ALEXANDER LALUZ
Su registro abaritonado, el cabello canoso y cortado casi al ras de la piel, la mirada firme, la edad (60) de las refecciones meditadas, hacen más convincente su aire más aristocrático.
Al momento de concretar un proyecto como Scratch my back ("ráscame la espalda"), ese carácter parece dar con todas las señas de ser, también, una definición estética.
Pero sería absurdo (o un descarado provincianismo) presentarlo aquí como la gran novedad, el nuevo descubrimiento. El disco salió a principios de este año, llegó rápidamente a las estanterías y bateas de las disquerías, y todos los medios apuraron sus crónicas y reseñas (los más afortunados, alguna entrevista breve) para dar cuenta del lanzamiento: Peter Gabriel acomete con un ¿extraño? disco de "covers" (los más atinados hablaron de versiones, los menos de relecturas, apropiaciones creativas o hasta de "versiones encubiertas"), sin percusiones ni electrónica pero con orquesta, de canciones de artistas con lustre, cartel e historia. La lista rápida y conocida: David Bowie, Paul Simon, Lou Reed, Arcade Fire, Neil Young, Radiohead, Talking Head, y hay más.
Al reescucharlo después de la euforia de los lanzamientos, tal vez tamizado por la escucha tan serena como la forma en canta Gabriel, no es extraño encontrarse con la sensación de estar ante un disco notable. Y como tal se lo puede defender en los aciertos y en los desaciertos. Y como tal también se lo puede defender mientras se espera la continuidad (como "rascaré la tuya", donde otros compositores arremeterán con sus canciones) y por la idea de trabajar con alguien como John Metcalfe en los arreglos, y por haber elegido un rumbo sonoro hacia las atmósferas camerísticas (algunas a lo Arvo Part, otras más cercanas a Debussy, Satie, Glass, y también otras, las menos, al Ligeti de las micropolifonías).
No importa la repetición: notable. Para empezar, la sombría revisión de Héroes de Bowie, la curiosa reinvención de The boy in the bubble (apenas un piano, apenas algunas cuerdas), una inquietante Mirrorball (Elbow). Para seguir, Philadelphia (Young) con su despojamiento y algunos toques de controlada épica sinfónica; una irreconocible: Street spirit.
Por fin, un madurez asumida sin gestos de roquero reblandecido. Un pretexto para escuchar de noche, al templado ánimo que requiere la contemplación, la meditación en el viejo sentido de apropiarse de otras músicas. Gabriel lo dice en tono áspero, aunque de alguna manera restando trascendencia a la obra: "soy parte de la slow music".