Las imágenes eran impactantes. El presidente Correa, muleta en mano, siendo atacado con gases por fuerzas policiales sublevadas. Luego, arengando desafiante desde un balcón, e instando a su pueblo a salir en defensa de las instituciones. Todos los ingredientes de una clásica postal de golpe de Estado latinoamericano, que la región ya daba como cosa del pasado.
Pero la crisis en Ecuador es muy actual, por más que sea difícil entender sus causas. Se trata de un país económicamente estable, y democráticamente consolidado. Al menos en comparación con lo que fue su "década negra", entre 1997 y 2007, en la que tuvo 8 presidentes diferentes.
El detonante para la actual situación ha sido la decisión del gobierno de modificar un sistema de beneficios y promociones, que impactarían en el salario de la policía local. Todo en medio de un clima enrarecido, donde el presidente Correa amenazaba con disolver el Parlamento, para destrabar una serie de reformas, que legisladores de su propio partido se negaban a acompañar. Nada extraño en un país donde el propio hermano del presidente se ha convertido en uno de los principales dirigentes opositores a su gestión.
En cualquier caso, y pese a las críticas que desde aquí se han hecho en más de una ocasión al actual gobierno ecuatoriano por su acoso a la prensa, y su cercanía pegajosa a algunas políticas poco democráticas de Hugo Chávez, en estos momentos sólo cabe defender su postura. Se trata, a fin de cuentas, de un gobierno democrático enfrentado a un alzamiento ilegal. Mientras se aguarda el desenlace de este episodio, solo resta esperar un final feliz, y que las imágenes de golpes e insurrecciones en América Latina sigan siendo recuerdos de otros tiempos.