades y explorar los antiguos barcos hundidos.
En tanto, aquellos que buscan un refugio para el descanso y el relax, sin agotamiento físico, bien pueden optar por una reposera para no hacer nada salvo lograr un tostado tropical acompañado por una noble bebida con graduación alcohólica o un jugo natural. A medida que el tiempo pasa en armonía con la naturaleza, más se alejan los problemas terrenales que nos aquejan el resto del año.
Buenas carreteras con mucho tránsito nos llevan a la parte norte donde hay playas más solitarias y varios atractivos ecológicos. Un paseo que podría titularse mar y sierras con muchos miradores para hacer escalas y sacar fotografías. O salir de cabalgata cerca del monte Flagstaff, un volcán extinto.
La isla cuenta con un amplio menú de propuestas en alojamientos, desde elegantes villas privadas y complejos turísticos orientados a la familia, pasando por pintorescas cabañas y spa resorts de lujo. De acuerdo con cada temperamento se elige el lugar. En la parte holandesa predominan los grandes resorts con casino incluido, y en la francesa hoteles igualmente cómodos, pero más alejados y donde el juego está prohibido. En un caso predomina la diversión y en otros, el relax.
Se come bien en todas partes, ya que el destino es considerado como la "Capital Gastronómica del Caribe" por sus más de 400 restaurantes de los más variados estilos. Los turistas pueden elegir entre platos franceses, holandeses, caribeños, creole, italianos, chinos, indonesios y cocina de autor.
Al caer el sol, comienza una intensa vida nocturna. En la parte francesa no se acuestan tarde, pero en la holandesa los casinos y su mundo anexo, las discotecas, están abiertas hasta las tres de la madrugada. También los restaurantes. Uno de ellos se llama Tentación y merece el título porque es un ataque a los sentidos, desde la iluminación hasta el piano bar. Los puntos más concurridos se encuentran en Maho, Simpson Bay, Philipsburg y Cupecoy. Si la noche se prolonga tanto como para convertirse en mañana una opción es dirigirse a Dawn Beach para disfrutar del sol mientras emerge del Atlántico.
Antes de levantar vuelo de regreso a Montevideo, aún hay tiempo para realizar una última compra en las tiendas, que son libres de impuestos, para adquirir desde una joya hasta objetos de recuerdo a lo largo de Front Street en Philipsburg, que es el epicentro de las compras. Pero esto no es todo. Porque antes de partir y por su ubicación e infraestructura, desde St. Maarten también se puede visitar las islas vecinas como Saba, St. Barths y Anguilla, para después sí regresar a la vida cotidiana.
Algunas imperdibles
Pic du Paradis es la cumbre más alta de la isla y ofrece una vista impresionante. De Friar`s Bay Beach parte un camino rústico rodeado de árboles que llega a este pico, el punto más alto de St. Maarten, que cuenta con dos áreas de observación.
Ingenio azucarero en el pasado, Loterie Farm es ahora una inmensa granja donde los propietarios han organizado eco-senderos.
El Zoológico y Jardín Botánico de St. Maarten es otra de las actividades elegidas por los más pequeños con más de 80 especies autóctonas de mamíferos, reptiles y aves para descubrir.
Monte Concordia, que se eleva a lo largo de la frontera en el centro de la isla. En 1648, se firmó allí el tratado que dividió la isla entre los franceses y los holandeses.
Cole Bay Hill tiene una plataforma de observación que permite observar las islas circundantes incluyendo Anguila, Saba, St. Eustatius, St. Kitts y Nevis.