ALFONSO LESSA
Lo que parecía probable desde el momento mismo en que José Mujica asumió la Presidencia, va quedando en evidencia: las mayores dificultades que se le iban a plantear al mandatario para llevar adelante algunos de sus proyectos, iban a partir de sectores de la propia izquierda.
Tanto el paro general aprobado por un Pit-Cnt fuertemente dividido en este punto, como las duras críticas y los planteos sesentistas reivindicados en los últimos días por el Partido Comunista, demuestran que en el oficialismo, cuando se habla de algunas cosas, no todos piensan lo mismo.
Unos de los ejemplos más claros lo constituye la reforma del Estado: mientras Mujica habla de una cosa -para modernizarla y premiar el trabajo de los mejores- hay otros que piensan en otra: mayor burocracia y más corporativismo.
Un experimentado dirigente sindical se quejaba amargamente durante la semana, en una conversación reservada, acerca de la realidad actual del PCU y su influencia en el Pit-Cnt. "Antes podías pelearte pero ibas a la calle Río Negro (antigua sede del PCU) y sabías que lo que te decían se cumplía. Hoy ya no es así". El dirigente añoraba la época Rodney Arismendi cuando un PCU mucho más fuerte y estructurado que el actual, era capaz de poner en marcha la "topadora" para imponer su estrategia pero lo hacía, según el sindicalista, "respetando ciertos códigos". El mismo Arismendi que no tenía problemas en negociar con colorados y blancos y más aún, de vanagloriarse de ser amigo de varias de sus primeras figuras.
El comentario del sindicalista refería, en este caso, al paro general aprobado a instancia de gremios de mayoría "ultra" o comunistas que incluso se mostraron divididos.
Lo cierto es que, después de una alianza electoral con el MLN que sorprendió a muchos, el PCU se ha transformado en un duro crítico de Mujica y agita un discurso contrario a algunas de las bases de la democracia política como la alternancia de los partidos en el gobierno; y favorable a una lucha de clases en la que ubica, entre otros, a los partidos tradicionales no sólo como adversarios, sino como "enemigos". Un discurso que expresado con claridad en una campaña electoral, seguramente le haría daño no sólo al propio PCU -ya con escasa representación parlamentaria- sino a todo el Frente Amplio.
Documentos del PCU cuestionan aspectos estratégicos fundamentales del gobierno y critican a la política económica. Incluso el PCU condenó el hecho de que Mujica y el vicepresidente Astori hayan recibido a representantes de la oposición cubana a los que califican como "terroristas".
El presidente, haciendo equilibrio, salió a aclarar que seguirá defendiendo a la revolución cubana contra Estados Unidos (con el que mantiene excelentes relaciones), pero aclaró que cree en la discrepancia y que no comulga "con la filosofía de partido único y menos con la posición de las verdades oficiales". Un punto clave en el que, claramente, no todos piensan igual en el propio Frente Amplio.