Ruben Loza Aguerrebere
Hace dos años una cuarta parte de los británicos creía que Churchill era un personaje de ficción, cuenta el escritor español Javier Cercas, quien pensó, entonces, cuántos españoles pensarían lo mismo de Adolfo Suárez. Claro, en tiempos del ilustre político inglés, la televisión no era una fábrica de realidades, pero, para Adolfo Suárez, fue esencial. Y así, el escritor decidió no escribir una novela sobre el intento de golpe de Estado en 1981, en España, sino un libro de ensayos llamado "Anatomía de un instante" (Mondadori/Sudamericana). Busca analizar el instante, el gesto que recordarán todos, de Adolfo Suárez sentado, solo, porque los demás diputados se habían tirado al piso en el Congreso cuando irrumpió el coronel Tejero con sus guardias civiles y las balas zumbaban en la sala. Suárez, inmutable, fue la primera piedra en contra de aquel golpe que en esta crónica desmenuza el celebrado autor de "Soldados de Salamina".
Según Ensenberger hay héroes clásicos y modernos; éstos son los de la renuncia y, entre ellos, cita a Gorbachov, a Jaruzelski y a Suárez. ¿Adolfo Suárez, un héroe moral?, se pregunta Cercas. Y luego lo explica, a partir del momento en que, tras la muerte de Franco, el rey Juan Carlos le escogió a él, entre los franquistas, para dirigir el cambio de régimen, desmontando aquél que Suárez conocía desde dentro. El rey Juan Carlos, en la madrugada, se pronunció contra el secuestro del Congreso, proclamó el respeto a la Constitución y acabó con el golpe.
Contar cuanto ocurrió en esas horas de infinitas negociaciones y tensiones, que determinaron el intento de derrocar a Suárez (pues era lo esencial, al parecer), mientras España esperaba en sus casas, es lo que Cercas hace. Pasaría, luego de ese día, Adolfo Suárez a la historia y se desvanecería con el tiempo su partido; crecería el PSOE, que en 1979 dejó de ser marxista, y se definió socialdemócrata, guiado por Felipe González y otros jóvenes de democrático pedigrí. Este hecho abismó al comunismo (autorizado por Adolfo Suárez, lo que le acarreó vastas repulsas), que entonces orientaba Carrillo, quien acabó fuera de esa colectividad hoy casi inexistente.
Adolfo Suárez desplegó todas sus artes para llevar adelante el plan del rey. Y a medida que desmontaba un régimen y construía la democracia, se ganaba enemigos, sostiene Cercas. Y escribe que, a principios de 1981, Adolfo Suárez pensaba, o creía o sabía, que conspiraban contra él: periodistas, empresarios, financieros, políticos de derecha, centro e izquierda, Roma y Washington. Y aquí, Javier Cercas desmenuza la espesa trama del 23 de febrero, así como la firme postura del rey, que acaba el golpe. Y asimismo, la anatomía del gesto de Suárez, sin miedo a las balas que zumbaban, estatuario en su banca: un gesto político, el de un político puro; un gesto de coraje lindante con el martirio; un gesto de libertad.
Adolfo Suárez se fue solo, a la madrugada, y comentó siempre que había permanecido en su lugar porque él era el presidente y, por lo tanto, tal era su deber.