LUCIANO ÁLVAREZ
A principios de 1949 tuvo lugar en París el juicio que, por difamación e injurias, realizó el disidente soviético Víctor Kravchenko contra la revista "Les Lettres Francaises", de orientación comunista. Previsto para nueve sesiones, se prolongó hasta las 26 y su versión taquigráfica ocupa 3.000 páginas.
A nadie se le ocultaba que el gran acusado no era ni "Les Lettres Francaises" ni Kravchenko, sino el régimen estalinista, su carácter totalitario y sus delitos de lesa humanidad. Los servicios soviéticos y en especial el aparato cultural francés, pusieron al servicio de la causa comunista, todo su enorme peso, sus figuras más célebres y respetadas, y las de sus compañeros de ruta.
Del otro lado, apenas comparecieron 17 testimonios, en su mayoría pobres gentes desconocidas, irrelevantes, prácticamente anónimas, fácilmente desechables como testigos de cargo. Así fue hasta que, el decimocuarto día, ingresó a la sala una mujer hermosa y pequeña, de largos cabellos negros. En un tiempo, decían, había sido vivaz y alegre. Ahora vestía de negro. Se llamaba Margarete Buber-Neumann, aunque había nacido como Grete Thuring, en Postdam, cerca de Berlín, en 1901.
Militante comunista desde su adolescencia, se divorció de su primer marido, Rafael Buber, en 1925 cuando éste comenzó a flaquear en su fe. En 1929, conoció a Heinz Neumann entonces uno de los principales dirigentes del Partido Comunista alemán y de la Internacional y pasó a compartir su vida de revolucionario profesional, en varios países.
Cuando Margarete Buber-Neumann subió al estrado, Pierre Scize célebre cronista judicial de "Le Fígaro" anotó: "En la penumbra de una sala donde nadie se animaba a encender las lámparas, ella hizo resplandecer la espada del ángel exterminador."
"En 1937, -dice- mi marido se negaba a `reconocer sus errores`. Vivíamos en el Hotel Lux, reservado para los comunistas extranjeros. Nadie nos invitaba; los antiguos amigos habían muerto o tenían miedo de tratar con individuos de incierto destino."
En las noches se escuchaban corridas y gritos en los corredores. A la una de la madrugada del 27 de abril de 1937, los pasos se detuvieron ante su puerta. Neumann fue detenido. Durante más de un año su mujer recorrió oficinas y cárceles, procurando saber de un destino que sólo conocería con exactitud cincuenta años más tarde. Había sido fusilado el 26 de noviembre de 1937.
"El año que pasó entre el arresto de mi hombre y mi propio internamiento fue el más atroz de mi vida". El 19 de junio de 1938 la arrestaron; pasó seis meses en la Butirka, la prisión preventiva de Moscú, la condenaron a cinco años de deportación por ser un "Elemento socialmente peligroso". El campo de Karaganda, en las estepas de Kazajistán, cerca de la China: "era inmenso, como dos veces el territorio de Dinamarca, con una población de unos 170.000 internos. La vigilancia no era estricta, pero la fuga era imposible: el desierto a centenares de kilómetros a la redonda."
-"Entonces no era un campo de concentración, sino lo que en Francia llamaríamos una zona de residencia forzosa", le interrumpe Blumel uno de los abogados de "Les Lettres francaises", haciendo gala de una cínica facilidad para el eufemismo.
Margarete no reaccionó, ni siquiera lo miró y continuó con un pormenorizado relato de los horrores del Gulag.
A comienzos de 1940, la convocaron en la oficina del comandante, que le anunció que sería trasladada a Moscú, nuevamente a Butirka. Pasó unas semanas excepcionalmente bien alimentada y bien tratada; pensó que era el prólogo a la liberad.
El 8 de febrero de 1940, a primera hora de la tarde, fue llevada por los oficiales del NKVD, la policía política soviética, hasta Brest-Litovsk, sobre el río Bug, que en aquel entonces separaba los territorios polacos ocupados por nazis y soviéticos. Formaba parte de un grupo de treinta prisioneros, veintiocho hombres y dos mujeres. Todos eran comunistas o socialistas, alemanes y austríacos; muchos de ellos, judíos. Los llevaron hasta el puente fronterizo, donde les esperaba un oficial de las SS. Luego del papeleo de rigor los prisioneros fueron entregados por los rusos a los oficiales nazis.
-"¡Se atrevieron! ¡A nosotros, comunistas alemanes, nos entregaron a nuestros enemigos! ¡A Hitler, a los nazis!". La cólera de Margarete Buber-Neumann, estremece la sala.
-"Pasé cuatro años en el campo de concentración de Ravensbrück, haciendo trabajo esclavo."
Entonces contraatacó Nordmann, otro de los abogados de "Les Lettres francaises", procurando disipar el rumor de indignación que corría por la sala.
- "Quiero recordar que fue el ejército rojo, el que liberó Ravensbrück y las treinta mil mujeres prisioneras."
-"Felizmente no los esperé y logré huir días antes. De lo contrario hubiese vuelto a Siberia."
Las presas comunistas, alemanas y checas, numerosas en el campo, luego de escuchar su historia, la habían clasificado como trotskista y antisoviética, la aislaron y trataron duramente.
La escritora rusa Nina Berberova, que estuvo presente durante todo el proceso escribió en su autobiografía, ("El subrayado es mío", 1972): "Escuchar con mis propios oídos a un ex ministro, a un famoso científico, premio Nobel, a un profesor de la Sorbona, con la Legión de Honor en el ojal, o un escritor famoso, afirmar bajo juramento que jamás hubo campos de concentración en la URSS, me produjo una de las impresiones más fuertes de mi vida (...). Cuando, en 1962, leí la historia de Solzhenitsyn, "Un día en la vida de Iván Denisovich", y me enteré de que había aparecido en traducción francesa, esperé la reacción de al menos una de estas personalidades, que había mentido en el juicio en 1949. Pero nada sucedió."
Pasarán los hechos, pasarán los años y "siempre habrá rinocerontes", como recordó un día don Eduardo Pons Etcheverry. Pero como en la referida obra de Ionesco, siempre habrá un Berenguer dispuesto a defender su condición humana hasta el final.
"Que un ex ministro, un premio Nobel, un profesor de la Sorbona, dijeran que no había campos de concentración en la URSS, fue una de las impresiones más fuertes de mi vida".