Fray Bentos | Federico Castillo
Los fraybentinos vivieron el fin del piquete con perfil bajo, sin grandes demostraciones, pero con algo de inquietud e incertidumbre. Dicen que la herida que abrió el corte va a demorar en cicatrizar.
El día que se levantó el piquete, Fray Bentos amaneció con la calma de un feriado y con pocas expectativas de lo que podría ocurrir con la liberación del puente internacional luego de tres años y medio de bloqueo. Nadie estaba indiferente, por supuesto, pero en la mayoría de los casos, las sensaciones estaban lejos de ser eufóricas o de algarabía. Algunos planteaban la incertidumbre de que efectivamente los piqueteros liberen la ruta de una vez y para siempre, otros manifestaban cierto temor por lo que pueda suceder de ahora en más con los uruguayos que crucen a Gualeguaychú y pena por una hermandad que quedó herida.
La mayoría, comerciantes sobre todo, se mostraba inquieta ante la certeza de que otra vez la plata de los fraybentinos volverá a gastarse en tierras argentinas. "El levantamiento del corte va a ser nefasto para el rubro en que trabajo. La realidad indica que hay gente que cruza hasta por Colón a comprar cosas; ahora que abren el puente ni te digo", se quejó Eitel, dueño de un supermercado en el centro de Fray Bentos.
"Yo lo lamento por la gente que se quedó sin trabajo, que tampoco han sido tantos", aclaró y se preguntó cuál será el beneficio del fin del piquete para los fraybentinos. "¿El turismo? Si el turismo acá no existe, no hay infraestructura. Se van a ir 200 y va a venir uno", remató.
A pocas cuadras del supermercado, Blanca, propietaria del restaurante "La Juventud" ubicado cerca de la plaza principal, ofrecía bastante más optimismo. "La alegría se siente en el aire", dijo con una amplia sonrisa. "Esperemos que liberen el puente por mucho tiempo, nos estamos preparando para recibir a la gente amiga de Gualeguaychú", afirmó detrás de un mostrador que tenía dos carteles con el aviso de que no aceptaban moneda extranjera. "Estamos preparando bastante chivitos, porque a ellos les encantan", agregó y evocó "aquellos domingos" en que su local se llenaba de argentinos.
Pero como todos tienen su propia visión del tema, en el local de comidas "El Paraguas", pegado al restaurante de Blanca, Carlos, su dueño, era pura queja. "Por favor, te comen un chivito entre cuatro, los argentinos que vienen acá son de clase media para abajo. El resto sigue de largo para Punta del Este", señaló y expresó su indignación con el gobierno uruguayo por aceptar las condiciones exigidas por los piqueteros.
Otra de las miradas que ofrecían ayer los fraybentinos era la de desconfianza y hasta temor por las consecuencias que tendrá la relación con sus vecinos argentinos luego de tres años y medio de cruce de agresiones entre los dos países. "Va a ser problemático ir a allá (a Gualeguaychú) a visitar a los amigos. Si vas en un vehículo uruguayo te van a mirar mal", aventuró Carlos.
Pablo fue uno de los primeros en pasar desde el lado uruguayo hacia el argentino, y pareció resumir el mismo pensamiento. "Yo ahora sigo de largo hasta Buenos Aires, pero va a ser bravo ir a Gualeguaychú y dejar la camioneta con la matricula de Fray Bentos afuera de un súper, por ejemplo. Yo no me animo", dijo.
Daniel, el propietario de la heladería "Deleite" opinó que "por un tiempo" las relaciones entre vecinos no van a quedar bien. "Había una relación de hermandad y un grupo de tres o cuatro personas la cortó y perjudicó a mucha gente. Ahora me parece que es rebajarse ir hasta Gualeguaychú a comprar cosas. Yo no pienso ir", aseguró.
Pablo, empleado de la financiera "Carta Local", consideró que va a pasar "mucho tiempo" antes que la "herida" que abrió el corte cicatrice. Y además dejó planteada la misma duda que sobrevuela la cabeza de varios de sus coterráneos: "vamos a ver cuánto dura este fin del bloqueo".
La hora esperada. Cuando ya pasaban varios minutos después de la una de la tarde, y por televisión se vio cómo en Arroyo Verde la barrera se levantaba para dejar pasar al primer auto argentino, un movimiento inusual, desacostumbrado, se empezó a vivir en las oficinas de migraciones del puente San Martín. Edgardo Costa, el prefecto del puerto de Río Negro, daba órdenes: "se habilitan las tres sendas, se detienen los automóviles y se piden documentos". Para los funcionarios era volver al ruedo. Minutos antes que asomara la fila de autos argentinos por el puente, varios empleados daban los últimos retoques, una especie de barrida general antes que lleguen los invitados. "Que te quejás, si tuviste cuatro años de licencia", le dijo Costa a un funcionario que iba y venía cargando con bombitas de luz.
Una persona de unos 60 años, con pantalones de cuero marrón y look juvenil pese a su edad, fue la primera persona en hacer los trámites en migración. Su esposa lo esperó en el auto. Venía de Buenos Aires y seguía rumbo a Punta del Este, como tantos más que aprovecharon el fin de semana largo en Argentina. "Y, empezaron a trabajar de nuevo", les dijo a funcionarios que esperaban atrás del mostrador. Después de esos momentos de tranquilidad fue como si se abriera una canilla desde el lado argentino hacia el puente y se armó el atolladero de autos esperando para hacer los trámites. Hubo desinteligencias. Un argentino, que se ufanaba en ser unos de los primeros en cruzar por el ex piquete de Arroyo Verde, no podía creer que ahora no podía seguir su camino por no tener el documento de la póliza de seguro que se le exigía a todos. "Averigüé bien y me dijeron que no la necesitaba, me quiero matar", repetía sin saber qué hacer. Iba a Montevideo a visitar un familiar enfermo, dijo.
El free shop que volvió a despertar
Para Dardo Paes, gerente general del free shop ubicado en la cabecera del puente San Martín, ayer se acabó el "tedio" que vivió durante tres años y medio de bloqueo. El local, que permaneció abierto durante todo este tiempo, exhibía ayer algunas góndolas vacías y cierta dejadez como huellas de los estragos que hizo el piquete, pero su encargado estaba exultante al ver la fila de autos argentinos que bajaban por la pendiente del puente. En tres años y medio, Paes vio como su local pasó de estar repleto de gente que eran atendidas por unos 20 empleados, a ser el único que quedó "bancando el mostrador" y haciendo, con suerte, unas tres ventas por día a los pocos vecinos de la zona que sorteaban el bloqueo. "Es empezar a volver", dijo a El País mientras hacía llamadas a colegas de Gualeguaychú para festejar la liberación del puente. "Gracias a Dios, dentro de unas horas podemos cruzar libremente", le decía por teléfono a una comerciante de la ciudad entrerriana.