1950-2010

Para el uruguayo el fútbol es más que un deporte. Los recuerdos colectivos de los mejores tiempos económicos y sociales del país están asociados a las grandes gestas futbolísticas de su selección. Colombes, Amsterdam y el primer mundial, ganado en Montevideo, fueron años de esplendor institucional, convencidos de avanzar con fe hacia el futuro. Maracaná fue, en 1950, la ratificación simbólica de que "como el Uruguay no hay".

El largo declive económico y social de la nación tuvo, de alguna forma también, su traducción futbolística: solamente en el mundial de 1970 Uruguay accedió a un cuarto puesto, y nada relevante ha ocurrido en ese ámbito desde entonces.

No es que la magnífica alegría colectiva que vive el país por estar entre las ocho mejores selecciones del mundo esté naturalmente llamada a progresar hasta la final del campeonato, ni que la copa del mundo termine expuesta en las vitrinas de la AUF. Pero sí es cierto que, como en el treinta y como en el cincuenta, la performance de la selección, sentida como excepcional y apreciada con cariño por el pueblo, viene a acompañar un tiempo político, económico e institucional distinto.

No es el esplendor del primer batllismo de los años veinte; no es el fulgurante desarrollo encerrado de los años cincuenta de Luis Batlle. La euforia colectiva en torno al buen desempeño de la selección en Sudáfrica viene a darle lustre simbólico y popular a los años de mayor crecimiento económico del país en el último siglo.

Las previsiones del gobierno para los próximos cuatro años estiman que el proceso de crecimiento que comenzó en 2003 no tiene miras de detenerse. Incluso, es capaz de avanzar a un ritmo sorpresivamente mejor al esperado, como ocurrió con la tasa de crecimiento "china" del PBI nacional del primer trimestre de 2010. La expansión acumulada prevista para estos años llevaría al PBI uruguayo al entorno de los 58.000 millones de dólares en 2015; unos 17.000 dólares por habitante (en 2003, no alcanzaba los 4.000 dólares).

Nunca hubo en la historia del siglo XX uruguayo tantos años de continuidad de crecimiento económico a este ritmo. Se dirá, con razón, que desde el siglo XIX no se ven condiciones externas tan favorables para el país: en su inserción comercial, en su dinamismo de inversión privada productiva, en su coyuntura de tasas de interés internacionales tan bajas, etc. Pero en el razonamiento corto, los motivos de fondo y estructurales cuentan poco. Lo cierto es que, como ocurre en el fútbol, el país empieza a estar de vuelta satisfecho de sí mismo.

Hay dos consecuencias económicas concretas de este proceso. La primera: nadie pone en duda la recuperación salarial. El debate es en torno a su ritmo: si el aumento del poder adquisitivo del salario mínimo en un 50% será en dos o en tres años durante esta administración. La segunda: el gobierno se ha generado un "espacio fiscal" de más de 300 millones de dólares para ceder a las demandas de mayores presupuestos estatales.

En este contexto de alegría colectiva y de previsiones optimistas, los partidos tradicionales guardan silencio en el planteo de una política alternativa a la del gobierno, en un sentido más democrático y liberal. Como en los cincuenta, el buen desempeño económico y la algarabía futbolística entumecen los reflejos políticos. Generan el convencimiento colectivo de que estamos y vamos bien. Evocan la bien querida excepcionalidad nacional. Permiten asumir que, sin mayores cambios, podemos reencontrarnos con un camino de éxito nacional.

Sin embargo, las alertas existen: el conflicto de Conaprole; el signo de la política exterior para la región; los cambios en las reglas de juego impositivas; el continuismo en la política de enseñanza; y finalmente, el planteo de profundizar el giro a la izquierda en el seno mismo del partido de gobierno. Atañen a la institucionalidad del país -soberanía, democracia representativa- y a sus fundamentos de desarrollo futuro -capitalismo, educación. Para quien quiera verlas, no hay maracanazos que las puedan ocultar.

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