A. LALUZ
Jueves 16, Auditorio Adela Reta del Sodre. Luego de un espectáculo de dos horas y minutos de duración, el juicio fue unánime: Leopoldo Federico dio más de lo que se esperaba, y reconfirmó, a los 83 años, la plena vitalidad de su técnica y musicalidad.
Los especialistas, virtuosos en el manejo de nombres, fechas, títulos discográficos, historias tangueras, lo advirtieron antes de comenzar el show: Federico es, además de una leyenda, "un hombre humilde, sin divismos", que desde mediados del pasado siglo se distinguió por entregar, en los escenarios, en los discos, interpretaciones que superaban cualquier previsión o expectativa. Y así fue.
Con su orquesta completa regresó a Uruguay para homenajear a Julio Sosa, con quien formara, a comienzos de la década de 1960, una dupla memorable para el tango. Y la oportunidad, sabían todos, era única y quizás irrepetible. Por ello la agenda que tenía programada, a partir del mediodía, casi no le dejó espacio para el descanso.
A primera hora de la tarde viajó a Las Piedras, ciudad natal del Varón del Tango, y allí, en un acto oficial antes de un almuerzo de bienvenida, fue nombrado Visitante de Honor por el Intendente de Canelones, Marcos Carámbula. Horas después regresó a Montevideo para participar en la presentación del libro Leopoldo Federico, el inefable bandoneón del tango, de Jorge Dimov y Esther Echenmbaum. Pero, seguramente, por el cansancio, el calor agobiante, optó por quedarse en el hotel y esperar a la hora del concierto.
MIRÁ, AHÍ ESTÁ. Minutos antes del concierto, en la entrada principal, por la calle Andes, del Auditorio Adela Reta del Sodre.
"Sí... viste que no estuvo en la presentación del libro... así que seguramente va a entrar por la parte de atrás", comentó uno de los responsables de la producción.
Poco después se escuchó: "¿No es él?"; "sí, mirá, ahí está". Leopoldo Federico tomó por sorpresa a todos. Bajó con cierta dificultad de un auto, le acercaron el bastón, y un asistente lo tomó de la mano para guiarlo, mientras la gente, sorprendida, se fue sumando a un estruendoso aplauso.
Él, como si nada. Siempre sonriendo, con paso lento, sin "alaracas de famoso" -comentó alguien, a la vez que preparaba su máquina de fotos-, recorrió el largo trecho que separa la calle de la zona de acceso a los ascensores del Auditorio, como cualquier hijo de vecino. La larga cola que allí se había formado también dudó si era él. El alboroto del hall de entrada dio la pista: Federico efectivamente estaba allí.
POR QUÉ CANTO ASÍ. Así se tituló este homenaje a Julio Sosa, en el que se alinearon algunas variables históricas: el demorado retorno de Leopoldo Federico al país, que al final se concretó en la todavía flamante sala principal del nuevo Auditorio del Sodre; el relativamente reciente aniversario, el número 46, de la muerte del cantor pedrense en un accidente automovilístico en Buenos Aires, y que reavivó la memoria de la original dupla que formó con Federico en los años sesenta; y la también reciente controversia que desató el filósofo Néstor Cordero, miembro de la Academia Nacional del Tango, al desacreditar públicamente la figura y el aporte musical del Varón del Tango.
Ninguna de estas variables estuvo ausente de este Por qué canto así. Tampoco el joven quinteto La Mufa (Martín Pugin en bandoneón, Alejandro Migues en piano, Jorge Pi en contrabajo, Andrés Ibarburu en chelo y Vivianne Graf en violín), que abrió el espectáculo con una breve y solvente performance.
Luego del intervalo que siguió a La Mufa, la proyección de un audiovisual que reunió algunas conocidas interpretaciones de Sosa fue definiendo un contraluz en el que se marcaba la silueta de una orquesta de once músicos en silencio. En la fila de cuatro bandoneones, la figura de Federico resaltaba con su smoking blanco, con las manos listas para tocar y la tensión muscular justas para indicar el comienzo con un gesto mínimo.
Se encendieron las luces sobre el escenario y Gallo ciego detonó el potente sonido de la orquesta. Y bien se podría agregar, sin caer en el pecado de la exageración, que fue imparable.
Durante dos horas y poco, el público se mantuvo en vilo con una colección de interpretaciones que se distinguieron en varios aspectos. Por un lado, el equilibrio en la selección de piezas (Milonguero viejo, Adiós Nonino, Naranjo en flor, El pollo Ricardo, Extravío, La cumparsita, entre otras), que reflejó el oficio y la inteligencia cultivadas en muchas décadas en los escenarios más diversos. Desde la calma intimista y meditativa, la apelación a una escucha más técnica -que exigía una atención mayor al engarce de pasajes virtuosos en complejas entramados armónicos y tímbricos-, el estímulo enérgico que fue directo al cuerpo; la emoción y la nostalgia, el guiño pícaro... estuvieron ahí y en dosis parejas.
Después, el ajustado ensamble de los once instrumentistas -excelentes en todas sus secciones- y un cantante -Carlos Gari-, que lució, a través de sus secciones de cuerdas, bandoneones y el piano, los arreglos en piezas de gran porte orquestal, con énfasis en un sonido masivo y potente, como en el puntillismo de las realizaciones camerísticas (Extravío, interpretado en formato trío, o Éramos tan jóvenes, con un cuarteto).
Por último, el maestro Leopoldo Federico, que a sus 83 años y con algunos visibles problemas de salud, sobre el escenario, con el bandoneón y dirigiendo la orquesta, borra "de un plumazo" el paso del tiempo y se convierte en un titán sin edad. Había que ver la velocidad con que articulaba algunas pasajes de extrema dificultad, sin perder el swing ni la energía, o los climas sonoros más pequeños, con pocas notas y mucha intención. No se descubrió nada. Sólo fue la reconfirmación de una maestría en el bandoneón que pocas veces se puede apreciar así, tan cerca.
Una controversia; una disculpa
En noviembre de este año, el filósofo argentino Néstor Cordero, miembro de la Academia Nacional del Tango, encendió la mecha de una controversia. El diario Clarín recogía sus ataque a la figura y el aporte de Julio Sosa: "El tango es llorón ... ¡Y a éste (Sosa) justo se le viene a ocurrir inventar el tango macho!" En otro tramo de la entrevista agregó: "Nadie le hizo tanto mal al tango como Julio Sosa".
Leopoldo Federico, Académico de Honor, no demoró en responder: "Ya hablé con la Academia: o este señor se retracta o lo expulsan o me voy yo (...) No soy filósofo. Yo toco el tango y soy tanguero, con dos palabras digo lo que siento (...) Me quiero morir, él ha grabado los tangos más hermosos". En Montevideo, durante el concierto y luego de agradecer emocionado la recepción del público, contar algunas anécdotas con Sosa, Federico pidió disculpas al público por las afirmaciones "de algún estúpido (Cordero) que anduvo criticando la forma y el estilo de él (Sosa)".